Ursula K. Le Guin: otros mundos son posibles

Los caminos de la posteridad literaria son inescrutables, pero las señales apuntan a que en ella tiene reservado un puesto de honor la estadounidense Ursula K. Le Guin (1929-2018), considerada uno de los nombres esenciales de la literatura fantástica y de ciencia-ficción de todos los tiempos.

La trayectoria de Le Guin constituye uno de esos raros casos que combinan la popularidad con el respaldo de la crítica y, además, con escasos altibajos. Desde sus inicios, con cada libro fue dinamitando convenciones y explorando asuntos que eran poco habituales y que no han dejado de ganar peso desde entonces en la literatura y el debate público, como el género y la sexualidad (La mano izquierda de la oscuridad) o el colonialismo y la destrucción de la naturaleza (El nombre del mundo es Bosque). Además, el éxito comercial no rebajó su nivel de exigencia literaria e intelectual ni le impidió explorar desde ángulos novedosos los universos que ya había creado, como el del archipiélago de Terramar y el de la federación galáctica de Ekumen, o experimentar con otros tiempos, ya fuera el futuro en ese libro inclasificable que es El eterno regreso a casa o el pasado a través de un personaje de la Eneida de Virgilio en Lavinia.

Esa excelencia le valió infinidad de galardones, incluso fuera de las categorías de la ficción especulativa, un logro extraordinario en Estados Unidos y en cualquier otro país. Su influencia es también enorme, aunque no siempre admitida: Harry Potter es heredero del joven mago de Un mago de Terramar y Avatar se inspira en El nombre del mundo es Bosque, aunque ni J. K. Rowling ni James Cameron hayan reconocido su deuda (Le Guin, por el contrario, se refiere «con alegría» al poso que ha dejado en su imaginación cada uno de los narradores que ha leído).

Además de un manantial constante, el talento de la autora discurrió durante seis décadas por terrenos muy diversos, desde la novela y el cuento a la poesía, el ensayo y la crítica literaria, e incluso escribió libros ilustrados para niños, guiones y traducciones (es particularmente conocida la de Kalpa imperial, de la argentina Angélica Gorodischer, con quien mantuvo además una relación de amistad; se trata de una colección de relatos ambientados en un imperio imaginario que en España publicaron Martínez Roca en el año 1990 —la edición en que yo la leí— y Gigamesh en 2000 y que merecería más reconocimiento).

Imaginar el cambio

Si las novelas de Le Guin han ido apareciendo con regularidad a este lado del Atlántico, los textos de no ficción se han sumado a esta corriente sobre todo en los últimos años. Es el caso de Conversaciones sobre la escritura (Alpha Decay), basado en una serie de charlas que Le Guin mantuvo con su amigo David Naimon poco antes de fallecer; de El idioma de la noche (Gigamesh), su primer libro de ensayos, que estaba inédito en español, y de Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura, la imaginación (Círculo de Tiza).

Este último, en concreto, destaca por su amplitud y variedad y no decepcionará a los interesados en Le Guin, lo fantástico, el proceso creativo y, en general, cualquiera que desee escuchar la voz sabia y cálida de una escritora, pensadora y lectora excepcional (ese timbre se percibe con claridad en la traducción de Martín Schifino). Se publicó en inglés en 2004 y reúne ensayos y charlas de los quince años anteriores, muchos de ellos retocados y actualizados para este volumen. Abarcan desde lo autobiográfico (‘Cuestiones personales’) hasta reflexiones más generales sobre el arte y la cultura (‘Discusiones y opiniones’), aunque la mayor parte se centra en asuntos literarios (‘Lecturas’ y ‘Sobre la escritura’).

