Ursula K. Le Guin: otros mundos son posibles

Los caminos de la posteridad literaria son inescrutables, pero las señales apuntan a que en ella tiene reservado un puesto de honor la estadounidense Ursula K. Le Guin (1929-2018), considerada uno de los nombres esenciales de la literatura fantástica y de ciencia-ficción de todos los tiempos.

La trayectoria de Le Guin constituye uno de esos raros casos que combinan la popularidad con el respaldo de la crítica y, además, con escasos altibajos. Desde sus inicios, con cada libro fue dinamitando convenciones y explorando asuntos que eran poco habituales y que no han dejado de ganar peso desde entonces en la literatura y el debate público, como el género y la sexualidad (La mano izquierda de la oscuridad) o el colonialismo y la destrucción de la naturaleza (El nombre del mundo es Bosque). Además, el éxito comercial no rebajó su nivel de exigencia literaria e intelectual ni le impidió explorar desde ángulos novedosos los universos que ya había creado, como el del archipiélago de Terramar y el de la federación galáctica de Ekumen, o experimentar con otros tiempos, ya fuera el futuro en ese libro inclasificable que es El eterno regreso a casa o el pasado a través de un personaje de la Eneida de Virgilio en Lavinia.

Esa excelencia le valió infinidad de galardones, incluso fuera de las categorías de la ficción especulativa, un logro extraordinario en Estados Unidos y en cualquier otro país. Su influencia es también enorme, aunque no siempre admitida: Harry Potter es heredero del joven mago de Un mago de Terramar y Avatar se inspira en El nombre del mundo es Bosque, aunque ni J. K. Rowling ni James Cameron hayan reconocido su deuda (Le Guin, por el contrario, se refiere «con alegría» al poso que ha dejado en su imaginación cada uno de los narradores que ha leído).

Además de un manantial constante, el talento de la autora discurrió durante seis décadas por terrenos muy diversos, desde la novela y el cuento a la poesía, el ensayo y la crítica literaria, e incluso escribió libros ilustrados para niños, guiones y traducciones (es particularmente conocida la de Kalpa imperial, de la argentina Angélica Gorodischer, con quien mantuvo además una relación de amistad; se trata de una colección de relatos ambientados en un imperio imaginario que en España publicaron Martínez Roca en el año 1990 —la edición en que yo la leí— y Gigamesh en 2000 y que merecería más reconocimiento).

Imaginar el cambio

Si las novelas de Le Guin han ido apareciendo con regularidad a este lado del Atlántico, los textos de no ficción se han sumado a esta corriente sobre todo en los últimos años. Es el caso de Conversaciones sobre la escritura (Alpha Decay), basado en una serie de charlas que Le Guin mantuvo con su amigo David Naimon poco antes de fallecer; de El idioma de la noche (Gigamesh), su primer libro de ensayos, que estaba inédito en español, y de Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura, la imaginación (Círculo de Tiza).

Este último, en concreto, destaca por su amplitud y variedad y no decepcionará a los interesados en Le Guin, lo fantástico, el proceso creativo y, en general, cualquiera que desee escuchar la voz sabia y cálida de una escritora, pensadora y lectora excepcional (ese timbre se percibe con claridad en la traducción de Martín Schifino). Se publicó en inglés en 2004 y reúne ensayos y charlas de los quince años anteriores, muchos de ellos retocados y actualizados para este volumen. Abarcan desde lo autobiográfico (‘Cuestiones personales’) hasta reflexiones más generales sobre el arte y la cultura (‘Discusiones y opiniones’), aunque la mayor parte se centra en asuntos literarios (‘Lecturas’ y ‘Sobre la escritura’).

Da igual la materia que aborde: su infancia en Berkeley, donde su padre, Alfred L. Kroeber, fundó el Departamento de Antropología de la Universidad de California; los ideales de belleza en nuestra cultura; Los diarios de Adán y Eva de Mark Twain leídos con cincuenta años de diferencia; el desdibujamiento de la frontera entre ficción y no ficción, una tendencia que veía con recelo; la importancia del ritmo en la prosa (el título de la edición original de la colección de ensayos es The Wave in the Mind, una referencia a un pasaje de Virginia Woolf donde compara ese ritmo con una ola «que rompe y se asienta en la mente»)… Le Guin siempre derrocha inteligencia, claridad, un humor que puede ser punzante pero no cruel y, sobre todo, la experiencia de quien ha observado durante muchos años el mundo (y su paso por él) sin anteojeras y con una curiosidad insaciable.

