Una oscuridad familiar

Como un río caudaloso de aguas turbias, Nuestra parte de noche (Anagrama, 2019) atraviesa vastos espacios —tres continentes, cuatro décadas—, arrastra a los personajes aunque estos crean poder dominar la corriente, a veces corre de manera impetuosa y se demora otras y, bajo los reflejos hipnóticos de su superficie, esconde monstruos.

Brillante, excesiva e inolvidable, la novela constituye un hito en la ya extensa trayectoria de su autora, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973), conocida sobre todo por colecciones de cuentos como Las cosas que perdimos en el fuego y que con esta obra ha logrado tanto el aplauso de la crítica como una legión —en este caso quizás sea más apropiado decir un culto— de nuevos lectores. (Una aclaración antes de continuar: Enriquez firma así sus libros y sus artículos, sin tilde).

En su nivel más básico, el texto puede encuadrarse en el género fantástico o, si queremos ser más precisos y nos gustan las etiquetas, en el terror de corte sobrenatural. Aunque —como ocurre a menudo con la mejor literatura— Nuestra parte de noche solo en apariencia encaja en esos moldes, pues los acaba desbordando. El argumento se centra en una sociedad secreta que desde hace siglos, a través de macabros rituales que precisan de un médium, convoca a la Oscuridad para obtener favores y, como fin último, alcanzar la inmortalidad de las conciencias.

En las más de seiscientas páginas de la novela encontramos ingredientes habituales del género: ocultismo, amuletos, un Libro sagrado abierto a interpretaciones diversas, portales a otros planos de la realidad… Además, es fácil rastrear múltiples influencias clásicas y contemporáneas: Stephen King (esa pandilla de niños ligados para siempre por una experiencia traumática que está vedada a los adultos), Emily Dickinson —el protagonista tiene mucho del Heathcliff de Cumbres borrascosas y el propio título cita un verso de la poeta—, el paganismo de Arthur Machen, el vínculo entre placer, terror y violencia en Clive Barker o, sin salir de la literatura argentina, el Ernesto Sabato de Sobre héroes y tumbas y la forma en que Julio Cortázar y Adolfo Bioy Casares hacen aflorar lo fantástico en los intersticios de lo real.

Pero la autora no solo ha leído a los maestros y se ha empapado de cultura popular, de música y de pintura y de cine, y lleva varias décadas retratando con su labor periodística el mundo que la rodea (y, a través de otro tipo de crónicas, los cementerios de muchos países), sino que lo ha procesado todo con tanto entusiasmo como rigor para dotarse de una mirada propia. En Nuestra parte de noche, Enriquez imagina con similar precisión y libertad el mundo cotidiano y el fantástico, las cataratas de Iguazú y un camino hecho de huesos, el empapelado de una habitación y los pormenores de la invocación de un espíritu, las cicatrices de los personajes y las historias fundacionales transmitidas de generación en generación, y esos dos planos se van fundiendo así con naturalidad ya desde las primeras páginas del libro.

El segundo componente del texto, su carga política, también está integrado con eficacia. El lector conoce siempre el momento histórico y el escenario en que se desenvuelve el argumento porque no son arbitrarios, sino que, muy al contrario, unos y otros se enriquecen mutuamente. Buena parte de la novela transcurre en los años de la junta militar argentina, lo que le sirve a Enriquez para explorar los nexos entre las diversas formas del poder, la riqueza y la clase social.

Los crímenes de la dictadura eran muy útiles para la Orden, proveían de cuerpos, de coartadas y de corrientes de dolor y miedo, emociones que resultaban útiles para manipular.

Pág. 156

La impunidad y la claustrofobia de esa época están retratados con mucha viveza, aunque en este terreno de la recreación histórica mis partes favoritas de la novela son las que transcurren en La Plata a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa (que, lo sea o no, suena más autobiográfica que el resto) y en el Londres de los años sesenta. Para ser más exactos, se trata del Londres de «la juventud bohemia y heredera, libertina y poderosa» que puede permitirse el lujo de combinar posiciones políticas radicales, hedonismo, promiscuidad sexual y misticismo, un universo que Enriquez recrea con pasión y casi se diría que con nostalgia, pero también con lucidez e incluso humor (un rasgo que escasea en otros momentos).