Da igual la materia que aborde: su infancia en Berkeley, donde su padre, Alfred L. Kroeber, fundó el Departamento de Antropología de la Universidad de California; los ideales de belleza en nuestra cultura; Los diarios de Adán y Eva de Mark Twain leídos con cincuenta años de diferencia; el desdibujamiento de la frontera entre ficción y no ficción, una tendencia que veía con recelo; la importancia del ritmo en la prosa (el título de la edición original de la colección de ensayos es The Wave in the Mind, una referencia a un pasaje de Virginia Woolf donde compara ese ritmo con una ola «que rompe y se asienta en la mente»)… Le Guin siempre derrocha inteligencia, claridad, un humor que puede ser punzante pero no cruel y, sobre todo, la experiencia de quien ha observado durante muchos años el mundo (y su paso por él) sin anteojeras y con una curiosidad insaciable.

Interior de la biblioteca del Trinity College de Dublín.

Sin abandonar nunca la argumentación sólida y la sutileza, la voz de la escritora adquiere un tono apasionado cuando recuerda a su familia o defiende sus ideales feministas y pacifistas, al denunciar la injusticia y la guerra y en su reivindicación de la fantasía, la lectura y la imaginación. Quizás por ese motivo, si tuviera que escoger mis piezas preferidas, me decantaría por ‘Mis bibliotecas’ —«Una gran biblioteca es la libertad»—, ‘Cosas que en realidad no están presentes’, un homenaje a Jorge Luis Borges que es también una defensa de la universalidad de la literatura fantástica, y ‘«Una guerra sin fin»’, una declaración de principios contra la opresión que avanza planteándose preguntas, elude las simplificaciones morales y reivindica el valor de «una realidad alternativa imaginada pero convincente» para cuestionar y transformar el estado de las cosas.

También por cualquiera de los textos de ‘Sobre la escritura’, que constituyen una lección tras otra sobre la tarea del escritor y la relación con los lectores, expuestas con agudeza, entusiasmo y verdad.

Las normas del mundo inventado deberán respetarse al pie de la letra. Todos los magos, incluidos los escritores, son muy celosos de sus trucos. Cada una de las palabras debe ser la palabra adecuada. Un mago flojo es un mago muerto. Los cultivadores de la fantasía seria adoran la invención, la libertad de inventar, pero saben que la invención descuidada mata la magia. La fantasía se burla descaradamente de los hechos, pero se preocupa por la verdad en un sentido tan profundo como el realismo más crudo y gris.

(Pág. 367)

El viaje interior

Las novelas de Le Guin siguen esa filosofía a rajatabla, y uno de los mejores ejemplos es Los desposeídos, que Minotauro reeditó a finales del año pasado en su colección ‘Esenciales’ (está anunciada su próxima aparición también en la colección ‘Bibliotecas de autor’, junto a otros títulos capitales de la escritora).

La trama de la novela, que se publicó en 1974 y está considerada una de las que contienen más carga política de su trayectoria, alterna dos hilos: los capítulos impares siguen al protagonista, Shevek, por el planeta Urras, donde coexisten regímenes cuyo modelo real es fácil rastrear, desde las democracias parlamentarias a los regímenes totalitarios; los capítulos pares narran la vida anterior del personaje en su planeta natal, Antares, con un sociedad de inspiración anarquista, sin leyes ni gobierno, basada en la libre cooperación y la solidaridad. Shevek es un genio que puede revolucionar la física con una teoría unificada cuyas aplicaciones prácticas transformarían la galaxia, un conocimiento que quiere poner a disposición de todos para que no se convierta en un arma o un privilegio.

El título original completo, The Dispossessed: an ambiguous utopia, es muy revelador de la intención de Le Guin, que huye del maniqueísmo y lo panfletario como de la peste. En Urras son flagrantes la desigualdad, la represión y el consumismo desbocado, pero también abundan la belleza, la creatividad y la riqueza cultural; además, Shevek se sorprende al descubrir que la mayoría de la población no vive en la pobreza. El modelo de Antares, que procede de una revolución, evita la desigualdad y la injusticia, pero bordea siempre la escasez y —como tiende a ocurrir con todo lo establecido— ha acabado esclerotizado por «las convenciones, el moralismo, el miedo al ostracismo social, el miedo a ser distintos, ¡el miedo a la libertad!».