Interior de la biblioteca del Trinity College de Dublín.

Sin abandonar nunca la argumentación sólida y la sutileza, la voz de la escritora adquiere un tono apasionado cuando recuerda a su familia o defiende sus ideales feministas y pacifistas, al denunciar la injusticia y la guerra y en su reivindicación de la fantasía, la lectura y la imaginación. Quizás por ese motivo, si tuviera que escoger mis piezas preferidas, me decantaría por ‘Mis bibliotecas’ —«Una gran biblioteca es la libertad»—, ‘Cosas que en realidad no están presentes’, un homenaje a Jorge Luis Borges que es también una defensa de la universalidad de la literatura fantástica, y ‘«Una guerra sin fin»’, una declaración de principios contra la opresión que avanza planteándose preguntas, elude las simplificaciones morales y reivindica el valor de «una realidad alternativa imaginada pero convincente» para cuestionar y transformar el estado de las cosas.

También por cualquiera de los textos de ‘Sobre la escritura’, que constituyen una lección tras otra sobre la tarea del escritor y la relación con los lectores, expuestas con agudeza, entusiasmo y verdad.

Las normas del mundo inventado deberán respetarse al pie de la letra. Todos los magos, incluidos los escritores, son muy celosos de sus trucos. Cada una de las palabras debe ser la palabra adecuada. Un mago flojo es un mago muerto. Los cultivadores de la fantasía seria adoran la invención, la libertad de inventar, pero saben que la invención descuidada mata la magia. La fantasía se burla descaradamente de los hechos, pero se preocupa por la verdad en un sentido tan profundo como el realismo más crudo y gris.

(Pág. 367)

El viaje interior

Las novelas de Le Guin siguen esa filosofía a rajatabla, y uno de los mejores ejemplos es Los desposeídos, que Minotauro reeditó a finales del año pasado en su colección ‘Esenciales’ (está anunciada su próxima aparición también en la colección ‘Bibliotecas de autor’, junto a otros títulos capitales de la escritora).

La trama de la novela, que se publicó en 1974 y está considerada una de las que contienen más carga política de su trayectoria, alterna dos hilos: los capítulos impares siguen al protagonista, Shevek, por el planeta Urras, donde coexisten regímenes cuyo modelo real es fácil rastrear, desde las democracias parlamentarias a los regímenes totalitarios; los capítulos pares narran la vida anterior del personaje en su planeta natal, Antares, con un sociedad de inspiración anarquista, sin leyes ni gobierno, basada en la libre cooperación y la solidaridad. Shevek es un genio que puede revolucionar la física con una teoría unificada cuyas aplicaciones prácticas transformarían la galaxia, un conocimiento que quiere poner a disposición de todos para que no se convierta en un arma o un privilegio.

El título original completo, The Dispossessed: an ambiguous utopia, es muy revelador de la intención de Le Guin, que huye del maniqueísmo y lo panfletario como de la peste. En Urras son flagrantes la desigualdad, la represión y el consumismo desbocado, pero también abundan la belleza, la creatividad y la riqueza cultural; además, Shevek se sorprende al descubrir que la mayoría de la población no vive en la pobreza. El modelo de Antares, que procede de una revolución, evita la desigualdad y la injusticia, pero bordea siempre la escasez y —como tiende a ocurrir con todo lo establecido— ha acabado esclerotizado por «las convenciones, el moralismo, el miedo al ostracismo social, el miedo a ser distintos, ¡el miedo a la libertad!».

En uno de los textos de Contar es escuchar, la escritora aclara que sus historias «no son advertencias nefastas ni proyectos de lo que deberíamos hacer» y, a propósito de Los desposeídos, señala que en ella exploró de manera más metódica de lo habitual «ciertas permutaciones en el uso del poder, que preferí a las disponibles en el mundo», pero esforzándose tanto en «subvertir» como en «mostrar el ideal de un plan social». La estructura de la novela potencia la comparación entre los dos planetas, revelando tanto los contrastes como los paralelismos en algunos de los campos predilectos de la autora, como la dependencia que genera el poder, los mecanismos psicológicos, el peso de la ideología en las relaciones personales, la posición de la mujer o la construcción de la identidad.

