Vitalidad del cuento

Aunque hace mucho que superó la consideración de género menor, el relato sigue sin rivalizar con la novela ni en el interés de los lectores ni en el volumen de títulos publicados. Esto es particularmente cierto en un país como España, donde las grandes editoriales centran su atención en los cuentos de autores clásicos —aunque pueden citarse excepciones tan destacadas como la de José María Merino, cuya última antología conjuga maestría y atrevimiento— y apenas existen sellos especializados en las narraciones breves de ficción (Páginas de espuma sería una de las referencias ineludibles en este campo).

Es una lástima porque, al margen de preferencias personales, es un género que encaja a la perfección con el gusto contemporáneo por la rapidez y la intensidad. Otra gran virtud del cuento: puede servir como un puente para cubrir la distancia, para muchos adolescentes insalvable, entre las historias infantiles y las novelas de largo aliento.

El relato merecería también más repercusión porque es uno de los cauces más creativos de la literatura actual, tal vez porque un público minoritario facilita alejarse de las modas y la presión comercial. No atribuyo a la casualidad que cinco de mis lecturas más satisfactorias de los últimos meses correspondan a volúmenes de narraciones breves publicados en España en 2020 y 2021.

En todos los casos se trata, curiosamente, de la primera colección de cuentos de sus autores, que hasta entonces habían publicado relatos sueltos o habían participado en antologías colectivas. Otra coincidencia es que los cinco escritores nacieron a lo largo de la década de los ochenta. Pero sobre todo comparten virtudes literarias: la habilidad de crear mundos coherentes a través de una imaginación muy personal, el abordaje de la realidad contemporánea desde enfoques que trascienden el realismo romo, el dominio del lenguaje y del ritmo, y el empeño en aventurarse más allá de los asuntos y las tramas que dominan las listas de los libros más vendidos. Son solo un puñado de ejemplos —podrían añadirse otros muchos nombres, como los de Liliana Colanzi o Alejandro Morellón— de la buena salud del cuento a este y a otro lado del Atlántico.

Nada más fantástico que la realidad

Cubierta de Los desperfectos, con ilustración de Gina Harster.

Las cualidades de este grupo de autores se aprecian en el premiado Los desperfectos de Irene Pujadas (San Just Desvern, Barcelona, 1990), editado por Hurtado & Ortega con traducción del catalán de Inga Pellisa. En los veintiún textos breves del volumen, Pujadas parte a menudo de situaciones y escenarios reconocibles —una visita al dentista, cementerios, encuentros casuales, una plaga de moscas…— y los desplaza hacia el humor irreverente y la ironía, el fatalismo, lo fantástico o esa clase de extravagancia que provoca sonrisas pero también una ligera incomodidad. (También hay algún texto más sentimental que, sin ser de menor calidad, suena como un verso suelto).

La escritora sabe dar a cada historia la extensión justa, combina con gracia lo coloquial y lo culto y se atreve a ensayar esquemas formales y puntos de vista muy diversos.

En ‘La malnacida’, por ejemplo, un año fatídico se resume a través de viñetas que conforman una estructura circular; ‘Entrevista en el periódico local a raíz de un reportaje en un periódico nacional’ alterna ambos textos para satirizar cierto tipo de turismo —aunque la sátira, cómo no, incluye un giro inesperado—; ‘Los consejos’ está contada en segunda persona del singular; ‘El cuerpo caliente’, por un espíritu, y ‘Retrospectiva’ es una entrada de blog (tan imaginativa y ocurrente como cargada de reflexiones incisivas sobre la escritura).

Por la tarde me volví a la ciudad. Llevaba el estómago lleno y una bolsa de plástico con pasta, latas de atún y botes de tomate. Dios te cuida y te vigila, me había dicho mamá, y me había despedido con la mano. Y me lo planteé, pero sé que he perdido la oportunidad, porque ese Dios no es mío y, además, no es idiota.

‘Las formas de Dios’, pág. 74

Humor, surrealismo y metafísica

Cubierta de Lo malo de una isla desierta, con imagen de Tere Susmozas y fotografía de Kike Costas.