En uno de los textos de Contar es escuchar, la escritora aclara que sus historias «no son advertencias nefastas ni proyectos de lo que deberíamos hacer» y, a propósito de Los desposeídos, señala que en ella exploró de manera más metódica de lo habitual «ciertas permutaciones en el uso del poder, que preferí a las disponibles en el mundo», pero esforzándose tanto en «subvertir» como en «mostrar el ideal de un plan social». La estructura de la novela potencia la comparación entre los dos planetas, revelando tanto los contrastes como los paralelismos en algunos de los campos predilectos de la autora, como la dependencia que genera el poder, los mecanismos psicológicos, el peso de la ideología en las relaciones personales, la posición de la mujer o la construcción de la identidad.

Recreación artística de Próxima b, un planeta que orbita en la zona habitable en torno a Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sistema Solar (ESO/M. Kornmesser)

La exploración de estas cuestiones es uno de los motores de la historia, pero sería inexacto calificarla de novela de tesis, de ideas o social. Nada más lejos de la realidad: si el truco no solo funciona sino que es emocionante y asombroso, un triunfo narrativo y artístico, es porque Le Guin construye un universo entero, coherente y cohesionado, con sus lenguas y tradiciones, paisajes y arquitecturas, historia, mitos, instituciones, moda y cultura.

Además, puebla esos continentes inventados con personajes muy dispares y complejos, empezando por Shevek, que no tiene nada del carácter mesiánico que le podría haber atribuido sino que, por el contrario, puede mostrarse altruista y hasta heroico, pero también obtuso y en alguna ocasión incluso despreciable, y tiene que vencer a sus demonios internos antes de enfrentarse al mal que lo rodea. La historia se cuenta en tercera persona, pero el narrador solo se aleja del punto de vista de Shevek cuando es indispensable para proporcionar información histórica o antropológica —dosificada con bastante habilidad—, lo que acentúa la sensación de que asistimos a un viaje que es físico y también de autoconocimiento y de apertura a los demás.

El encantamiento también surte efecto gracias a la prosa de Le Guin, dúctil y muy atenta al ritmo —hay una escena de un parto que se lee de manera frenética—, exacta en la elección de los detalles, sutil en el análisis de la psicología de los personajes y la complejidad de las relaciones que entablan y evocadora en las descripciones, cargadas de imágenes y metáforas originales y muy plásticas (traducidas con acierto por Matilde Horne, conocida sobre todo por su versión de El Señor de los anillos). De hecho, no se me ocurre mejor invitación a contemplar el cielo nocturno e imaginar los mundos que alberga, tal vez gobernados por esperanzas y miedos muy semejantes a los nuestros, que una cita de esta novela prodigiosa e inolvidable.

Habían salido las estrellas otoñales, increíbles en número y en brillantez, titilando y casi parpadeando a causa del polvo levantado por el terremoto y el viento, y el cielo entero parecía temblar, un centelleo de briznas de diamante, un chisporroteo de sol sobre un mar de tinieblas.

(Pág. 384)

Contar es escuchar
Ursula K. Le Guin
Traducción de Martín Schifino
Círculo de Tiza
Barcelona, Primera edición: enero de 2018 (Sexta edición: agosto de 2020)
402 páginas

Los desposeídos
Ursula K. Le Guin
Traducción de Matilde Horne
Minotauro (Minotauro Esenciales)
Barcelona, 2020
464 páginas

Voces del pasado, guías para el presente

La reivindicación del papel de los clásicos y las humanidades, en especial si se aspira a una educación plena y auténtica, es una constante en las últimas décadas y, desde el punto de vista editorial, casi un subgénero. Nombres tan conocidos como George Steiner o Harold Bloom batallaron en su defensa una y otra vez, y un libro tan sorprendentemente popular como El infinito en un junco de Irene Vallejo no es ajeno a ese espíritu.

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal de Nuccio Ordine (Diamante, 1958) es otro alegato en favor de los grandes maestros de todos los tiempos —en los agradecimientos se cita precisamente a Steiner—, pero con un enfoque original y particularmente atractivo.