Recreación artística de Próxima b, un planeta que orbita en la zona habitable en torno a Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sistema Solar (ESO/M. Kornmesser)

La exploración de estas cuestiones es uno de los motores de la historia, pero sería inexacto calificarla de novela de tesis, de ideas o social. Nada más lejos de la realidad: si el truco no solo funciona sino que es emocionante y asombroso, un triunfo narrativo y artístico, es porque Le Guin construye un universo entero, coherente y cohesionado, con sus lenguas y tradiciones, paisajes y arquitecturas, historia, mitos, instituciones, moda y cultura.

Además, puebla esos continentes inventados con personajes muy dispares y complejos, empezando por Shevek, que no tiene nada del carácter mesiánico que le podría haber atribuido sino que, por el contrario, puede mostrarse altruista y hasta heroico, pero también obtuso y en alguna ocasión incluso despreciable, y tiene que vencer a sus demonios internos antes de enfrentarse al mal que lo rodea. La historia se cuenta en tercera persona, pero el narrador solo se aleja del punto de vista de Shevek cuando es indispensable para proporcionar información histórica o antropológica —dosificada con bastante habilidad—, lo que acentúa la sensación de que asistimos a un viaje que es físico y también de autoconocimiento y de apertura a los demás.

El encantamiento también surte efecto gracias a la prosa de Le Guin, dúctil y muy atenta al ritmo —hay una escena de un parto que se lee de manera frenética—, exacta en la elección de los detalles, sutil en el análisis de la psicología de los personajes y la complejidad de las relaciones que entablan y evocadora en las descripciones, cargadas de imágenes y metáforas originales y muy plásticas (traducidas con acierto por Matilde Horne, conocida sobre todo por su versión de El Señor de los anillos). De hecho, no se me ocurre mejor invitación a contemplar el cielo nocturno e imaginar los mundos que alberga, tal vez gobernados por esperanzas y miedos muy semejantes a los nuestros, que una cita de esta novela prodigiosa e inolvidable.

Habían salido las estrellas otoñales, increíbles en número y en brillantez, titilando y casi parpadeando a causa del polvo levantado por el terremoto y el viento, y el cielo entero parecía temblar, un centelleo de briznas de diamante, un chisporroteo de sol sobre un mar de tinieblas.

(Pág. 384)

Contar es escuchar
Ursula K. Le Guin
Traducción de Martín Schifino
Círculo de Tiza
Barcelona, Primera edición: enero de 2018 (Sexta edición: agosto de 2020)
402 páginas

Los desposeídos
Ursula K. Le Guin
Traducción de Matilde Horne
Minotauro (Minotauro Esenciales)
Barcelona, 2020
464 páginas

Las asombrosas vidas ordinarias de Alice Munro

Aunque a lo largo de su extensa carrera literaria, iniciada a finales de los años sesenta, nunca le habían faltado ni los reconocimientos ni la fidelidad de una comunidad de lectores cada vez más amplia incluso fuera del mundo anglosajón, muchos descubrieron a Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931) cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 2013.

No es sorprendente: Munro ha cultivado en exclusiva el género del relato, a menudo considerado todavía un género menor, y sus volúmenes y antologías de cuentos han ido apareciendo de manera tan regular como espaciada. (Se debate si alguno de sus libros, por ejemplo, La vida de las mujeres, es una colección de relatos o una novela fragmentaria, pero ella misma ha explicado muchas veces que empezó escribiendo relatos porque solo disponía del tiempo que duraban las siestas de sus hijos y descubrió que ese era el molde natural de su escritura). Además, juzgados por sus argumentos, esos textos pueden tomarse como historias simples sobre la vida cotidiana en los pueblos y los campos de su Ontario natal, con frecuencia protagonizadas por personajes femeninos de lo más común. Y también la prosa de Munro, deliberadamente clara, se arriesga a pasar desapercibida entre otras más inclinadas a los fuegos de artificio.

Pero leer y, sobre todo, releer cualquier narración de la escritora canadiense revela que la sencillez es aparente y que, en sus manos, lo ordinario encierra más matices, secretos y sorpresas de los que solemos encontrar en una novela de setecientas páginas. En este sentido, es muy exacta la comparación ya habitual de Munro con Chejov —al que se atribuye la afirmación de que el punto de partida de uno de sus relatos podía ser algo tan banal como un cenicero—, aunque ella suele citar entre sus influencias sobre todo a autoras como Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor o Elizabeth Bishop.