El humor es igualmente una constante en los dieciséis cuentos de Lo malo de una isla desierta de Javier Echalecu (Madrid, 1981), publicado por Editorial Pre-textos, en este caso aderezado con una combinación muy original de poesía, surrealismo y metafísica. Unos ingredientes que Echalecu, también traductor, logra fusionar gracias a la coherencia de la obra y la flexibilidad de la voz narrativa, que se mueve con soltura entre la confesión desenfadada, el apunte filosófico y el fogonazo lírico.

Ya el primer relato, ‘Llamadas de emergencia’, nos sumerge en este universo singular: al llegar a casa, una pareja descubre que una de las habitaciones (en concreto, la sala de estar) ha desaparecido; a Echalecu no le interesa la explicación del prodigio, sino las situaciones absurdas que ocasiona y cómo altera la imagen que la pareja tiene de sí misma y del mundo. De un modo similar, la épica y lo ridículo conviven en ‘Leónidas Gagarin, cosmonauta’; los protagonistas de ‘Metonimia’, ‘Adverbios en mente’ y ‘Al sur del Polo Sur’ están dominados por ideas estrafalarias que obedecen, sin embargo, a una impecable lógica interna —en contrapartida, los personajes son un tanto planos e intercambiables—; en el texto más largo, ‘Amor androide’, un fracaso amoroso ubicado en un escenario de ciencia ficción desemboca en crisis existencial; el mito revela su impostura al ser recreado en el mundo de las redes sociales (‘Sísifo desencantado’).

La emoción que fluye contenida, una especie de angustia serena, se expande hacia el final del volumen, especialmente en los dos últimos relatos, donde se explora la idea del tiempo detenido (o, para ser más exactos, expandido). A la manera de Nabokov, la conciencia de la fugacidad de la vida y la belleza no arrastra a Echalecu a una melancolía paralizante, sino que espolea su imaginación para proyectar variaciones más satisfactorias —aunque de ninguna manera idílicas— de la realidad.

Imagino que tarde tras tarde buscarán temas de conversación con los que matar el tiempo, y seguirán inmóviles en esa felicidad, si es que la felicidad puede ser inmóvil. Será como una jaula, sí, pero a veces sólo se trata de escoger la mejor jaula.

‘Imagen del futuro’, pág. 144

Alucinaciones certeras

Cubierta de Las voladoras, con ilustración de Marcela Ribadeneira.

Mitos andinos, oscuros secretos familiares, violencia, sangre —mucha sangre—, deseos enfermizos, apariciones, paisajes apocalípticos… Con estos materiales ha compuesto Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) los ocho cuentos de Las voladoras (Páginas de espuma), impactantes por las historias que cuentan y, sobre todo, por la forma en que la escritora exprime las posibilidades expresivas del lenguaje y por las imágenes descarnadas y poderosas que utiliza.

Tras leer unas pocas líneas, uno se ve arrastrado por la fuerza torrencial del estilo de Ojeda y por el extraño atractivo de unos personajes que podrían pertenecer a una película de David Lynch o David Cronenberg que transcurriera en Quito o La Paz o Cuzco. La atmósfera febril y hasta alucinatoria que emana de cada una de las páginas induce a creer que se escribieron en una especie de trance. Al contrario: no hay nada casual o gratuito en esta belleza retorcida, en estos hachazos que se clavan justo en la diana elegida.

En ‘Caninos’, por ejemplo, la claves de la historia se dosifican con mucha habilidad para sumergirnos poco a poco en un mundo malsano que de otro modo resultaría demasiado truculento. En ‘Soroche’, la narración avanza a través de cuatro voces femeninas que revelan el talento de Ojeda tanto para la caracterización como para la sátira social —un registro que me habría encantado encontrar más a menudo en el libro—. Y la atención prestada a los patrones rítmicos y a las metáforas acercan ‘Terremoto’ al poema en prosa en el que cada palabra está medida (Ojeda es autora también de dos libros de poesía, aunque es conocida sobre todo por sus novelas Nefando y Mandíbula).

Hija guardaba la dentadura de Papi como si fuera un cadáver, es decir, con amor sacro de ultratumba: seco en los colmillos, sonoro en las mordidas, desplazándose por los rincones de la casa igual que un fantasma de encías rojas.

‘Caninos’, pág. 45

La memoria no es un juego inocente

Cubierta de Los juguetes que tuvimos.

