Vitalidad del cuento

Aunque hace mucho que superó la consideración de género menor, el relato sigue sin rivalizar con la novela ni en el interés de los lectores ni en el volumen de títulos publicados. Esto es particularmente cierto en un país como España, donde las grandes editoriales centran su atención en los cuentos de autores clásicos —aunque pueden citarse excepciones tan destacadas como la de José María Merino, cuya última antología conjuga maestría y atrevimiento— y apenas existen sellos especializados en las narraciones breves de ficción (Páginas de espuma sería una de las referencias ineludibles en este campo).

Es una lástima porque, al margen de preferencias personales, es un género que encaja a la perfección con el gusto contemporáneo por la rapidez y la intensidad. Otra gran virtud del cuento: puede servir como un puente para cubrir la distancia, para muchos adolescentes insalvable, entre las historias infantiles y las novelas de largo aliento.

El relato merecería también más repercusión porque es uno de los cauces más creativos de la literatura actual, tal vez porque un público minoritario facilita alejarse de las modas y la presión comercial. No atribuyo a la casualidad que cinco de mis lecturas más satisfactorias de los últimos meses correspondan a volúmenes de narraciones breves publicados en España en 2020 y 2021.

En todos los casos se trata, curiosamente, de la primera colección de cuentos de sus autores, que hasta entonces habían publicado relatos sueltos o habían participado en antologías colectivas. Otra coincidencia es que los cinco escritores nacieron a lo largo de la década de los ochenta. Pero sobre todo comparten virtudes literarias: la habilidad de crear mundos coherentes a través de una imaginación muy personal, el abordaje de la realidad contemporánea desde enfoques que trascienden el realismo romo, el dominio del lenguaje y del ritmo, y el empeño en aventurarse más allá de los asuntos y las tramas que dominan las listas de los libros más vendidos. Son solo un puñado de ejemplos —podrían añadirse otros muchos nombres, como los de Liliana Colanzi o Alejandro Morellón— de la buena salud del cuento a este y a otro lado del Atlántico.

Nada más fantástico que la realidad

Cubierta de Los desperfectos, con ilustración de Gina Harster.

Las cualidades de este grupo de autores se aprecian en el premiado Los desperfectos de Irene Pujadas (San Just Desvern, Barcelona, 1990), editado por Hurtado & Ortega con traducción del catalán de Inga Pellisa. En los veintiún textos breves del volumen, Pujadas parte a menudo de situaciones y escenarios reconocibles —una visita al dentista, cementerios, encuentros casuales, una plaga de moscas…— y los desplaza hacia el humor irreverente y la ironía, el fatalismo, lo fantástico o esa clase de extravagancia que provoca sonrisas pero también una ligera incomodidad. (También hay algún texto más sentimental que, sin ser de menor calidad, suena como un verso suelto).

La escritora sabe dar a cada historia la extensión justa, combina con gracia lo coloquial y lo culto y se atreve a ensayar esquemas formales y puntos de vista muy diversos.

En ‘La malnacida’, por ejemplo, un año fatídico se resume a través de viñetas que conforman una estructura circular; ‘Entrevista en el periódico local a raíz de un reportaje en un periódico nacional’ alterna ambos textos para satirizar cierto tipo de turismo —aunque la sátira, cómo no, incluye un giro inesperado—; ‘Los consejos’ está contada en segunda persona del singular; ‘El cuerpo caliente’, por un espíritu, y ‘Retrospectiva’ es una entrada de blog (tan imaginativa y ocurrente como cargada de reflexiones incisivas sobre la escritura).

Por la tarde me volví a la ciudad. Llevaba el estómago lleno y una bolsa de plástico con pasta, latas de atún y botes de tomate. Dios te cuida y te vigila, me había dicho mamá, y me había despedido con la mano. Y me lo planteé, pero sé que he perdido la oportunidad, porque ese Dios no es mío y, además, no es idiota.

‘Las formas de Dios’, pág. 74

Humor, surrealismo y metafísica

Cubierta de Lo malo de una isla desierta, con imagen de Tere Susmozas y fotografía de Kike Costas.

El humor es igualmente una constante en los dieciséis cuentos de Lo malo de una isla desierta de Javier Echalecu (Madrid, 1981), publicado por Editorial Pre-textos, en este caso aderezado con una combinación muy original de poesía, surrealismo y metafísica. Unos ingredientes que Echalecu, también traductor, logra fusionar gracias a la coherencia de la obra y la flexibilidad de la voz narrativa, que se mueve con soltura entre la confesión desenfadada, el apunte filosófico y el fogonazo lírico.

