Historias sin precio

Durante más de treinta años, Henry James fue anotando en una serie de cuadernos de trabajo el germen de casi todas sus obras narrativas (en español puede encontrarse una magnífica edición en Destino). Los apuntes conforman a veces un análisis detallado de las secuencias dramáticas y los personajes de una novela, pero a menudo son primeros esbozos o incluso una simple situación en la que el escritor vislumbra un futuro relato. Es fascinante seguir a James en la exploración del potencial de la idea surgida de una lectura o, más habitualmente, de una anécdota que le contaron la noche anterior en una cena de sociedad.

No es menos asombroso el hecho de que, si el ‘olfato’ para las historias del autor de tantas obras geniales resulta único, la capacidad de imaginar historias a partir de momentos y detalles de la vida cotidiana es universal. Y usarla, inevitable: como la lechera del cuento, fantaseamos hasta cuando no nos conviene —al menos si perseguimos sueños materialistas—. Cualquier escena, además, nos sirve para montarnos una novela (o una película), y hasta una conversación oída a medias nos basta para inventar tramas, motivaciones, fuerzas en conflicto, giros sorprendentes, finales con o sin moraleja.

Un ejemplo extraído de mi propia experiencia: la semana pasada me encontré en unos grandes almacenes con un gran cajón lleno de libros de saldo y lo primero que se me ocurrió fue preguntarme cómo habría reaccionado de haber escrito yo uno de aquellos títulos. Enseguida me olvidé del asunto, pero unos días después me vino de repente a la cabeza de nuevo, y ya no paré de darle vueltas hasta esbozar un microrrelato (la versión definitiva me la reservo, sobre todo porque no está escrita):

«Cuando, camino ya de las cajas, se tropezó en un pasillo del hipermercado con una columna de ejemplares de su última novela, que se vendían, entre otros muchos libros, a precio de saldo (“Todo a 5,95 €”), primero se indignó por que el fruto de su reconocido talento —empezaba a sonar para la Academia— y de las largas horas pasadas frente al ordenador y fatigando bibliotecas compartiera espacio, bajo la fría luz de los focos, con lo que él llamaba ‘kleenex con páginas’; sintió después una punzada de desánimo (ni siquiera le habían colocado en un lugar de privilegio, seguro que Séneca o Montaigne disponían de palabras de consuelo ante una injusticia semejante, pero en ese momento no era capaz de recordarlas) y, finalmente, soltó la cesta con la compra, comprobó que no se acercaba nadie y repartió los volúmenes con su nombre impreso en elegante tipografía de manera que las demás portadas quedasen ocultas.

Seguía sonriendo bajo la mascarilla cuando le tocó su turno en la caja.»

¿Cuántas historias pueden nacer de una premisa tan sencilla? ¿Cuántas se pierden por no ser contadas? O, volviendo a James, ¿cuántas veces aprovechamos “la más afortunada oportunidad para crear lo indestructible”?