La poesía impregna también los dieciséis relatos de Los juguetes que tuvimos (Niña Loba) de Alejandro Molina Bravo (Madrid, 1987), a quien conocí a través de sus hilos sobre arte en Twitter. Molina Bravo —que cuenta con una novela anterior: Los días—comparte con Ojeda el afán de exactitud frente a los clichés, la búsqueda de metáforas no usadas, pero aquí el tono es muy distinto, como lo es el corazón de este libro: la infancia, observada no con la nostalgia con que se recuerda un paraíso clausurado, sino con la actitud meditativa de quien entrevé en los recuerdos de la niñez y la adolescencia temprana indicios del adulto en que se ha convertido.

Durante la primera lectura, predomina la impresión de heterogeneidad, en parte porque el orden de los textos no obedece a un criterio evidente. Se mezclan imágenes fugaces (‘Recuerdo de niñez’), escenas simbólicas (‘Epifanía’, ‘Las tortuguitas’), rituales y ceremonias —el cortazariano ‘Instrucciones para atarse los zapatos’ destaca en esta parcela—, incursiones en lo fantástico (‘Una niña’) y narraciones que abarcan décadas, como el relato que da título al libro o ‘El juego’, quizás el que mejor sintetiza la destreza del autor con los ritmos y las estructuras, en particular con el arranque y el cierre de los textos.

Esa variedad acaba cobrando sentido gracias a que en los cuentos se repiten motivos y obsesiones, como notas cada vez más reconocibles: la pérdida y la transformación, las trampas de la memoria, las revelaciones que no se comprenden plenamente hasta muchos años después. Siguiendo con la metáfora musical, la entonación también unifica las historias. El autor no rehúye lo emotivo, pero tampoco permite que se desboque; lo confesional se cubre con un velo de discreción; lo feliz y lo terrible se narran con una naturalidad que es sobria y precisa y está salpicada de imágenes y detalles muy expresivos («las mesas largas y brillantes y vacías como ataúdes en el mar»).

Jugábamos sin ver lo perverso del juego. Me excitaba el ansia previa a los disparos, y la rabia y el odio que se me desbordaban al morir, escapando de mí como la sangre. Me sentía orgulloso de mi odio. Y sentía también otra cosa, que aun hoy en este momento último me cuesta admitir, y de la cual también los culpo, os culpo: el placer oscuro de la humillación.

‘El juego’, pág. 20

Un espejo severo

Cubierta de La vida privada de los héroes, con imagen de Enrique Barrio Buceta.

De entrada, el libro de Daniel Jiménez (Madrid, 1981) podría parecer el más comercial de los cinco. En efecto, La vida privada de los héroes (Galaxia Gutenberg) tiene algo de retrato de la generación del autor, y muchos lectores se reconocerán en la inestabilidad laboral y sentimental de sus personajes, en esas amistades socavadas (aunque no destruidas) por el tiempo y las obligaciones, en el intento desesperado de huir de la rutina viajando, consumiendo, redecorando —una de las historias se titula ‘Paloma lo prueba todo’—, en los paisajes urbanos y hasta los diálogos.

Pero las narraciones breves de Jiménez (que este año ha recibido muchos elogios por su tercera novela, El plagio) descolocarán a quienes busquen un reflejo favorecedor, una crónica sentimental, un análisis sociológico o un panfleto político. El autor lo apuesta todo a la literatura y enfrenta al lector con personajes complejos y no particularmente virtuosos que corren cada vez más deprisa hacia no saben dónde y con un estilo de engañosa sencillez, telegráfico unas veces (‘Alfonso llega más tarde de lo previsto’), caudaloso otras (‘Borja y Alberto montan un bar restaurante’), de una mordacidad sutil casi siempre.

Tampoco es convencional la estructura del libro, que se divide en cinco secciones. Las dos primeras y las dos últimas están compuestas cada una por diez cuentos, variaciones de argumentos sobre la pareja, la familia, los amigos, el paso de la juventud a la madurez, el fracaso y los nuevos comienzos. A esa composición polifónica se suma la parte central, un inventario de vidas al margen del sistema ubicadas en cien lugares concretos de Madrid, un contrapunto que quizás es un poco prolijo pero amplía el foco de la obra y, además, revela el don de Jiménez para la observación y los detalles significativos.

Ahora sí, Beatriz está feliz, satisfecha. Se queda de pie en medio del cuarto, echa un vistazo a su alrededor y por un momento duda. ¿Y ahora qué? Todo esto, el orden, la comodidad, el estilo, el diseño y el dinero y el tiempo invertidos, ¿para qué? Y, sobre todo, ¿para quién?
Para mí misma, se dice Beatriz orgullosa y conmovida. ¿Es que no basta con eso?