Ya el primer relato, ‘Llamadas de emergencia’, nos sumerge en este universo singular: al llegar a casa, una pareja descubre que una de las habitaciones (en concreto, la sala de estar) ha desaparecido; a Echalecu no le interesa la explicación del prodigio, sino las situaciones absurdas que ocasiona y cómo altera la imagen que la pareja tiene de sí misma y del mundo. De un modo similar, la épica y lo ridículo conviven en ‘Leónidas Gagarin, cosmonauta’; los protagonistas de ‘Metonimia’, ‘Adverbios en mente’ y ‘Al sur del Polo Sur’ están dominados por ideas estrafalarias que obedecen, sin embargo, a una impecable lógica interna —en contrapartida, los personajes son un tanto planos e intercambiables—; en el texto más largo, ‘Amor androide’, un fracaso amoroso ubicado en un escenario de ciencia ficción desemboca en crisis existencial; el mito revela su impostura al ser recreado en el mundo de las redes sociales (‘Sísifo desencantado’).

La emoción que fluye contenida, una especie de angustia serena, se expande hacia el final del volumen, especialmente en los dos últimos relatos, donde se explora la idea del tiempo detenido (o, para ser más exactos, expandido). A la manera de Nabokov, la conciencia de la fugacidad de la vida y la belleza no arrastra a Echalecu a una melancolía paralizante, sino que espolea su imaginación para proyectar variaciones más satisfactorias —aunque de ninguna manera idílicas— de la realidad.

Imagino que tarde tras tarde buscarán temas de conversación con los que matar el tiempo, y seguirán inmóviles en esa felicidad, si es que la felicidad puede ser inmóvil. Será como una jaula, sí, pero a veces sólo se trata de escoger la mejor jaula.

‘Imagen del futuro’, pág. 144

Alucinaciones certeras

Cubierta de Las voladoras, con ilustración de Marcela Ribadeneira.

Mitos andinos, oscuros secretos familiares, violencia, sangre —mucha sangre—, deseos enfermizos, apariciones, paisajes apocalípticos… Con estos materiales ha compuesto Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) los ocho cuentos de Las voladoras (Páginas de espuma), impactantes por las historias que cuentan y, sobre todo, por la forma en que la escritora exprime las posibilidades expresivas del lenguaje y por las imágenes descarnadas y poderosas que utiliza.

Tras leer unas pocas líneas, uno se ve arrastrado por la fuerza torrencial del estilo de Ojeda y por el extraño atractivo de unos personajes que podrían pertenecer a una película de David Lynch o David Cronenberg que transcurriera en Quito o La Paz o Cuzco. La atmósfera febril y hasta alucinatoria que emana de cada una de las páginas induce a creer que se escribieron en una especie de trance. Al contrario: no hay nada casual o gratuito en esta belleza retorcida, en estos hachazos que se clavan justo en la diana elegida.

En ‘Caninos’, por ejemplo, la claves de la historia se dosifican con mucha habilidad para sumergirnos poco a poco en un mundo malsano que de otro modo resultaría demasiado truculento. En ‘Soroche’, la narración avanza a través de cuatro voces femeninas que revelan el talento de Ojeda tanto para la caracterización como para la sátira social —un registro que me habría encantado encontrar más a menudo en el libro—. Y la atención prestada a los patrones rítmicos y a las metáforas acercan ‘Terremoto’ al poema en prosa en el que cada palabra está medida (Ojeda es autora también de dos libros de poesía, aunque es conocida sobre todo por sus novelas Nefando y Mandíbula).

Hija guardaba la dentadura de Papi como si fuera un cadáver, es decir, con amor sacro de ultratumba: seco en los colmillos, sonoro en las mordidas, desplazándose por los rincones de la casa igual que un fantasma de encías rojas.

‘Caninos’, pág. 45

La memoria no es un juego inocente

Cubierta de Los juguetes que tuvimos.

La poesía impregna también los dieciséis relatos de Los juguetes que tuvimos (Niña Loba) de Alejandro Molina Bravo (Madrid, 1987), a quien conocí a través de sus hilos sobre arte en Twitter. Molina Bravo —que cuenta con una novela anterior: Los días—comparte con Ojeda el afán de exactitud frente a los clichés, la búsqueda de metáforas no usadas, pero aquí el tono es muy distinto, como lo es el corazón de este libro: la infancia, observada no con la nostalgia con que se recuerda un paraíso clausurado, sino con la actitud meditativa de quien entrevé en los recuerdos de la niñez y la adolescencia temprana indicios del adulto en que se ha convertido.

