Sobre mí y este blog

Bienvenidos a Escritas en el agua, un blog sobre literatura y, en particular, sobre libros, es decir, sobre ese invento insuperable en que se entrecruzan vida y memoria, historias e ideas, verdad y ficción. ¿Tiene sentido crear en el año 2020 y en mitad de una pandemia un espacio así, dedicado a algo aparentemente tan poco útil, ajeno a la inmediatez y la fragmentación que conforman el espíritu de la época, libre de cualquier forma de publicidad o patrocinio? Más que nunca, en mi opinión, y estoy convencido de que no soy el único que piensa de esa manera.

Un breve apunte biográfico: me llamo César Niño Rey y nací en Las Palmas de Gran Canaria cuando casi nadie había oído hablar todavía de Internet y faltaban muchos años para que se popularizaran los blogs, el libro electrónico y las redes sociales. A esa isla está ligada la memoria de mis primeros años, y ya en esos recuerdos aparezco a menudo con una historia en las manos o en la cabeza. Julio Verne, los libritos de color naranja de «El barco de vapor», ciclos épicos de ‘espada y brujería’ que se extendían durante miles de páginas y la colección completa de «Elige tu propia aventura» poblaban las estanterías de mi cuarto y también mis fantasías. No me cuesta nada revivir los primeros escalofríos que me produjo Ágatha Christie, el fogonazo del descubrimiento de la ciencia-ficción, la alegría al empezar un nuevo tebeo, otro álbum de Tintín.

Leer, contar, escribir. Pocas cosas me deparaban más felicidad durante la adolescencia, y no podía imaginar un futuro en el que mi vida no girase, de un modo u otro, en torno a las palabras, las mías o las de voces alejadas en el tiempo o en el espacio pero nunca distantes. En unos pocos años, los cuentos de Borges, Fortunata y Jacinta, las novelas de Virginia Woolf y de Henry James, El invierno en Lisboa, los versos de Whitman, las rememoraciones de Proust y las andanzas del Quijote se integraron en mi mundo con la misma naturalidad con que antes lo habían hecho los amigos, los paisajes de la isla, los primeros entusiasmos y decepciones, el mar.

Trasplantado a Madrid, me licencié en Periodismo y en Filología, y la pasión se convirtió en oficio, primero como redactor en un periódico impreso, más tarde en uno de los efímeros portales de información digital de la época (hay un relato esperando ahí) y, finalmente, en el mundo no menos agitado de la comunicación institucional —esta parte la reservo para mi autobiografía—.

Y, de repente, cuando me quise dar cuenta, tenía en la cabeza más canas que historias y rara vez un libro en las manos, descubrimiento tal vez facilitado por el cambio de perspectiva que implican una epidemia mundial y un confinamiento prolongado. Este blog es un intento de recuperar ese tiempo perdido como lector —sobre todo, de novelas, relatos y ensayos, tanto clásicos como contemporáneos—, de compartir los descubrimientos y los entusiasmos de esta segunda parte de mi propia historia y de crear un espacio para el intercambio libre de experiencias e ideas, sin vinculación con el mundo editorial o los autores recomendados.

La tumba de Keats (a la izquierda), en el cementerio protestante de Roma, junto a la de su amigo Joseph Severn, el pintor inglés con quien viajó a Italia siguiendo el consejo de los médicos. En el mismo cementerio se encuentra enterrado el poeta Percy Bysshe Shelley.

El nombre del blog, como muchos ya habrán adivinado, remite a un conocido epitafio, el de la tumba del poeta romántico inglés John Keats: «Here lies One Whose Name was writ in Water» («Aquí yace alguien cuyo nombre se escribió en el agua»). Keats, enfermo desde muy joven, murió en Roma en 1821 con tan solo veinticinco años, pero sus versos son inmortales.

Así ocurre con la mejor literatura: a pesar de estar escritas en el seno del río del tiempo, las palabras que conforman la Odisea, los cantares de gesta, La metamorfosis y los poemas de Keats han sobrevivido de manera casi milagrosa a la destrucción, la censura, la azarosa vida de sus autores, la incomprensión y el olvido. Y cada vez que las leemos, vuelve a obrarse ese prodigio.

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