‘Beatriz se procura un placer diferente cada día’, pág. 111

Los desperfectos
Irene Pujadas
Traducción de Inga Pellisa
Hurtado & Ortega Editores
Barcelona, primera edición: abril de 2021
162 páginas

Lo malo de una isla desierta
Javier Echalecu
Editorial Pre-Textos
Valencia, primera edición: marzo de 2021
152 páginas

Las voladoras
Mónica Ojeda
Páginas de espuma
Madrid, primera edición: octubre de 2020
128 páginas

Los juguetes que tuvimos
Alejandro Molina Bravo
Editorial Niña Loba
Primera edición: marzo de 2021
132 páginas

La vida privada de los héroes
Daniel Jiménez
Galaxia Gutenberg
Barcelona, primera edición: junio de 2020
184 páginas

Ursula K. Le Guin: otros mundos son posibles

Los caminos de la posteridad literaria son inescrutables, pero las señales apuntan a que en ella tiene reservado un puesto de honor la estadounidense Ursula K. Le Guin (1929-2018), considerada uno de los nombres esenciales de la literatura fantástica y de ciencia-ficción de todos los tiempos.

La trayectoria de Le Guin constituye uno de esos raros casos que combinan la popularidad con el respaldo de la crítica y, además, con escasos altibajos. Desde sus inicios, con cada libro fue dinamitando convenciones y explorando asuntos que eran poco habituales y que no han dejado de ganar peso desde entonces en la literatura y el debate público, como el género y la sexualidad (La mano izquierda de la oscuridad) o el colonialismo y la destrucción de la naturaleza (El nombre del mundo es Bosque). Además, el éxito comercial no rebajó su nivel de exigencia literaria e intelectual ni le impidió explorar desde ángulos novedosos los universos que ya había creado, como el del archipiélago de Terramar y el de la federación galáctica de Ekumen, o experimentar con otros tiempos, ya fuera el futuro en ese libro inclasificable que es El eterno regreso a casa o el pasado a través de un personaje de la Eneida de Virgilio en Lavinia.

Esa excelencia le valió infinidad de galardones, incluso fuera de las categorías de la ficción especulativa, un logro extraordinario en Estados Unidos y en cualquier otro país. Su influencia es también enorme, aunque no siempre admitida: Harry Potter es heredero del joven mago de Un mago de Terramar y Avatar se inspira en El nombre del mundo es Bosque, aunque ni J. K. Rowling ni James Cameron hayan reconocido su deuda (Le Guin, por el contrario, se refiere «con alegría» al poso que ha dejado en su imaginación cada uno de los narradores que ha leído).

Además de un manantial constante, el talento de la autora discurrió durante seis décadas por terrenos muy diversos, desde la novela y el cuento a la poesía, el ensayo y la crítica literaria, e incluso escribió libros ilustrados para niños, guiones y traducciones (es particularmente conocida la de Kalpa imperial, de la argentina Angélica Gorodischer, con quien mantuvo además una relación de amistad; se trata de una colección de relatos ambientados en un imperio imaginario que en España publicaron Martínez Roca en el año 1990 —la edición en que yo la leí— y Gigamesh en 2000 y que merecería más reconocimiento).

Imaginar el cambio

Si las novelas de Le Guin han ido apareciendo con regularidad a este lado del Atlántico, los textos de no ficción se han sumado a esta corriente sobre todo en los últimos años. Es el caso de Conversaciones sobre la escritura (Alpha Decay), basado en una serie de charlas que Le Guin mantuvo con su amigo David Naimon poco antes de fallecer; de El idioma de la noche (Gigamesh), su primer libro de ensayos, que estaba inédito en español, y de Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura, la imaginación (Círculo de Tiza).

Este último, en concreto, destaca por su amplitud y variedad y no decepcionará a los interesados en Le Guin, lo fantástico, el proceso creativo y, en general, cualquiera que desee escuchar la voz sabia y cálida de una escritora, pensadora y lectora excepcional (ese timbre se percibe con claridad en la traducción de Martín Schifino). Se publicó en inglés en 2004 y reúne ensayos y charlas de los quince años anteriores, muchos de ellos retocados y actualizados para este volumen. Abarcan desde lo autobiográfico (‘Cuestiones personales’) hasta reflexiones más generales sobre el arte y la cultura (‘Discusiones y opiniones’), aunque la mayor parte se centra en asuntos literarios (‘Lecturas’ y ‘Sobre la escritura’).