En las fiestas se hablaba de la política del pensamiento, William Blake y Hölderlin, se leía a Castaneda y a Blavatsky, se miraban cuadros de Escher para estimular los viajes, se discutía sobre ovnis y hadas en el campo. (…) Una mañana, Sandy creyó ver una luz negra, los cuervos del dios Bran, en Tower Hill. Nos pusimos alerta, pero no pasó nada. Tara, con su enorme fortuna, nos traía objetos, alfombra y ropa de Marruecos, su lugar favorito en el mundo, que no pude conocer.

Págs. 400-401

La familia y, en especial, la relación entre el padre y el hijo protagonistas del libro —dos personajes complejos, ni mucho menos heroicos— resultan en manos de Enriquez tan terroríficas y malsanas como los rituales imaginados y los crímenes históricos. El ambiente cerrado de la alta burguesía, excesivo y condenado a una decadencia tan lenta como imparable, es una constante en la literatura hispanoamericana que aquí se concreta en un árbol genealógico podrido por la maldad, el deseo enfermizo y la locura. En ese mundo de mansiones y haciendas y celebraciones a las que siempre acuden los mismos apellidos también existen el amor y el afecto, pero son fuerzas que a menudo se vuelven tóxicas y asfixiantes y pueden llegar a usarse para justificar los actos más crueles.

Con elementos tan dispares, la autora construye una historia que se toma su tiempo para revelar la trama —avanza, retrocede y salta al futuro antes de retomar el hilo— y, a veces, prima la creación de las atmósferas y los personajes, pero en general el ritmo no se resiente. Además, Enriquez usa de forma muy inteligente la estructura en seis partes para variar los registros y los puntos de vista (aunque la sección narrada en primera persona exige cierta generosidad por parte del lector) y no descuida nunca el estilo, denso y poético en algunas ocasiones, nervioso cuando es necesario, siempre plástico y sensual.

El médico tenía el pelo algo sucio y ella tuvo una sensación de asco, como si tocara accidentalmente el fondo de una olla con carne podrida.

Pág. 138

En la Oscuridad hay una atracción a la que no pueden sustraerse los personajes, aunque les produzca escalofríos y pesadillas; lo mismo ocurre con novelas como esta.

Nuestra parte de noche
Mariana Enriquez
Anagrama (Narrativas hispánicas, 636)
Barcelona, 2019 (Cuarta edición: octubre de 2020)
671 páginas

¿Existe algo que no pueda comprarse?

Si un extraterrestre intentara formarse una idea sobre nuestro mundo examinando las listas de los libros de ficción más vendidos, podría concluir erróneamente que la mayor parte de nosotros somos detectives, burgueses de vida sentimental agitada, abogados, artistas, reyes medievales, millonarios con tantas mansiones como oscuros secretos familiares.

Esos personajes protagonizan algunas de las mejores historias contadas a lo largo de los siglos, pero constituyen una porción muy reducida de la humanidad, y de la buena literatura —como del arte en general— esperamos una representación amplia, rica y variada de la vida. Como afirmaba Henry James, la casa de la ficción tiene un número incalculable de posibles ventanas; todos los escritores observan el mismo panorama pero cada uno desde una abertura de diferente forma y tamaño. En este sentido, la publicación de novelas como Las maravillas, de Elena Medel (Córdoba, 1985), es ya un valor en sí mismo porque nos ofrece perspectivas infrecuentes en la ficción más comercial.

A través del libro de Medel, una de las novedades de la temporada de la colección Narrativas hispánicas de Anagrama, podemos asomarnos en concreto a la España anónima de los últimos cincuenta años, desde el final del franquismo hasta la movilización feminista del 8 de marzo de 2018. Ese recorrido se apoya en dos figuras centrales, María y Alicia, que pertenecen a generaciones distintas pero comparten circunstancias vitales: dejan su Córdoba natal por barrios populares de Madrid y encadenan trabajos precarios y mal pagados, y con los años ambas se van desprendiendo de los vínculos familiares. Representan a esa gente común que vive inmersa en la corriente de la Historia pero no decide en qué dirección avanza ni la cuenta para la posteridad, esos personajes que, por ceñirnos a la literatura española, pueblan la obra de autores tan diversos como Benito Pérez Galdós, Max Aub o, en tiempos más recientes, Rafael Chirbes.