Durante la primera lectura, predomina la impresión de heterogeneidad, en parte porque el orden de los textos no obedece a un criterio evidente. Se mezclan imágenes fugaces (‘Recuerdo de niñez’), escenas simbólicas (‘Epifanía’, ‘Las tortuguitas’), rituales y ceremonias —el cortazariano ‘Instrucciones para atarse los zapatos’ destaca en esta parcela—, incursiones en lo fantástico (‘Una niña’) y narraciones que abarcan décadas, como el relato que da título al libro o ‘El juego’, quizás el que mejor sintetiza la destreza del autor con los ritmos y las estructuras, en particular con el arranque y el cierre de los textos.

Esa variedad acaba cobrando sentido gracias a que en los cuentos se repiten motivos y obsesiones, como notas cada vez más reconocibles: la pérdida y la transformación, las trampas de la memoria, las revelaciones que no se comprenden plenamente hasta muchos años después. Siguiendo con la metáfora musical, la entonación también unifica las historias. El autor no rehúye lo emotivo, pero tampoco permite que se desboque; lo confesional se cubre con un velo de discreción; lo feliz y lo terrible se narran con una naturalidad que es sobria y precisa y está salpicada de imágenes y detalles muy expresivos («las mesas largas y brillantes y vacías como ataúdes en el mar»).

Jugábamos sin ver lo perverso del juego. Me excitaba el ansia previa a los disparos, y la rabia y el odio que se me desbordaban al morir, escapando de mí como la sangre. Me sentía orgulloso de mi odio. Y sentía también otra cosa, que aun hoy en este momento último me cuesta admitir, y de la cual también los culpo, os culpo: el placer oscuro de la humillación.

‘El juego’, pág. 20

Un espejo severo

Cubierta de La vida privada de los héroes, con imagen de Enrique Barrio Buceta.

De entrada, el libro de Daniel Jiménez (Madrid, 1981) podría parecer el más comercial de los cinco. En efecto, La vida privada de los héroes (Galaxia Gutenberg) tiene algo de retrato de la generación del autor, y muchos lectores se reconocerán en la inestabilidad laboral y sentimental de sus personajes, en esas amistades socavadas (aunque no destruidas) por el tiempo y las obligaciones, en el intento desesperado de huir de la rutina viajando, consumiendo, redecorando —una de las historias se titula ‘Paloma lo prueba todo’—, en los paisajes urbanos y hasta los diálogos.

Pero las narraciones breves de Jiménez (que este año ha recibido muchos elogios por su tercera novela, El plagio) descolocarán a quienes busquen un reflejo favorecedor, una crónica sentimental, un análisis sociológico o un panfleto político. El autor lo apuesta todo a la literatura y enfrenta al lector con personajes complejos y no particularmente virtuosos que corren cada vez más deprisa hacia no saben dónde y con un estilo de engañosa sencillez, telegráfico unas veces (‘Alfonso llega más tarde de lo previsto’), caudaloso otras (‘Borja y Alberto montan un bar restaurante’), de una mordacidad sutil casi siempre.

Tampoco es convencional la estructura del libro, que se divide en cinco secciones. Las dos primeras y las dos últimas están compuestas cada una por diez cuentos, variaciones de argumentos sobre la pareja, la familia, los amigos, el paso de la juventud a la madurez, el fracaso y los nuevos comienzos. A esa composición polifónica se suma la parte central, un inventario de vidas al margen del sistema ubicadas en cien lugares concretos de Madrid, un contrapunto que quizás es un poco prolijo pero amplía el foco de la obra y, además, revela el don de Jiménez para la observación y los detalles significativos.

Ahora sí, Beatriz está feliz, satisfecha. Se queda de pie en medio del cuarto, echa un vistazo a su alrededor y por un momento duda. ¿Y ahora qué? Todo esto, el orden, la comodidad, el estilo, el diseño y el dinero y el tiempo invertidos, ¿para qué? Y, sobre todo, ¿para quién?
Para mí misma, se dice Beatriz orgullosa y conmovida. ¿Es que no basta con eso?

‘Beatriz se procura un placer diferente cada día’, pág. 111

Los desperfectos
Irene Pujadas
Traducción de Inga Pellisa
Hurtado & Ortega Editores
Barcelona, primera edición: abril de 2021
162 páginas

Lo malo de una isla desierta
Javier Echalecu
Editorial Pre-Textos
Valencia, primera edición: marzo de 2021
152 páginas

Las voladoras
Mónica Ojeda
Páginas de espuma
Madrid, primera edición: octubre de 2020
128 páginas

Los juguetes que tuvimos
Alejandro Molina Bravo
Editorial Niña Loba
Primera edición: marzo de 2021
132 páginas

La vida privada de los héroes
Daniel Jiménez
Galaxia Gutenberg
Barcelona, primera edición: junio de 2020
184 páginas

Las asombrosas vidas ordinarias de Alice Munro

Aunque a lo largo de su extensa carrera literaria, iniciada a finales de los años sesenta, nunca le habían faltado ni los reconocimientos ni la fidelidad de una comunidad de lectores cada vez más amplia incluso fuera del mundo anglosajón, muchos descubrieron a Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931) cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 2013.