Da igual la materia que aborde: su infancia en Berkeley, donde su padre, Alfred L. Kroeber, fundó el Departamento de Antropología de la Universidad de California; los ideales de belleza en nuestra cultura; Los diarios de Adán y Eva de Mark Twain leídos con cincuenta años de diferencia; el desdibujamiento de la frontera entre ficción y no ficción, una tendencia que veía con recelo; la importancia del ritmo en la prosa (el título de la edición original de la colección de ensayos es The Wave in the Mind, una referencia a un pasaje de Virginia Woolf donde compara ese ritmo con una ola «que rompe y se asienta en la mente»)… Le Guin siempre derrocha inteligencia, claridad, un humor que puede ser punzante pero no cruel y, sobre todo, la experiencia de quien ha observado durante muchos años el mundo (y su paso por él) sin anteojeras y con una curiosidad insaciable.

Interior de la biblioteca del Trinity College de Dublín.

Sin abandonar nunca la argumentación sólida y la sutileza, la voz de la escritora adquiere un tono apasionado cuando recuerda a su familia o defiende sus ideales feministas y pacifistas, al denunciar la injusticia y la guerra y en su reivindicación de la fantasía, la lectura y la imaginación. Quizás por ese motivo, si tuviera que escoger mis piezas preferidas, me decantaría por ‘Mis bibliotecas’ —«Una gran biblioteca es la libertad»—, ‘Cosas que en realidad no están presentes’, un homenaje a Jorge Luis Borges que es también una defensa de la universalidad de la literatura fantástica, y ‘«Una guerra sin fin»’, una declaración de principios contra la opresión que avanza planteándose preguntas, elude las simplificaciones morales y reivindica el valor de «una realidad alternativa imaginada pero convincente» para cuestionar y transformar el estado de las cosas.

También por cualquiera de los textos de ‘Sobre la escritura’, que constituyen una lección tras otra sobre la tarea del escritor y la relación con los lectores, expuestas con agudeza, entusiasmo y verdad.

Las normas del mundo inventado deberán respetarse al pie de la letra. Todos los magos, incluidos los escritores, son muy celosos de sus trucos. Cada una de las palabras debe ser la palabra adecuada. Un mago flojo es un mago muerto. Los cultivadores de la fantasía seria adoran la invención, la libertad de inventar, pero saben que la invención descuidada mata la magia. La fantasía se burla descaradamente de los hechos, pero se preocupa por la verdad en un sentido tan profundo como el realismo más crudo y gris.

(Pág. 367)

El viaje interior

Las novelas de Le Guin siguen esa filosofía a rajatabla, y uno de los mejores ejemplos es Los desposeídos, que Minotauro reeditó a finales del año pasado en su colección ‘Esenciales’ (está anunciada su próxima aparición también en la colección ‘Bibliotecas de autor’, junto a otros títulos capitales de la escritora).

La trama de la novela, que se publicó en 1974 y está considerada una de las que contienen más carga política de su trayectoria, alterna dos hilos: los capítulos impares siguen al protagonista, Shevek, por el planeta Urras, donde coexisten regímenes cuyo modelo real es fácil rastrear, desde las democracias parlamentarias a los regímenes totalitarios; los capítulos pares narran la vida anterior del personaje en su planeta natal, Antares, con un sociedad de inspiración anarquista, sin leyes ni gobierno, basada en la libre cooperación y la solidaridad. Shevek es un genio que puede revolucionar la física con una teoría unificada cuyas aplicaciones prácticas transformarían la galaxia, un conocimiento que quiere poner a disposición de todos para que no se convierta en un arma o un privilegio.

El título original completo, The Dispossessed: an ambiguous utopia, es muy revelador de la intención de Le Guin, que huye del maniqueísmo y lo panfletario como de la peste. En Urras son flagrantes la desigualdad, la represión y el consumismo desbocado, pero también abundan la belleza, la creatividad y la riqueza cultural; además, Shevek se sorprende al descubrir que la mayoría de la población no vive en la pobreza. El modelo de Antares, que procede de una revolución, evita la desigualdad y la injusticia, pero bordea siempre la escasez y —como tiende a ocurrir con todo lo establecido— ha acabado esclerotizado por «las convenciones, el moralismo, el miedo al ostracismo social, el miedo a ser distintos, ¡el miedo a la libertad!».