La recuperación por parte de Lumen de Algo que quería contarte, que se publicó originalmente en 1974, es otra prueba de la maestría y de la vigencia de la autora. También representa una excelente oportunidad para iniciarse en su universo de granjeros y universitarios, parejas en crisis, niños que se asoman con fascinación y miedo al futuro, adultos desorientados que se las arreglan para seguir avanzando (¿hacia dónde?) y, sobre todo, de mujeres: absorbidas por la maternidad, independientes, engañadas, astutas, complejas e incluso contradictorias, conscientes de que los tiempos están cambiando.

La madurez temprana y la consistencia de la escritura de Munro multiplican las vías de acceso a su obra, bastante homogénea en calidad y tono, aunque más desnuda en lo formal y abiertamente autobiográfica en títulos de su última etapa como La vista desde Castle Rock (2006) o Mi vida querida (2012). La sección con que se cierra este volumen se llama «Finale» y constituye, en efecto, una especie de despedida literaria de la escritora, que con posterioridad solo ha publicado una selección de sus cuentos, Todo queda en casa, aparecida también en Lumen (el sello que, junto a DeBolsillo —ambos del grupo Penguin Random House—, ha relevado a la editorial RBA en la traducción de Munro al español).

Precisión y sugerencia

Alberta (Canadá), hacia 1980. Archivos Provinciales de Alberta.

La engañosa facilidad de la escritura de Munro oculta una labor muy concienzuda que empieza por el punto de vista y la estructura de cada relato. No importa si las historias están narradas en primera o en tercera persona, lo esencial es el papel de la memoria, entendida como la forma en que dotamos de un sentido narrativo a nuestra vida y a las ajenas para tratar de describirlas, entenderlas, celebrarlas o incluso librarnos de ellas.

Con la naturalidad con que uno salta en el tiempo y de un lugar a otro a medida que repasa una experiencia personal o la comparte, en las trece historias de Algo que quería contarte el presente alterna con episodios del pasado que le aportan profundidad, relieve y claroscuros morales. Cada personaje ofrece su propia versión de los hechos (a menudo, más cercana a sus deseos que a la realidad); lo que parecía seguro se desvanece o cambia de dirección; una situación trivial, una anécdota desencadena epifanías y tragedias; la vida despliega todo su repertorio de casualidades, dádivas y confusión, y así, sin apresuramientos ni pausas innecesarias, llegamos a un desenlace a menudo provisional (como en el relato «Caminar sobre el agua») o ambiguo («Despedida») o desconcertante («La dama española»).

La misma fluidez se da en cada párrafo, en todas las frases, por lo general breves, siempre precisas y, a la vez, cargadas de sugerencias que cobran todo su sentido desde una visión de conjunto. Munro no subraya, habla constantemente de emociones y sentimientos sin caer en la cursilería y, cuando quiere ser cruda, lo es sin aspavientos. El lenguaje es común; la elección de las palabras, impecable. No hay adjetivos superfluos ni metáforas decorativas, los detalles reflejan a los personajes —cómo visten y se peinan, qué leen, cómo están amuebladas sus casas— y las imágenes se ajustan a los estados de ánimo y las atmósferas.

La copa capta la luz del sol, reflejando un círculo radiante en el tapete blanco. Eso hace que la bebida me parezca pura y reconstituyente, como el agua de montaña. Bebo con avidez.

(Pág. 220)

Familia, amor, memoria

Pero el virtuosismo discreto de Munro no basta para explicar la autenticidad que desprenden sus relatos, la exactitud con que reflejan lo más universal del comportamiento humano, esa aleación de dicha y tristeza que nos sugieren al recordarlos.

La escritora canadiense sobresale también por la sutileza con que examina la realidad y, a partir de los materiales que esta le proporciona, imagina y construye sus ficciones. La escritora Margaret Atwood —compatriota y buena amiga de Munro— destaca de ella su capacidad de «disección» y su combinación de «escrutinio obsesivo» y «exhumación arqueológica». La indagación es, en efecto, minuciosa, pero una de las mayores virtudes de Munro es reconocer que existen misterios irresolubles, preguntas sin respuesta, y también intuiciones certeras, mensajes que nos llegan a través de «conexiones insondables, pero en las que hay que confiar».

Vermillion, Alberta (Canadá), hacia 1970. Archivos Provinciales de Alberta.