Ordine, profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Calabria, publicó entre 2014 y 2015 en el semanario «Sette», del Corriere della Sera, una selección de los fragmentos de obras clásicas leídos a sus estudiantes a lo largo de los años, acompañando cada cita con unas breves notas destinadas a subrayar algún aspecto concreto de ese texto. El objetivo, como aclara en la introducción, era simplemente homenajear a esos autores y estimular la curiosidad del lector para animarlo a conocer las obras en su integridad. Los textos se compilaron en el volumen Classici per la vita, traducido por Jordi Bayod para esta versión de Acantilado —con el cuidado al que esta editorial nos tiene acostumbrados— que ya alcanza su quinta reimpresión.

En total son cincuenta los clásicos citados, en su lengua original y en español, y Ordine solo necesita una página para contextualizar cada fragmento, glosarlo y, a menudo, conectarlo con alguna de esas cuestiones que son tan actuales como intemporales, desde la avaricia y la corrupción hasta la violencia contra las mujeres o el fanatismo religioso.

Entre los autores seleccionados, abundan, como es lógico, los grecolatinos y los italianos (de Homero a Plauto, de Boccaccio a Calvino), pero otras muchas lenguas están representadas por figuras tan diversas como Yourcenar, Shakespeare, Mann, Borges, Zweig, Hikmet, Cavafis o Milosz. Es muy difícil encerrar en una cita el espíritu o el aire de una obra completa —funciona mejor en el caso de la poesía—, pero los fragmentos son siempre sugestivos. Además, en sus comentarios, Ordine consigue ser accesible sin caer en la banalidad y transmite todo su entusiasmo desde el rigor filológico e intelectual.

El resultado es una invitación convincente a emprender por fin esa lectura que uno lleva tanto tiempo postergando o a investigar sobre cierto autor desconocido (¿cuántos saben, fuera del estrecho círculo de los especialistas, de la existencia de Rutilio Namaciano?) o, incluso, a releer un título en busca de nuevos sentidos y matices.

Tres sugerencias que me han interesado especialmente son la estremecedora narración sobre Auschwitz de Primo Levi en Si esto es un hombre, las reflexiones de Montaigne en sus Ensayos sobre cómo atribuimos a la naturaleza lo que procede de la costumbre y, por último, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe, cuyo joven protagonista descubre a través de un viaje de formación la utilidad de lo inútil —que es justamente el título de la obra más conocida de Ordine, publicada en español también por Acantilado—.

El arte de vivir

Tan interesante como la selección de lecturas es la introducción del libro, con un título muy revelador: «Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos».

En menos de cuarenta páginas, Ordine desarrolla e ilustra con su experiencia docente dos ideas básicas. En primer lugar, que las grandes obras literarias o filosóficas son una fuente de placer, un vehículo para entendernos a nosotros y al mundo, «una manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro» y un estímulo para la construcción de una conciencia civil. La segunda tesis es que la función esencial de la escuela y la universidad debe ser «formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma». La enseñanza precisa, por tanto, de los clásicos, pero Ordine destaca que estos necesitan igualmente a la escuela y la universidad para tener un futuro «próspero y vital».

Ordine apunta otras muchas cuestiones de enorme interés en los debates recurrentes en España y otros países sobre el modelo educativo, como el peligro de orientar la formación exclusivamente hacia el mundo laboral, la conexión entre las disciplinas humanísticas —y el arte en general— con la creatividad, o el error que supone restringir los objetivos de la enseñanza a la simple superación de las pruebas evaluadoras.

En el centro de sus reflexiones se encuentra siempre la figura del profesor, cuya tarea exige formación y entrega a partes iguales; el apartado que Ordine dedica a la relación entre Albert Camus y el maestro de Argel que cambió su vida, Louis Germain, es tan ilustrativo como emocionante.

Por eso, cada vez estoy más convencido de que la buena escuela no la hacen ni las tablets en cada pupitre, ni la pizarra conectada a Internet, ni el director con ínfulas de manager. La buena escuela la hacen ante todo los buenos profesores. Sin embargo, la política inversora va en otra dirección: en Italia, las escuelas públicas se caen a pedazos, y el dinero que se dedica a formar óptimos profesores es irrisorio.