No es sorprendente: Munro ha cultivado en exclusiva el género del relato, a menudo considerado todavía un género menor, y sus volúmenes y antologías de cuentos han ido apareciendo de manera tan regular como espaciada. (Se debate si alguno de sus libros, por ejemplo, La vida de las mujeres, es una colección de relatos o una novela fragmentaria, pero ella misma ha explicado muchas veces que empezó escribiendo relatos porque solo disponía del tiempo que duraban las siestas de sus hijos y descubrió que ese era el molde natural de su escritura). Además, juzgados por sus argumentos, esos textos pueden tomarse como historias simples sobre la vida cotidiana en los pueblos y los campos de su Ontario natal, con frecuencia protagonizadas por personajes femeninos de lo más común. Y también la prosa de Munro, deliberadamente clara, se arriesga a pasar desapercibida entre otras más inclinadas a los fuegos de artificio.

Pero leer y, sobre todo, releer cualquier narración de la escritora canadiense revela que la sencillez es aparente y que, en sus manos, lo ordinario encierra más matices, secretos y sorpresas de los que solemos encontrar en una novela de setecientas páginas. En este sentido, es muy exacta la comparación ya habitual de Munro con Chejov —al que se atribuye la afirmación de que el punto de partida de uno de sus relatos podía ser algo tan banal como un cenicero—, aunque ella suele citar entre sus influencias sobre todo a autoras como Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor o Elizabeth Bishop.

La recuperación por parte de Lumen de Algo que quería contarte, que se publicó originalmente en 1974, es otra prueba de la maestría y de la vigencia de la autora. También representa una excelente oportunidad para iniciarse en su universo de granjeros y universitarios, parejas en crisis, niños que se asoman con fascinación y miedo al futuro, adultos desorientados que se las arreglan para seguir avanzando (¿hacia dónde?) y, sobre todo, de mujeres: absorbidas por la maternidad, independientes, engañadas, astutas, complejas e incluso contradictorias, conscientes de que los tiempos están cambiando.

La madurez temprana y la consistencia de la escritura de Munro multiplican las vías de acceso a su obra, bastante homogénea en calidad y tono, aunque más desnuda en lo formal y abiertamente autobiográfica en títulos de su última etapa como La vista desde Castle Rock (2006) o Mi vida querida (2012). La sección con que se cierra este volumen se llama «Finale» y constituye, en efecto, una especie de despedida literaria de la escritora, que con posterioridad solo ha publicado una selección de sus cuentos, Todo queda en casa, aparecida también en Lumen (el sello que, junto a DeBolsillo —ambos del grupo Penguin Random House—, ha relevado a la editorial RBA en la traducción de Munro al español).

Precisión y sugerencia

Alberta (Canadá), hacia 1980. Archivos Provinciales de Alberta.

La engañosa facilidad de la escritura de Munro oculta una labor muy concienzuda que empieza por el punto de vista y la estructura de cada relato. No importa si las historias están narradas en primera o en tercera persona, lo esencial es el papel de la memoria, entendida como la forma en que dotamos de un sentido narrativo a nuestra vida y a las ajenas para tratar de describirlas, entenderlas, celebrarlas o incluso librarnos de ellas.

Con la naturalidad con que uno salta en el tiempo y de un lugar a otro a medida que repasa una experiencia personal o la comparte, en las trece historias de Algo que quería contarte el presente alterna con episodios del pasado que le aportan profundidad, relieve y claroscuros morales. Cada personaje ofrece su propia versión de los hechos (a menudo, más cercana a sus deseos que a la realidad); lo que parecía seguro se desvanece o cambia de dirección; una situación trivial, una anécdota desencadena epifanías y tragedias; la vida despliega todo su repertorio de casualidades, dádivas y confusión, y así, sin apresuramientos ni pausas innecesarias, llegamos a un desenlace a menudo provisional (como en el relato «Caminar sobre el agua») o ambiguo («Despedida») o desconcertante («La dama española»).