Si las protagonistas de Las maravillas son poco habituales en la narrativa contemporánea, no lo es menos el enfoque que Medel adopta de la primera a la última línea. El libro tiene mucho de novela política, con su exploración del modo en que la clase social, la educación y el género determinan en gran medida el destino de los personajes, ya sea en 1969, a finales de los años noventa o en el presente. Cuando uno —sobre todo, una— limpia escaleras o trabaja en un supermercado y tiene que vigilar hasta el menor gasto para asegurarse de llegar a fin de mes, muchas veces disfrutar de un mínimo de estabilidad exige callar y ceder («Alicia lo asume: si quiere obtener algo, debe ofrecer algo»), y se considera una rareza que alguien así prefiera conservar un espacio propio a convivir con su pareja.

Desde la cita de Philip Larkin que encabeza la obra («Clearly money has something to do with life») y las primeras líneas del texto («Busca en sus bolsillos sin encontrar nada»), el dinero es una referencia tan constante en la narración como en otras lo son el tiempo o los paisajes. Y no tanto el dinero y las “maravillas” que permite comprar como las consecuencias de no disponer del suficiente, algo sobre lo que reflexiona la propia María:

El piso en el que vive es el piso que puede pagar, no el piso en el que le gustaría vivir, y el trabajo que tiene es el trabajo al que puede aspirar siendo quien es, teniendo el dinero que ha tenido. Lo que no ha vivido no lo ha hecho por dinero; por la falta de dinero. Los viajes que no ha disfrutado, los vestidos que ha preferido no comprar, los almuerzos que ha preparado en casa para Pedro y para ella con tal de ahorrar un poco. (…) ¿Existe algo que no pueda comprarse? (pág. 167-69)

Estas ideas atraviesan todo el relato y, a veces, se manifiestan de manera muy explícita, pero Medel elude los peligros de la novela de tesis al insuflar a la historia vida y tensión gracias a sus dotes como narradora, especialmente llamativas por tratarse de su primera novela (aunque la madurez que muestra sugiere que no es su primer empeño en este terreno). Maneja con seguridad los saltos entre las distintas épocas en que se desarrolla la historia, y también la diversidad de puntos de vista, voces y conciencias se integran por lo general con fluidez (una de las obsesiones de Medel es quién cuenta lo que ocurre y cuál es su motivación).

Además, la escritora cordobesa, una de las poetas más reconocidas de su generación y directora de la editorial La Bella Varsovia, despliega en Las maravillas esa capacidad de condensación y sugerencia que ha venido exhibiendo en sus poemarios desde el precoz Mi primer bikini (2002). El resultado es una prosa depurada y precisa, atravesada por imágenes como fogonazos, capaz también cuando es necesario de ser coloquial o cruda. En poco más de doscientas páginas, resume cinco décadas; en un párrafo, entremezcla toda una juventud y una geografía urbana muy definida.

Alicia ha recorrido en todos estos años la línea verde de metro hacia el sur, dejando atrás el río, conforme cambiaba de trabajo: la cafetería, una tienda de ropa, Puerta de Toledo, Pirámides, otra cafetería, un bingo, Marqués de Vadillo, varios meses en paro, Aluche, una empresa de limpieza, Urgel, un supermercado, Eugenia de Montijo. (pág. 135)

Lo más memorable de Las maravillas son para mí sus personajes, tanto el coro de secundarios que enriquecen o matizan los hechos como las protagonistas, esas dos mujeres que, a la incertidumbre laboral, añaden el peso de los deberes que se les adjudican como mujeres, madres e hijas (el nombre de Carmen Martín Gaite viene enseguida a la cabeza). La relación que existe entre ellas puede no ser la pieza más verosímil del conjunto, pero la autora sí que acierta plenamente al no reducirlas al papel de víctimas del sistema o al de heroínas rebeldes. Los matices y las sombras les aportan complejidad y, además, las vuelven complementarias: mientras María evoluciona hacia la independencia personal y la solidaridad que representa el movimiento feminista, Alicia se refugia de un pasado traumático y la precariedad emocional en la ocultación y el sexo clandestino.

Qué ganas de saber más sobre las vidas de María y Alicia y de leer la segunda novela de Elena Medel.

Las maravillas
Elena Medel
Anagrama (Narrativas hispánicas, 653)
Barcelona, 2020
227 páginas