Sus retratos de la vida rural no tienen nada que envidiar a los de su admirada Eudora Welty y explora de manera deslumbrante la intimidad femenina y la complejidad las relaciones familiares, en particular entre hermanas y entre madres e hijas —«El valle de Ottawa», que cierra el volumen, figura entre lo más sabio y conmovedor que ha escrito nunca—. Además, pocos narradores pueden competir con ella en la amplitud y la agudeza de su visión del amor, el deseo y el sexo: en «Algo que quería contarte» son fuerzas que trastornan; en «Dime sí o no», algo que primero se decide pero que luego se vuelve irreversible; las protagonistas de «Material» y «Cómo conocí a mi marido» reemplazan pasiones intensas y conflictivas por un matrimonio más cálido y convencional; en «Marrakech», la inolvidable Dorothy, una anciana viuda, se sobrecoge al espiar a dos amantes.

Munro no juzga a sus personajes, tampoco los embellece: son generosos y egoístas, compasivos y crueles; como ocurre con las atenciones de la abuela hacia su nieta en «Viento de invierno», una acción puede deberse al mismo tiempo al cariño y los celos. La empatía de la autora es especialmente intensa hacia los niños, los individuos extravagantes e inofensivos —como el Eugene de «Caminar sobre el agua» que cree en poderes sobrenaturales— y las mujeres que cargan con el peso del mundo, de las renuncias o la soledad no buscada. La ironía se filtra por todas partes, y en algunos momentos también asoma el humor como reacción ante la falta de sentido y la desesperación. «Es tan terrible que da risa», dice un personaje en «El perdón en las familias», uno de los relatos más redondos del volumen y buen ejemplo de cómo la ganadora del Nobel fusiona los detalles reveladores, la voz narrativa y la complejidad emocional en un todo coherente y único.

Me senté delante de Cuidados Intensivos, en la horrible salita de espera reluciente. Tenían sillas rojas escurridizas, formica barata y un tiesto lleno de guijarros del que crecían unas hojas verdes de plástico. Me quedé allí sentada horas tras hora leyendo el ‘Reader’s Digest’. Los chistes. (…) Y pensé que todas esas cosas no parecen ser tanto la vida cuando las estás haciendo, nada más son cosas que haces, cómo llenas tus días, y siempre crees que algo va a abrirse de golpe y que te encontrarás a ti misma, en la vida. Ni siquiera es que desees especialmente que se abra, vives bastante conforme tal y como todo discurre, pero en el fondo lo esperas. Entonces te estás muriendo, mamá se está muriendo, y solo son las mismas sillas de plástico y plantas de plástico y un día normal y corriente ahí fuera con gente haciendo la compra, y lo que has vivido es lo único que hay, y darías lo que fuera por ir a la biblioteca, algo tan simple como eso, por regresar subiendo la cuesta en el autobús con libros y una bolsa de uvas. Ay, sí, darías lo que fuera por volver a ese instante.

(Págs. 123-124)

Mientras algo se abre de golpe (o no), a los lectores siempre nos quedará la posibilidad de volver, una y otra vez, a las inmensas historias breves de Alice Munro.

Algo que quería contarte
Alice Munro
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Lumen
Barcelona, Primera edición: abril de 2021
304 páginas

Voces del pasado, guías para el presente

La reivindicación del papel de los clásicos y las humanidades, en especial si se aspira a una educación plena y auténtica, es una constante en las últimas décadas y, desde el punto de vista editorial, casi un subgénero. Nombres tan conocidos como George Steiner o Harold Bloom batallaron en su defensa una y otra vez, y un libro tan sorprendentemente popular como El infinito en un junco de Irene Vallejo no es ajeno a ese espíritu.

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal de Nuccio Ordine (Diamante, 1958) es otro alegato en favor de los grandes maestros de todos los tiempos —en los agradecimientos se cita precisamente a Steiner—, pero con un enfoque original y particularmente atractivo.

Ordine, profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Calabria, publicó entre 2014 y 2015 en el semanario «Sette», del Corriere della Sera, una selección de los fragmentos de obras clásicas leídos a sus estudiantes a lo largo de los años, acompañando cada cita con unas breves notas destinadas a subrayar algún aspecto concreto de ese texto. El objetivo, como aclara en la introducción, era simplemente homenajear a esos autores y estimular la curiosidad del lector para animarlo a conocer las obras en su integridad. Los textos se compilaron en el volumen Classici per la vita, traducido por Jordi Bayod para esta versión de Acantilado —con el cuidado al que esta editorial nos tiene acostumbrados— que ya alcanza su quinta reimpresión.

En total son cincuenta los clásicos citados, en su lengua original y en español, y Ordine solo necesita una página para contextualizar cada fragmento, glosarlo y, a menudo, conectarlo con alguna de esas cuestiones que son tan actuales como intemporales, desde la avaricia y la corrupción hasta la violencia contra las mujeres o el fanatismo religioso.