La misma fluidez se da en cada párrafo, en todas las frases, por lo general breves, siempre precisas y, a la vez, cargadas de sugerencias que cobran todo su sentido desde una visión de conjunto. Munro no subraya, habla constantemente de emociones y sentimientos sin caer en la cursilería y, cuando quiere ser cruda, lo es sin aspavientos. El lenguaje es común; la elección de las palabras, impecable. No hay adjetivos superfluos ni metáforas decorativas, los detalles reflejan a los personajes —cómo visten y se peinan, qué leen, cómo están amuebladas sus casas— y las imágenes se ajustan a los estados de ánimo y las atmósferas.

La copa capta la luz del sol, reflejando un círculo radiante en el tapete blanco. Eso hace que la bebida me parezca pura y reconstituyente, como el agua de montaña. Bebo con avidez.

(Pág. 220)

Familia, amor, memoria

Pero el virtuosismo discreto de Munro no basta para explicar la autenticidad que desprenden sus relatos, la exactitud con que reflejan lo más universal del comportamiento humano, esa aleación de dicha y tristeza que nos sugieren al recordarlos.

La escritora canadiense sobresale también por la sutileza con que examina la realidad y, a partir de los materiales que esta le proporciona, imagina y construye sus ficciones. La escritora Margaret Atwood —compatriota y buena amiga de Munro— destaca de ella su capacidad de «disección» y su combinación de «escrutinio obsesivo» y «exhumación arqueológica». La indagación es, en efecto, minuciosa, pero una de las mayores virtudes de Munro es reconocer que existen misterios irresolubles, preguntas sin respuesta, y también intuiciones certeras, mensajes que nos llegan a través de «conexiones insondables, pero en las que hay que confiar».

Vermillion, Alberta (Canadá), hacia 1970. Archivos Provinciales de Alberta.

Sus retratos de la vida rural no tienen nada que envidiar a los de su admirada Eudora Welty y explora de manera deslumbrante la intimidad femenina y la complejidad las relaciones familiares, en particular entre hermanas y entre madres e hijas —«El valle de Ottawa», que cierra el volumen, figura entre lo más sabio y conmovedor que ha escrito nunca—. Además, pocos narradores pueden competir con ella en la amplitud y la agudeza de su visión del amor, el deseo y el sexo: en «Algo que quería contarte» son fuerzas que trastornan; en «Dime sí o no», algo que primero se decide pero que luego se vuelve irreversible; las protagonistas de «Material» y «Cómo conocí a mi marido» reemplazan pasiones intensas y conflictivas por un matrimonio más cálido y convencional; en «Marrakech», la inolvidable Dorothy, una anciana viuda, se sobrecoge al espiar a dos amantes.

Munro no juzga a sus personajes, tampoco los embellece: son generosos y egoístas, compasivos y crueles; como ocurre con las atenciones de la abuela hacia su nieta en «Viento de invierno», una acción puede deberse al mismo tiempo al cariño y los celos. La empatía de la autora es especialmente intensa hacia los niños, los individuos extravagantes e inofensivos —como el Eugene de «Caminar sobre el agua» que cree en poderes sobrenaturales— y las mujeres que cargan con el peso del mundo, de las renuncias o la soledad no buscada. La ironía se filtra por todas partes, y en algunos momentos también asoma el humor como reacción ante la falta de sentido y la desesperación. «Es tan terrible que da risa», dice un personaje en «El perdón en las familias», uno de los relatos más redondos del volumen y buen ejemplo de cómo la ganadora del Nobel fusiona los detalles reveladores, la voz narrativa y la complejidad emocional en un todo coherente y único.

Me senté delante de Cuidados Intensivos, en la horrible salita de espera reluciente. Tenían sillas rojas escurridizas, formica barata y un tiesto lleno de guijarros del que crecían unas hojas verdes de plástico. Me quedé allí sentada horas tras hora leyendo el ‘Reader’s Digest’. Los chistes. (…) Y pensé que todas esas cosas no parecen ser tanto la vida cuando las estás haciendo, nada más son cosas que haces, cómo llenas tus días, y siempre crees que algo va a abrirse de golpe y que te encontrarás a ti misma, en la vida. Ni siquiera es que desees especialmente que se abra, vives bastante conforme tal y como todo discurre, pero en el fondo lo esperas. Entonces te estás muriendo, mamá se está muriendo, y solo son las mismas sillas de plástico y plantas de plástico y un día normal y corriente ahí fuera con gente haciendo la compra, y lo que has vivido es lo único que hay, y darías lo que fuera por ir a la biblioteca, algo tan simple como eso, por regresar subiendo la cuesta en el autobús con libros y una bolsa de uvas. Ay, sí, darías lo que fuera por volver a ese instante.

(Págs. 123-124)

Mientras algo se abre de golpe (o no), a los lectores siempre nos quedará la posibilidad de volver, una y otra vez, a las inmensas historias breves de Alice Munro.

