Metafísica, tardocapitalismo y redes sociales: una invitación a la poesía actual en España

¿Nos encontramos ante una etapa brillante de la poesía española o atravesamos una de sus épocas menos fértiles? Entre esos dos extremos oscila, a menudo, la valoración sobre el presente del género o, para hacer más abarcable y precisa la cuestión, sobre el estado de la poesía en lengua castellana/española que se publica en España (las lenguas cooficiales merecen y requieren su balance propio, como ocurre con la producción de capitales culturales de tanto calibre como Ciudad de México o Buenos Aires).

El debate resurgió el año pasado con fuerza –al menos con toda la fuerza que estas cuestiones pueden generar– tras declararse desiertos dos premios, el Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez y el Internacional de Poesía Centenario Antonio Pereira, al considerar los jurados que ninguna de las obras presentadas alcanzaba el grado de excelencia necesario. Teniendo en cuenta que los certámenes habían recibido 856 y 1.326 textos, respectivamente, la decisión resultó controvertida, aunque sobre todo se comentó el diagnóstico del jurado del Antonio Pereira sobre la situación de la poesía en lengua española, descrita como «plana», «pobre» y «negativa». Más recientemente, llamó la atención que en la lista de los cincuenta mejores libros españoles desde 1975 elaborada por Babelia, el suplemento cultural de El País, no apareciera ningún volumen de poesía de este siglo (el más cercano, Fragmentos de un libro futuro, de José Ángel Valente, se publicó en 2000).

Presentar un balance general queda fuera de mi alcance, pero no me costaría citar una docena de poemarios aparecidos en los últimos años que contradicen tales juicios y ausencias. En conjunto, esos títulos trazan un panorama fascinante caracterizado por la diversidad de asuntos, tonos y registros, una frescura compatible con el conocimiento hondo de la tradición, una audacia que no excluye el rigor, y la capacidad para ligar lo universal con lo más contemporáneo y local.

Ejemplares de los libros: "Raíz dulce", "Los prodigiosos gatos monteses" y "Una pequeña fiesta llamada Eternidad".

Entre esas obras, he escogido tres a las que he regresado con frecuencia y que aúnan la calidad con el potencial de animar a sensibilidades lectoras diferentes a internarse en un ámbito que, por desgracia, aún es minoritario: si la poesía clásica impone cierto temor reverencial, la contemporánea es prejuzgada con frecuencia como ininteligible o pedestre —un recelo al que han contribuido quienes perpetran versos emparentados con esas frases pretendidamente profundas que acompañan a muchas imágenes en las redes sociales—.

Lamento y celebración

Una primera vía de acceso, compleja y sorprendente, nos la ofrece Raíz dulce, de Juan F. Rivero (Candaya, primera edición: enero de 2024). Escrita en verso y prosa, la obra aborda los grandes temas —el amor, la memoria, la muerte— a través del retrato de una existencia concreta. Una vida a la que se aproxima con un enfoque muy original: por un lado, subraya su carácter ficticio (buena parte de los textos están fechados en el futuro), lo que, unido a la ambigüedad sobre el género de esa figura, acentúa su carácter universal; por otro, la biografía no se desarrolla según un criterio cronológico, sino que avanza y retrocede siguiendo los escenarios donde transcurre (Sevilla, Madrid y Japón) y los vínculos entre los personajes y los recuerdos, como en este fragmento de «Un mundo en llamas»:

El bosque de tu futuro ardía hasta la última médula. En apenas unos meses, las calles de Yokohama habrían desaparecido para ti; ya no estarían tendidas a tu paso, ni el Gran Tokio brillante, con su océano humano, cuyo tiempo, inocente, fantaseaste a veces con parar. Ya nunca más bailarías en Madrid como lo hacías la noche en que nos reencontramos casualmente en la puerta del 33.
[…] Ya nunca más Sevilla te vería riendo en la Alameda de Hércules, ni estudiando en sus bibliotecas, ni besando en sus plazas a la sombra de un ficus. Ya no llorarías nunca porque Sandra no te habla. Ya no nos uniría el suicidio de Emilio. Ya no me enseñarías a hacer el amor.
Aquel horrendo incendio se extendía hasta el presente desde el porvenir, y desde allí al pasado y la memoria misma.
Págs. 127-128

Se trata de una fórmula atrevida que cuaja, en buena medida, gracias al equilibrio entre lo emotivo y lo intelectual y a la feliz convivencia del reflejo de una época y unos lugares específicos con unas referencias culturales que abarcan siglos y tradiciones muy variadas (además de poeta, Rivero es traductor y editor, con especialidad en clásicos literarios). Destaca también el cuidado con el que están dispuestos los materiales heterogéneos del libro, que incluyen páginas en negro, notas y multitud de citas. Raíz dulce enlaza con autores tan diferentes como Claudio Rodríguez, Emily Dickinson, Li Qingzhao o Safo, pero esos ecos nunca suenan postizos porque son conexiones que emanan del sentido de los textos y porque Rivero los incorpora con fluidez al tejido verbal.