Entre los autores seleccionados, abundan, como es lógico, los grecolatinos y los italianos (de Homero a Plauto, de Boccaccio a Calvino), pero otras muchas lenguas están representadas por figuras tan diversas como Yourcenar, Shakespeare, Mann, Borges, Zweig, Hikmet, Cavafis o Milosz. Es muy difícil encerrar en una cita el espíritu o el aire de una obra completa —funciona mejor en el caso de la poesía—, pero los fragmentos son siempre sugestivos. Además, en sus comentarios, Ordine consigue ser accesible sin caer en la banalidad y transmite todo su entusiasmo desde el rigor filológico e intelectual.

El resultado es una invitación convincente a emprender por fin esa lectura que uno lleva tanto tiempo postergando o a investigar sobre cierto autor desconocido (¿cuántos saben, fuera del estrecho círculo de los especialistas, de la existencia de Rutilio Namaciano?) o, incluso, a releer un título en busca de nuevos sentidos y matices.

Tres sugerencias que me han interesado especialmente son la estremecedora narración sobre Auschwitz de Primo Levi en Si esto es un hombre, las reflexiones de Montaigne en sus Ensayos sobre cómo atribuimos a la naturaleza lo que procede de la costumbre y, por último, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe, cuyo joven protagonista descubre a través de un viaje de formación la utilidad de lo inútil —que es justamente el título de la obra más conocida de Ordine, publicada en español también por Acantilado—.

El arte de vivir

Tan interesante como la selección de lecturas es la introducción del libro, con un título muy revelador: «Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos».

En menos de cuarenta páginas, Ordine desarrolla e ilustra con su experiencia docente dos ideas básicas. En primer lugar, que las grandes obras literarias o filosóficas son una fuente de placer, un vehículo para entendernos a nosotros y al mundo, «una manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro» y un estímulo para la construcción de una conciencia civil. La segunda tesis es que la función esencial de la escuela y la universidad debe ser «formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma». La enseñanza precisa, por tanto, de los clásicos, pero Ordine destaca que estos necesitan igualmente a la escuela y la universidad para tener un futuro «próspero y vital».

Ordine apunta otras muchas cuestiones de enorme interés en los debates recurrentes en España y otros países sobre el modelo educativo, como el peligro de orientar la formación exclusivamente hacia el mundo laboral, la conexión entre las disciplinas humanísticas —y el arte en general— con la creatividad, o el error que supone restringir los objetivos de la enseñanza a la simple superación de las pruebas evaluadoras.

En el centro de sus reflexiones se encuentra siempre la figura del profesor, cuya tarea exige formación y entrega a partes iguales; el apartado que Ordine dedica a la relación entre Albert Camus y el maestro de Argel que cambió su vida, Louis Germain, es tan ilustrativo como emocionante.

Por eso, cada vez estoy más convencido de que la buena escuela no la hacen ni las tablets en cada pupitre, ni la pizarra conectada a Internet, ni el director con ínfulas de manager. La buena escuela la hacen ante todo los buenos profesores. Sin embargo, la política inversora va en otra dirección: en Italia, las escuelas públicas se caen a pedazos, y el dinero que se dedica a formar óptimos profesores es irrisorio.

Pág. 22

Siguiendo el hilo de los aforismos de Nietzsche reunidos en Aurora (1881), el profesor también defiende con agudeza y pasión que el conocimiento profundo, el que va más allá de los lugares comunes y la ortodoxia dominante, exige tiempo, dedicación y esfuerzo.

De la misma manera, en las aulas de un instituto o de un centro universitario, un estudiante debería poder aprender que —contrariamente a lo que predican los gurús de la velocidad y de la hegemonía del fast en cualquier ámbito de nuestra vida— el aprendizaje requiere lentitud, reflexión, silencio, recogimiento.

Pág. 38

Los clásicos tienen mucho que decirnos sobre el arte de vivir, y estas páginas tan sustanciosas Ordine nos invita a escuchar sus voces para que dialoguemos con ellos hoy y para que seamos más libres, justos y sabios, como individuos y como sociedad, en el futuro.

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal
Nuccio Ordine
Traducción de Jordi Bayod
Acantilado (El Acantilado, 356)
Barcelona, 2017 (Tercera reimpresión: diciembre de 2018)
192 páginas