Algo que quería contarte
Alice Munro
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Lumen
Barcelona, Primera edición: abril de 2021
304 páginas

En un reino muy lejano

Alrededor de una hoguera o junto al fuego del hogar o a la luz de una vela, relatos muy similares se han contado en las culturas más diversas a lo largo de los siglos, transmitiéndose oralmente de generación en generación. Como apunta Stefan Zweig en «Regresar a los cuentos», uno de los textos incluidos en Encuentros con libros, «han recorrido mil caminos, han resonado en las plazas y en las casas de mil ciudades, tienen su origen en nuestra historia más antigua, por recientes que parezcan, pues florecen una y otra vez». La revalorización de los relatos populares a partir del Romanticismo permitió conservar parte de ese patrimonio, recopilado y publicado por autores como los hermanos Grimm. Son narraciones que hablan de los sueños y los miedos de la gente común, de sufrimientos y recompensas, de la posibilidad de lo extraordinario en unas vidas marcadas por las rutinas y las dificultades.

Ese acervo es de una riqueza excepcional en el caso de Rusia, como refleja El pájaro de fuego y otros cuentos rusos (Libros del zorro rojo, 2020). El volumen, exquisitamente editado, es una selección de siete de los relatos de la tradición oral que el historiador y folclorista Aleksandr Afanásiev (Boguchar, 1826-Moscú, 1871) reunió a mediados del siglo XIX. Se trata de la colección de este género más amplia que se conoce en todo el mundo y de una de las más estudiadas e influyentes —es el punto de partida, por ejemplo, del ensayo clásico «Morfología del cuento» (1928) de Vladimir Propp—.

Como explica Marcela Carranza en su clarificador prólogo, Afanásiev solo recogió directamente un porcentaje muy reducido de los más de seiscientos cuentos que publicó; la inmensa mayoría le llegó de manos de otros recopiladores, etnógrafos e intelectuales. Esta circunstancia, sin embargo, no resta valor a su trabajo, ya que Afanásiev logró salvar el folclore cuentístico ruso cuando estaba a punto de desaparecer y, además, llevó a cabo esa tarea adoptando un papel de redactor y editor, sin retocar las historias ni estilizarlas para que parecieran más literarias a ojos de la época. Una labor aún más meritoria si se considera que, debido a sus ideas progresistas y democráticas y a su interés por la cultura popular, Afanásiev tuvo que enfrentarse a la hostilidad constante de las autoridades y de la censura del régimen zarista, hasta el extremo de que se le vedó el acceso a cualquier empleo oficial y se vio obligado a vender su biblioteca personal.

Los cuentos compilados por Afanásiev pueden dividirse en tres grandes grupos: de animales, costumbristas y maravillosos. A esta última categoría se le concedía un valor especial porque se la consideraba la más antigua y a ella pertenecen los siete relatos de este libro. En ellos encontramos una y otra vez encantamientos y criaturas sobrenaturales, metamorfosis, rivalidades entre hermanos, muertes (naturales o violentas) y resurrecciones, héroes o heroínas —tanto de la nobleza como de orígenes más humildes— que se enfrentan a pruebas y a malvados enemigos hasta el invariable final feliz (que suele incluir el anuncio de que los protagonistas permanecerán unidos y sin que les falta de nada durante el resto de sus vidas). La maldad y la impaciencia se castigan; la perseverancia, el ingenio, la valentía y la compasión son siempre recompensados.

Como apunta Joaquín Fernández-Valdés en la «Nota de la traducción» que precede a los relatos, no solo la estructura narrativa es parecida en todos ellos, sino que también es habitual que una misma situación vuelva a producirse a lo largo del cuento con apenas variaciones. Incluso se repiten ciertas estructuras sintácticas y combinaciones de palabras que facilitan la memorización del texto y lo sitúan en el marco de lo maravilloso. «En un reino muy lejano» es el arranque de muchas de las historias, y también abundan los proverbios y los dichos populares y fórmulas fijadas en el folclore ruso como «ni la palabra puede expresarlo, ni la pluma reflejarlo». Todos estos rasgos se recogen en la traducción de Fernández Valdés, que ha traducido a autores como Tolstói o Turguénev y aquí logra su objetivo de «transmitir la frescura, la expresividad y el ritmo de la lengua original (…) para que estos cuentos puedan ser leídos por —y sobre todo a— los niños y niñas, y disfrutados por todos, por siempre jamás».