El éxito de la empresa tampoco sería posible sin el delicado trabajo de orfebrería con el lenguaje, que culmina en el lirismo trascendente del «Poema final», a la vez lamento por lo perdido y canto celebratorio de su restitución a través de la poesía y del triunfo momentáneo de la felicidad sobre el tiempo:

No hay más que un gran segundo del Paleolítico a ti. Sobre la piel cansada de la tierra, bancos de nubes pasan como rostros serenos; en los inmensos bosques se agazapan las fieras; en las costas, las aguas, temerosas aún del invierno glacial, cubren las playas negras con tesón intranquilo, van batiendo las conchas, los corales, las rocas, igualando en la arena a lo vivo y lo inerte, devolviéndolo todo a una antigua humildad.
[…] Amor, faltan milenios todavía para que un copista escuche las palabras de Gautama y las escriba en un papel, medio milenio más para que una serpiente instruya a Nagarjuna en los sutras sagrados, medio milenio más para que Kōbō-Daishi, entre el cielo vacío y la furia del mar, se proponga entender todas las cosas, y sin embargo apenas media nada entre el gran ciervo y tú, alcanzados de pronto por la flecha de la muerte: un minúsculo soplo en el fluir de la materia, una torsión levísima en la íntima, la blanda, la inasible estructura de la realidad.
Págs. 139-141

Palabras nuevas para un mundo roto

Precisamente en esa pieza de Raíz dulce, presenciamos la caza de un ciervo en tiempos prehistóricos, cuando desciende a abrevar en la ribera; en «Los gestos quietos», una de las secciones medulares de Los prodigiosos gatos monteses (Letraversal, primera edición: marzo de 2023), Rodrigo García Marina plasma una imagen similar: «Segundos antes de fallecer / un corzo quieto frente al río».

No es el único nexo entre ambos poemarios, que comparten también el gusto por la variedad formal, la fe en la amistad y el amor como tablas de salvación, y la facilidad con que conciertan lo metafísico con el reflejo crudo y concreto de las sucesivas crisis económicas y de la precariedad.

nos enviaron a estudiar inglés un verano
junto con verdaderos pijos que sabían
de nuestras miserias
porque habíamos elegido entre el inglés
o la ortodoncia.
Págs. 42-43

Pero si el libro de Rivero desemboca en la sensación de plenitud y armonía que transmite un puzle al quedar completo, el de García Marina, alentado por el virtuosismo lingüístico y el furor imaginativo del escritor, se decanta por la desmesura, la acrobacia sin red, la visión caleidoscópica que despliega un espejo hecho añicos. Es una poesía de la disidencia y lo anticonvencional, ya sea, por señalar solo un par de ejemplos de ámbitos muy dispares, en su visión del deseo o en el uso de los signos de puntuación: «No regales una palabra bonita porque el sistema se alimenta de palabras bonitas no escribas poemas no crezcas o crece mucho».

La sensibilidad del poeta es exquisita y descarnada, no de una manera alternativa, como si tuviera dos caras, sino simultáneamente. Así, si en el núcleo del libro hay una crónica de la pandemia donde conviven el apunte cotidiano, la extrañeza ante un mundo desquiciado y la angustia («Otro abuelo muere / sin aliento compartido»), a su alrededor crecen, como colonias de hongos insólitos, disquisiciones cargadas de ironía, fábulas apocalípticas, apuntes sobre el teatro, diálogos místico-escatológicos, aforismos, relatos de una belleza terrible y alucinaciones.

Y, recorriendo todas esas páginas como un río subterráneo que puede aflorar en cualquier instante, un mismo impulso romántico, en el sentido genuino de lo romántico, es decir, la alianza de lo sublime y lo carnal para subyugar y (provisionalmente) redimir:

Siglos después sigo tocando tu cara para encontrarme con lo fortuito porque todo lo fortuito es nuevo y a tu lado yo soy un hombre nuevo.
Pág. 33

El resultado de tantos estratos e ingredientes (diseccionados en el magnífico epílogo de Alberto Conejero, que vincula a García Marina con nombres como los de Pedro Lemebel o Angélica Liddell) es una perla orgullosamente deforme, irisada como la superficie de un charco con restos de gasolina. A quienes leen para ver confirmadas sus ideas y rutinas, Los prodigiosos gatos monteses los dejará estupefactos, en el mejor de los casos; su valor no reside en que expresa con brillantez convenciones y tópicos, sino en que es capaz de nombrar aquello que, por falta de palabras o por cobardía, preferimos silenciar.