En uno de los textos de Contar es escuchar, la escritora aclara que sus historias «no son advertencias nefastas ni proyectos de lo que deberíamos hacer» y, a propósito de Los desposeídos, señala que en ella exploró de manera más metódica de lo habitual «ciertas permutaciones en el uso del poder, que preferí a las disponibles en el mundo», pero esforzándose tanto en «subvertir» como en «mostrar el ideal de un plan social». La estructura de la novela potencia la comparación entre los dos planetas, revelando tanto los contrastes como los paralelismos en algunos de los campos predilectos de la autora, como la dependencia que genera el poder, los mecanismos psicológicos, el peso de la ideología en las relaciones personales, la posición de la mujer o la construcción de la identidad.

Recreación artística de Próxima b, un planeta que orbita en la zona habitable en torno a Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sistema Solar (ESO/M. Kornmesser)

La exploración de estas cuestiones es uno de los motores de la historia, pero sería inexacto calificarla de novela de tesis, de ideas o social. Nada más lejos de la realidad: si el truco no solo funciona sino que es emocionante y asombroso, un triunfo narrativo y artístico, es porque Le Guin construye un universo entero, coherente y cohesionado, con sus lenguas y tradiciones, paisajes y arquitecturas, historia, mitos, instituciones, moda y cultura.

Además, puebla esos continentes inventados con personajes muy dispares y complejos, empezando por Shevek, que no tiene nada del carácter mesiánico que le podría haber atribuido sino que, por el contrario, puede mostrarse altruista y hasta heroico, pero también obtuso y en alguna ocasión incluso despreciable, y tiene que vencer a sus demonios internos antes de enfrentarse al mal que lo rodea. La historia se cuenta en tercera persona, pero el narrador solo se aleja del punto de vista de Shevek cuando es indispensable para proporcionar información histórica o antropológica —dosificada con bastante habilidad—, lo que acentúa la sensación de que asistimos a un viaje que es físico y también de autoconocimiento y de apertura a los demás.

El encantamiento también surte efecto gracias a la prosa de Le Guin, dúctil y muy atenta al ritmo —hay una escena de un parto que se lee de manera frenética—, exacta en la elección de los detalles, sutil en el análisis de la psicología de los personajes y la complejidad de las relaciones que entablan y evocadora en las descripciones, cargadas de imágenes y metáforas originales y muy plásticas (traducidas con acierto por Matilde Horne, conocida sobre todo por su versión de El Señor de los anillos). De hecho, no se me ocurre mejor invitación a contemplar el cielo nocturno e imaginar los mundos que alberga, tal vez gobernados por esperanzas y miedos muy semejantes a los nuestros, que una cita de esta novela prodigiosa e inolvidable.

Habían salido las estrellas otoñales, increíbles en número y en brillantez, titilando y casi parpadeando a causa del polvo levantado por el terremoto y el viento, y el cielo entero parecía temblar, un centelleo de briznas de diamante, un chisporroteo de sol sobre un mar de tinieblas.

(Pág. 384)

Contar es escuchar
Ursula K. Le Guin
Traducción de Martín Schifino
Círculo de Tiza
Barcelona, Primera edición: enero de 2018 (Sexta edición: agosto de 2020)
402 páginas

Los desposeídos
Ursula K. Le Guin
Traducción de Matilde Horne
Minotauro (Minotauro Esenciales)
Barcelona, 2020
464 páginas

Ese insólito don

El amor por la literatura no es una competición, pero si lo fuera, en lo más alto del podio habría que reservarle un lugar a Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, Brasil, 1942), un escritor muy popular en su época gracias a sus novelas y relatos y sus obras de carácter histórico, y también un lector cultivado y agudo.

Zweig representa como pocas figuras el rico panorama cultural de la Europa de las primeras décadas del siglo XX, antes de que ardiera en el fuego de los totalitarismos, ese universo de cafés y teatros, refinado y cosmopolita, que él mismo retrata en El mundo de ayer. Memorias de un europeo. El europeísmo es una constante en su pensamiento, como lo son su curiosidad intelectual y su humanismo, rasgos que se reflejan igualmente en Encuentros con libros (Acantilado), una selección de las reseñas y los artículos literarios y de los prólogos que redactó a lo largo de su carrera.