Pág. 22

Siguiendo el hilo de los aforismos de Nietzsche reunidos en Aurora (1881), el profesor también defiende con agudeza y pasión que el conocimiento profundo, el que va más allá de los lugares comunes y la ortodoxia dominante, exige tiempo, dedicación y esfuerzo.

De la misma manera, en las aulas de un instituto o de un centro universitario, un estudiante debería poder aprender que —contrariamente a lo que predican los gurús de la velocidad y de la hegemonía del fast en cualquier ámbito de nuestra vida— el aprendizaje requiere lentitud, reflexión, silencio, recogimiento.

Pág. 38

Los clásicos tienen mucho que decirnos sobre el arte de vivir, y estas páginas tan sustanciosas Ordine nos invita a escuchar sus voces para que dialoguemos con ellos hoy y para que seamos más libres, justos y sabios, como individuos y como sociedad, en el futuro.

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal
Nuccio Ordine
Traducción de Jordi Bayod
Acantilado (El Acantilado, 356)
Barcelona, 2017 (Tercera reimpresión: diciembre de 2018)
192 páginas

Del tren al canon: la cultura que unió a Europa

La Europa del siglo XIX puede resumirse en el tren que, cargado de dignatarios y celebridades, inauguró la línea ferroviaria París-Bruselas el 13 de junio de 1846 a la entonces asombrosa velocidad de treinta kilómetros por hora. O en el que, treinta seis años más tarde, llevó desde la capital francesa hasta San Petersburgo el féretro del más europeo de los escritores rusos de la época. O en cualquiera de los que, a lo largo de esa centuria, atravesaron el continente transportando en sus vagones a burgueses y artistas, reproducciones de cuadros y partituras, intelectuales, aristócratas, turistas, libros y periódicos, exiliados.

De un extremo a otro de esa Europa nos conduce el historiador Orlando Figes (Londres, 1959) durante más de seiscientas páginas en Los europeos (Taurus, 2020). Terminar el libro es como volver de un viaje trepidante en el que uno no solo ha visto multitud de lugares y gentes, sino que se ha impregnado del espíritu de una época de la que aún somos deudores y ha entendido mejor los enormes cambios que se concentraron en unas pocas décadas.

Como el autor explica en la introducción, en Europa ya había existido una cultura internacional entre las élites al menos desde el Renacimiento, pero fue en el siglo XIX cuando se creó una cultura de masas a escala continental debido a las transformaciones tecnológicas y económicas, del ferrocarril y el auge del sistema de libre mercado a la invención de la impresión litográfica y la fotografía. Europa se fue convirtiendo en un espacio supranacional de circulación de ideas y obras de arte y se estableció un «canon europeo», lo que explica que:

(…) en torno a 1900, en todo el continente se estuvieran leyendo los mismos libros, haciendo reproducciones de los mismos cuadros, tocando la misma música en los hogares o escuchándola en las salas de conciertos e interpretando las mismas óperas en todos los teatros más importantes de Europa.

(Pág. 26)

El texto sintetiza conocimientos de una amplitud enciclopédica (las notas ocupan casi setenta páginas y, en el apartado de los agradecimientos, aparecen citadas decenas de personas) y aborda con claridad y rigor asuntos tan variados como la transformación urbanística de las capitales europeas siguiendo el modelo del París de Napoleón III, las traducciones, el funcionamiento de la industria litográfica, la vida en los balnearios, las primeras guías turísticas, el negocio de la ópera, las novelas por entregas o la organización de los museos, por citar solo algunos.

Pero si Los europeos se lee con tanto interés no es por este caudal de información —de hecho, las partes en que se acumulan datos, fechas y nombres son las menos ágiles —, sino porque Figes lo entreteje hábilmente con escenas históricas y estampas y detalles de la vida cotidiana. El multitudinario funeral de Frédéric Chopin, los conciertos en los cafés parisinos o la Gran Exposición de Londres en 1851 son solo algunos ejemplos del talento del autor para la narración vívida y evocadora, a la que contribuyen los dibujos, grabados, fotografías y óleos que ilustran el volumen.