Cuestión de ritmo

En la solapa de Una pequeña fiesta llamada Eternidad (La Bella Varsovia, primera edición: septiembre de 2023), se define a su autora, Gabriela Wiener, como «escritora y periodista peruana residente en Madrid». Sin caer en la simplificación de reducir los dieciocho poemas que componen el libro a una recopilación de vivencias de Wiener, esa descripción sí anticipa muchas de las cuestiones que se exploran en los textos: la identidad —cultural, de clase, sexual—, la inestabilidad laboral y los malabarismos necesarios para compaginar el periodismo y la literatura, el recuerdo de un mundo desde otro donde se observa al migrante con recelo. 

Si no fuera periodista, eso sí, seguro, 
no tendría estos pelos de momia inca.
Paso demasiado tiempo
con la cabeza apoyada en algo,
en una idea, en un párrafo, 
en un cojín, en algo que no cierra y que enmaraña.
No me peino. No tengo tiempo.
Pág. 49

Una de las virtudes de la obra radica en la habilidad de Wiener para hablar de asuntos tan graves como el dolor, la felicidad o las catástrofes climáticas sin abandonar lo específico y lo cotidiano, toda la maravilla y la aspereza que caben en el día a día de una generación moldeada por el tardocapitalismo, la fluidez de las relaciones personales, el consumo audiovisual y las aplicaciones y las redes sociales (elementos presentes también, en mayor o menor medida, en Raíz dulce y Los prodigiosos gatos monteses).

Además, en sus momentos más inspirados, Wiener alcanza eso que, en el ensayo «Poesía de soledad y poesía de comunión», Octavio Paz reclamaba al poeta: «una forma superior, digna, de la sinceridad: la autenticidad». Piezas como «Ama rápido» nos arrastran con sus versos breves y tajantes, que compaginan el lenguaje más directo con imágenes muy expresivas, el desgarro con la ironía:

Y me siento
como cuando el profesor de educación física
nos decía que trotáramos en el sitio.
Así estamos,
trotando en el sitio,
corriendo sin movernos,
llegando sin habernos ido.
Págs. 20-21

El poema está encabezado con una cita de José Watanabe, una de las influencias reconocidas por la propia Wiener, en cuyos versos podemos rastrear igualmente el magisterio de autoras como Alejandra Pizarnik o Anne Sexton.

En las relecturas de Una pequeña fiesta llamada Eternidad, apreciamos mejor que, tras ese ímpetu, lleno de irreverencia, furia y humor («si no vomitamos un poco / no es mi revolución»), opera un trabajo concienzudo con el ritmo y un cálculo cuidadoso de la arquitectura de cada composición. Un ejemplo sobresaliente es «Utopía», con su uso sistemático de las enumeraciones y la repetición de palabras y estructuras. Pero el hecho de que el torrente de la voz poética esté encauzado no le resta fuerza; al contrario, expande su alcance, multiplica su sentido.

Colecciones y antologías

En cualquier librería que se precie, quienes quieran aventurarse por esta senda encontrarán, sin duda, otras ventanas espléndidas desde las que asomarse al presente de la poesía en lengua española, diverso y vibrante gracias a la aportación de múltiples generaciones y a la existencia de un público lector reducido pero entusiasta.

Sería injusto no reconocer también la labor esencial de las editoriales, tanto de las más veteranas como de los numerosos sellos jóvenes que se dedican exclusivamente a la poesía —además de en la propia Letraversal, estoy pensando, por ejemplo, en Ultramarinos o Isla Elefante— o le reservan colecciones bien nutridas. Ese interés incluye la confección de antologías que intentan seguir la pista a las nuevas voces, tendencias o corrientes, como Millennials. Nueve poetas (Alba Editorial, 2022), El tiempo está cambiando: Nueva poesía española, publicada este mismo año por la Fundación José Manuel Lara, o Un estallido: Antología de la poesía española 2000-2025, cuya aparición en Cátedra está anunciada para el próximo mes de marzo.

Puede que otros premios y otras listas ignoren todo ese talento; en el paisaje del género bullen, en cualquier caso, las plantas singulares, tan ávidas de tierra como de cielo, de follaje denso, flores híbridas y frutos sabrosos.


Raíz dulce
Juan F. Rivero
Candaya (Poesía)
Barcelona, primera edición: enero de 2024
176 páginas

Ver la entrada↗


Los prodigiosos gatos monteses
Rodrigo García Marina
Letraversal (Colección Letra Bastarda)
Primera edición: marzo de 2023
194 páginas


Una pequeña fiesta llamada Eternidad
Gabriela Wiener
Anagrama (Colección La Bella Varsovia)
Barcelona, primera edición: septiembre de 2023
88 páginas

Deja un comentario