Los textos gustarán en especial a letraheridos, amantes de los clásicos y seguidores de Zweig, cuya obra narrativa y ensayística viene publicando Acantilado desde hace veinte años con el cuidado que caracteriza a la editorial (buena prueba es la traducción del alemán de Roberto Bravo de la Varga, que fluye con esa mezcla de dinamismo y elegancia que caracteriza a la prosa del autor).

La pieza que abre el volumen, «El libro como acceso al mundo», es reveladora de la pasión que despierta en Zweig la literatura y también del entusiasmo con que él es capaz de compartirla. El escritor establece un paralelismo entre la invención de la rueda y el descubrimiento de la escritura; así como el desarrollo técnico de aquella ha permitido acortar las distancias y vencer la fuerza de la gravedad,

(…) la escritura, que ha evolucionado desde los pliegos más sencillos, pasando por los rollos, hasta culminar en el libro, ha puesto fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual: desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad». (págs. 7-8)

El escritor relata, a continuación, un episodio de su juventud que le llevó a tratar de imaginar su vida sin libros. Comprendió entonces que todos sus recuerdos y experiencias estaban relacionados con ellos de una forma u otra, e incluso que «cualquier palabra despertaba innumerables asociaciones que me remitían a algo que había leído o aprendido». La literatura se le reveló así el fundamento de «una imagen soberbia de la realidad», «este insólito don que nos permite emocionarnos con un destino ajeno», una «fuente de innumerables momentos de felicidad» y la causa principal de «ese deseo de ir más allá de nosotros mismos, esa bendita sed, que es lo mejor de nuestra persona».

Zweig concluye con una declaración optimista sobre el futuro del libro como transmisor de palabras y conocimientos, en oposición a quienes lo consideran arrinconado por medios como el cine o la radio, pues es «intemporal, indestructible, inalterable, la quintaesencia de la fuerza en un formato reducido y versátil». (En el reciente El infinito en un junco, Irene Vallejo comparte esta actitud un siglo más tarde).

Las treinta y cuatro piezas restantes del volumen demuestran la amplitud de intereses y conocimientos del escritor vienés. La mayoría son reseñas de obras concretas —desde un poemario de Rainer Maria Rilke al Ulises de James Joyce, pasando por el último estudio de Sigmund Freud o una antología de cuentos tradicionales—, aunque algunos textos abordan la trayectoria de un autor y también se incluyen un par de prólogos como muestra de la labor editorial de Zweig. El libro se ordena de acuerdo al idioma original de la obra comentada; el grueso de las reseñas corresponde a las literaturas en lengua alemana y francesa, y en menor medida están representados el inglés y el ruso.

En el interesante epílogo de Knut Beck (responsable también de la edición), se recuerda que Zweig se definía a sí mismo como un lector «impaciente y temperamental», nada amigo de lo prolijo, lo ampuloso, lo vago y lo superficial. Frente al estudio filológico, al analizar una obra le interesaban sobre todo la visión de conjunto, los detalles memorables, las conexiones con otros libros y sus aspectos innovadores.

Al margen de ese enfoque y de que se compartan o no sus gustos e interpretaciones, siempre es un placer asistir al despliegue de empatía e inteligencia con que Zweig capta la esencia y el valor de un libro y a la intensidad con que transmite su experiencia lectora. Es sutil sin resultar oscuro, culto sin caer en la pedantería, y su generosidad no está reñida con la franqueza —se confiesa, por ejemplo, incapaz de leer más de tres o cuatro páginas seguidas del escritor Jean Paul, pero recomienda los pequeños paseos por el «soberbio jardín» que es su prosa—. Los textos más matizados, de hecho, son los que han envejecido mejor, frente a esos momentos de exaltación sin reservas que le llevan a describir la vida de Goethe como «sublime, ejemplar, la más humana de todos los tiempos» o el drama religioso La Anunciación a María, de Paul Claudel, como «una sublime homilía que se ha escrito para ser pronunciada en la catedral del corazón».