Con todo, el mayor acierto del ensayo —cuyo subtítulo es Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita— radica en su hilo conductor, un trío de figuras históricas que mantuvieron durante cuarenta años una relación nada convencional: Pauline Viardot (1821-1910), una de las cantantes de ópera más famosas de la época; su marido, Louis Viardot (1800-1883), experto en arte, gestor teatral y periodista, y el escritor Iván Turguénev (1818-1883), enamorado (y casi con total seguridad amante) de Pauline, además de vecino, inquilino o huésped del matrimonio, según las épocas.

Si su relación es fascinante, no lo es menos la personalidad y la biografía de cada uno: la vida de Pauline, de origen español, está a medio camino entre la truculencia de un folletín y las grandes pasiones de una de las óperas con las que conquistó los teatros del continente; Louis ejemplifica la lucha por los ideales republicanos y democráticos, las nuevas formas de gestión cultural y el creciente interés por lo español (llegó a traducir el Quijote al francés); Turguénev es el intermediario entre Rusia y Occidente y el modelo del artista capaz de echar raíces en los destinos más dispares sin romper los lazos con su país de origen, aunque sus críticos le acusaran a menudo de haberse convertido en un extranjero (Figes es conocido especialmente por sus obras sobre la historia de Rusia y la Unión Soviética, y en ese terreno se mueve con especial soltura).

Siguiendo los continuos viajes y la intensa vida social de estas tres figuras, recorremos Europa y vemos desfilar a muchos de los nombres fundamentales de la cultura europea del momento, de Rossini y Delacroix a los Strauss y los pintores impresionistas, de Dickens y George Sand a Dostoiesvski y Zola. Figes es capaz de retratarlos con unas pocas pinceladas, mostrando tanto su carácter y sus logros artísticos como sus sombras (el antisemitismo feroz de Wagner, por ejemplo, que compartía con muchos contemporáneos).

Con estos mimbres tan heterogéneos, el autor elabora un fresco amplio y equilibrado de la naciente cultura europea (que define como el «primer periodo de la globalización»), con especial atención a las formas de arte vinculadas a la reproducción mercantil: la literatura, la pintura y la música. Una de las conclusiones más llamativas que pueden extraerse del texto es la pervivencia de muchos de los cambios y fenómenos que describe: las técnicas de promoción, la lucha contra la piratería, los prejuicios contra el papel de la mujer en ámbitos como la composición musical, la adopción de estilos internacionales, la división entre la música comercial y la considerada ‘seria’… La lista sería interminable.

En el epílogo de la obra, el autor recuerda que la apertura de los países a las corrientes internacionales y cosmopolitas se vio acompañada a menudo por una reacción nacionalista en el ámbito de las artes y la política. La idea de una identidad cultural distintiva de toda Europa se quebró con la I Guerra Mundial, resurgió bajo una forma liberal y humanista en el periodo de entreguerras y volvió a saltar por los aires en 1939.

Casi todos los grandes avances de la civilización —sostiene el historiador— se han producido «cuando las personas, las ideas y las creaciones artísticas han circulado libremente entre las naciones». Una afirmación que en los últimos años muchos no han compartido, como se constató en el referéndum del Brexit. Precisamente tras el resultado favorable a la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Figes reclamó la nacionalidad alemana a la que tenía derecho como descendiente de judíos que se refugiaron en Inglaterra de la persecución de los nazis.

Espero que el libro sirva como un recordatorio de la potencia de unión que tiene la civilización europea, y que las naciones del continente corren gran riesgo al ignorar.

(Página 608)

El hecho de que alguien que conoce a fondo el pasado del continente confíe en las ventajas de la Unión Europea no parece una mala señal sobre el futuro de este proyecto en construcción.

Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita
Orlando Figes
Traducción de María Serrano
Taurus
Primera edición: junio de 2020
672 páginas