Ese disfrute no se ve entorpecido por la repetición de elementos y estructuras gracias a la habilidad y la imaginación con que se combinan y al uso de un lenguaje en apariencia sencillo y directo, pero muy sugerente y musical. Hay un encanto único en la naturalidad con que se cuenta lo más prodigioso y en la forma en que se entretejen lo ordinario y lo fantástico, lo crudo y lo poético. En «La patita blanca», una princesa convertida en ese animal por una bruja pone tres huevos de los que nacen sus hijos, que se dedican a «corretear por el río, a pescar pececillos dorados, a recoger retazos de tela para hacerse caftanes, a saltar por la orilla y a contemplar los prados». Y en «La pluma de Fínist», por citar otro ejemplo, una joven consigue recuperar a su amado, que se ha casado con la hija del zar, gracias a que regatea con esta para poder verlo mientras duerme y, al acariciarle la cabeza, le quita el alfiler mágico que le impedía despertarse.

Quizás «Vasilisa la Bella» sea la mejor muestra de la belleza genuina y nada edulcorada de estos cuentos, con su original premisa —en su lecho de muerte, una mujer deja a su hija de ocho años, Vasilisa, una muñeca que ofrece ayuda y consejo a cambio de comida—, una protagonista más astuta de lo que aparenta y unos personajes secundarios tan pérfidos como los de «La Cenicienta». El relato, además, está recorrido por brillantes imágenes del mundo natural, personificado en tres jinetes y, sobre todo, en Baba Yagá, una bruja caníbal que vive en las profundidades del bosque, en una cabaña rodeada por una cerca de huesos humanos coronados con calaveras.

Y se hizo de noche. Pero la oscuridad no duró demasiado: a todas las calaveras de la cerca se les iluminaron los ojos, con lo que el claro del bosque se llenó de luz, como si fuera de día. Vasilisa temblaba de miedo, pero, como no sabía hacia dónde huir, no se movió de donde se encontraba.
Al poco rato se oyó un ruido terrible: los árboles crujieron, las hojas secas crepitaron y del bosque salió Baba Yagá montada en un mortero al que arreaba con un macillo mientras que con una escoba iba borrando las huellas que dejaba.

(Pág. 43)

La edición de Libros del zorro rojo se completa con las míticas ilustraciones que Iván Bilibin (San Petersburgo, 1876-Leningrado, 1942) realizó a caballo entre los siglos XIX y XX para algunos de los cuentos recogidos por Afanásiev.

Bilibin, uno de los fundadores del arte gráfico ruso y diseñador escénico de óperas y ballets, combina de una forma personalísima el dibujo bien definido con el gusto del art nouveau por lo decorativo y la estilización y con los colores planos de las estampas japonesas. Sus ilustraciones, como las historias a las que acompañan, nos trasladan a tiempos remotos, a reinos de magia y asombro donde las familias y los amantes se reencuentran y viven en amor y armonía hasta el final de sus días.

El pájaro de fuego y otros cuentos rusos
Aleksandr Afanásiev
Traducción de Joaquín Fernández-Valdés
Ilustraciones de Iván Bilibin
Libros del zorro rojo
Primera edición: octubre de 2020
96 páginas

Las leyes de lo impredecible

A partir de cierta edad, no es habitual que nos adentremos en un libro sin arrastrar ideas preconcebidas: conocemos al autor (o creemos conocerlo), hemos leído alguna crítica, nos lo han recomendado o todo lo contrario, hasta la información que ofrecen las solapas puede ser suficiente para orientar nuestras expectativas. En el caso de Exhalación (Editorial Sexto Piso), cuando uno se entera de que la producción literaria de Ted Chiang (Nueva York, 1967) no llega a la veintena de narraciones cortas que, sin embargo, le han bastado para convertirse en uno de los escritores de ciencia ficción más galardonados de las últimas décadas, tiende a imaginar que va a encontrarse con una serie de textos tan meditados como impecables.

Y, en efecto, los nueve relatos que componen Exhalación son originales y brillantes (unos más que otros), pero el conjunto posee una virtud añadida: cada historia nos lleva a un mundo distinto —en argumento, personajes y ambientación— que, sin embargo, encaja con el resto, lo que da lugar a un universo coherente.

En una de las «Notas a los relatos» que completan el volumen, el autor explica que se le ocurrió contar esa historia de una manera que le pareció un «experimento interesante». Es una observación muy reveladora sobre cómo trabaja la imaginación de Chiang, que en cada narración explora alguno de los grandes temas del género combinando especulación científica sólida, estructuras narrativas muy medidas desde la primera línea hasta el desenlace y un examen continuo y minucioso de los aspectos éticos y filosóficos. El estilo, en consecuencia, es claro y preciso, y el tono, como en algunos cuentos de Jorge Luis Borges, se aproxima a menudo al del ensayo.