En conjunto, Encuentros con libros ofrece visiones enriquecedoras de figuras de la talla de Thomas Mann o Balzac y permite descubrir a nombres mucho menos conocidos para el lector actual, como Jeremias Gotthelf, Albert Ehrenstein o Adalbert Stifter. Y no es menos revelador de la personalidad y el talante de Zweig: en cada párrafo escuchamos su voz única, y no nos cuesta imaginarlo enfrascado en un grueso volumen, respondiendo a una carta de Herman Hesse o Joseph Roth, debatiendo civilizadamente sobre las ideas del momento en una tertulia. O teniendo que abandonar su país tras el ascenso al poder de los nazis —que le declararon «no ario» y quemaron sus libros—, un exilio que le condujo a Inglaterra, Estados Unidos y, finalmente, Brasil.

En la ciudad de Petrópolis, junto a su esposa, se quitó la vida el 22 de febrero de 1942, cuando el avance del fascismo parecía imparable y la Europa de la paz y la razón que era su patria espiritual, destruida para siempre. En una nota de suicidio, dejó escrito que no le quedaban fuerzas para empezar de cero y que aquel era el momento apropiado para acabar con una vida consagrada a la actividad intelectual y la libertad. Los enemigos de la cultura siguen siendo poderosos; los libros como espacios de encuentro y reflexión, igual de necesarios que entonces.

Encuentros con libros
Stefan Zweig
Edición y epílogo de Knut Beck
Traducción de Roberto Bravo de la Varga
Acantilado (Colección El Acantilado, 405)
Barcelona, 2020
272 páginas

Historias sin precio

Durante más de treinta años, Henry James fue anotando en una serie de cuadernos de trabajo el germen de casi todas sus obras narrativas (en español puede encontrarse una magnífica edición en Destino). Los apuntes conforman a veces un análisis pormenorizado de las secuencias dramáticas y los personajes de una novela, pero a menudo son primeros esbozos o incluso una simple situación en la que el escritor vislumbra un futuro relato. Es fascinante seguir a James en la exploración del potencial de la idea surgida de una lectura o, más habitualmente, de una anécdota que le contaron la noche anterior en una cena de sociedad.

No es menos asombroso el hecho de que, si el ‘olfato’ para las historias del autor de tantas obras geniales resulta único, la capacidad de imaginar historias a partir de instantes y detalles de la vida cotidiana es universal. Y usarla, inevitable: como la lechera del cuento, fantaseamos hasta cuando no nos conviene. Cualquier escena, además, nos sirve para montarnos una novela (o una película), y hasta una conversación oída a medias nos basta para inventar tramas, motivaciones, fuerzas en conflicto, giros sorprendentes, finales con o sin moraleja.

Un ejemplo extraído de mi propia experiencia: la semana pasada me encontré en unos grandes almacenes con un gran cajón lleno de libros de saldo y lo primero que se me ocurrió fue preguntarme cómo habría reaccionado de haber escrito yo uno de aquellos títulos. Enseguida me olvidé del asunto, pero unos días después me vino de repente a la cabeza de nuevo, y ya no paré de darle vueltas hasta bosquejar un microrrelato (la versión definitiva me la reservo, sobre todo porque no está escrita):

Cuando, camino ya de las cajas, se tropezó en un pasillo del hipermercado con una columna de ejemplares de su última novela, que se vendían, entre otros muchos libros, a precio de saldo («Todo a 5,95 €»), primero se indignó por que el fruto de su reconocido talento —empezaba a sonar para la Academia— y de las largas horas pasadas frente al ordenador y fatigando bibliotecas compartiera espacio, bajo la fría luz de los focos, con lo que él llamaba desdeñoso ‘kleenex con páginas’; sintió después una punzada de desánimo (ni siquiera le habían colocado en un lugar de privilegio, seguro que Séneca o Montaigne disponían de palabras de consuelo ante una injusticia semejante, pero en ese momento no era capaz de recordarlas) y, finalmente, soltó la cesta con la compra, comprobó que no se acercaba nadie y repartió los volúmenes con su nombre impreso en elegante tipografía de manera que las demás portadas quedasen ocultas.

Seguía sonriendo bajo la mascarilla cuando le tocó su turno en la caja.

¿Cuántas historias pueden nacer de una premisa tan sencilla? ¿Cuántas se pierden por no ser contadas? O, volviendo a James, ¿cuántas veces aprovechamos «la más afortunada oportunidad para crear lo indestructible»?