«El comerciante y la puerta del alquimista», el primer relato del libro y uno de los más logrados, ejemplifica el sello personal que Chiang consigue imprimir a asuntos que han interesado a la ciencia ficción desde sus inicios. Aquí se trata de los viajes en el tiempo, que el escritor presenta a través de una narración que remite a Las mil y una noches, con un protagonista que cuenta su historia al califa de Bagdad e intercala en ella las peripecias de otros personajes que se encuentran con sus yoes del pasado o el futuro.

El texto funciona como un mecanismo de relojería donde cada pieza complementa a las demás y todas juntas ilustran el núcleo del relato —la aceptación del destino, que no consiste en una fuerza externa, sino en la expresión de la personalidad de cada individuo—. Chiang aligera esta densidad de ideas con la riqueza de voces y escenarios y con una trama que roza a veces la comedia de enredos y, además, su particular máquina del tiempo, basada en las teorías del físico Kip Thorne, no desentona lo más mínimo en la atmósfera propia de los cuentos del Oriente medieval.

La compleja relación entre libre albedrío y carácter es el eje de otros dos relatos: «Lo que se espera de nosotros» y «La ansiedad es el vértigo de la libertad». En el primero, escrito en forma de mensaje de advertencia enviado desde el futuro, Chiang solo necesita tres páginas para desarrollar la premisa de una tecnología en apariencia inofensiva que se acaba convirtiendo en una plaga («Ahora la civilización depende del autoengaño. Quizás siempre ha sido así»). En «La ansiedad es el vértigo de la libertad», profundiza en su noción del carácter individual a través de dos personajes femeninos bien trazados y un universo en el que es posible comunicarse con realidades alternativas gracias a la física cuántica (la traducción de Rubén Martín Giráldez es especialmente meritoria en este texto).

Un segundo bloque de narraciones aborda las consecuencias morales del uso de tecnologías que ya existen, aunque sea en un estado embrionario. Y de nuevo Chiang demuestra su habilidad para transformar en historias verosímiles e imaginativas las ideas que quiere explorar, ya se trate de la relación con inteligencias artificiales («El ciclo de la vida de los elementos de software», que es más bien una novela corta) o con máquinas subrobóticas («La niñera automática, patentada por Dacey») o el efecto de reemplazar la memoria por un archivo digital de nuestra vida («La verdad del hecho, la verdad del sentimiento», donde encontramos un curioso paralelismo con el impacto que supuso la escritura en las culturas orales).

La variedad de Exhalación se completa con otros tres temas muy habituales en el género. En el relato homónimo, el más borgiano del conjunto, el autor retrata el final de una civilización que es tan distinta de la humana desde el punto de vista físico como cercana en sus miedos y esperanzas. La dificultad de la comunicación entre especies inteligentes es el eje de la fábula «El gran silencio», un asunto central también en el cuento por el que es más conocido Chiang, «La historia de tu vida», adaptado al cine en 2016 por Denis Villeneuve en «La llegada». Y la conexión entre ciencia y fe articula «Ónfalo», quizás la prueba más deslumbrante de la inventiva de Chiang, capaz de imaginar un mundo en el que los científicos han demostrado que la humanidad es el objeto de la creación y de contarlo a través de las plegarias de otro estupendo personaje femenino.

Acabado el libro, se aprecia mejor otro rasgo esencial de la obra. Desde sus orígenes, la ciencia ficción se ha movido entre dos polos, uno más optimista y volcado hacia la aventura y el ‘sentido de lo maravilloso’ —de Julio Verne a Star Trek— y otro más oscuro y centrado en cuestiones políticas y sociales, desde las distopías de 1984 o Un mundo feliz hasta ejemplos actuales como la serie de televisión Black Mirror.

En esa dinámica, Chiang se sitúa muy cerca del término medio, tan consciente de los peligros que acechan tras cada descubrimiento («Cualquiera que haya malgastado horas navegando en la Red sabe que la tecnología refuerza los malos hábitos», dice uno de sus personajes) como de lo asombroso que es el mundo y el hecho de que podamos entrever sus secretos. «Porque si la duración de un universo es calculable, no lo es la variedad de vida que se genera. Los edificios que hemos levantado, el arte, la música y los versos que hemos compuesto, las vidas que hemos llevado: nada de eso pudo predecirse, porque nada de eso era inevitable», afirma el narrador de otro relato. Una suma de improbabilidades: esa es una definición precisa de libros tan especiales como este.

Exhalación
Ted Chiang
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Editorial Sexto Piso
Madrid, 2020
345 páginas