Verano: un viaje de ida y vuelta

Siempre me ha fascinado cómo unos pensamientos atraen a otros, las asociaciones de ideas, el modo muchas veces misterioso en que se engarzan los recuerdos. Pero no es fácil reconstruir una de esas cadenas pasado un tiempo: hemos olvidado el punto de partida o el de llegada, o el camino entre ambos se ha desdibujado, o nos confunde con sus revueltas y sus bifurcaciones, y cuanto más se aplica uno a recomponerlo, menos claro resulta dónde empieza la memoria y dónde la invención.

Por eso, si se me presenta un caso que me atrae de manera especial, convertido en detective de mí mismo, lo investigo cuanto antes y apunto mis descubrimientos, como en estas notas de una experiencia reciente:

Es la mañana del último día del viaje. Recorro el paseo que bordea la playa, ni una nube a la vista, apenas sopla la brisa, la mascarilla acentúa la sensación de calor.

De repente, por encima de una verja asoma la catarata verde y fucsia de una buganvilla. Me alcanzan al instante imágenes de otras buganvillas, con brácteas de ese color o rosas o naranjas o amarillas, algunas casi vecinas, otras distantes miles de kilómetros, pero todas recortadas contra un cielo azul sin nubes, bajo el sol del verano.

La fotografío con el móvil y sigo mi camino. El nombre del poeta Wallace Stevens me viene a la cabeza, y caigo en la cuenta de que uno de sus libros se llama Viaje al verano —no recuerdo el título en inglés—; entre los poemas que lo componen figura uno de mis favoritos, “Credences of Summer”. Tengo que volver al hotel, el hilo se interrumpe.

Al día siguiente, ya de vuelta en casa, con la maleta vacía y la lavadora en marcha, repaso en el teléfono las fotografías del viaje. La buganvilla me devuelve a veranos superpuestos y a Stevens. Durante unos minutos exploro el desorden de mi biblioteca. Ahí está: De la simple existencia. Antología poética (Galaxia Gutenberg). Es una edición bilingüe de Andrés Sánchez Robayna, que traduce como Viaje al verano el original Transport to Summer. Busco mis versos preferidos y acabo en la sección Adagia, con sus rotundos aforismos sobre la experiencia poética, para encontrar el que tengo en mente:

Poetry is a purging of the world’s poverty and change and evil and death. It is a present perfecting, a satisfaction in the irremediable poverty of life.

La poesía es un remedio contra la pobreza, la mudanza, el mal y la muerte del mundo. Es un presente que se perfecciona, una satisfacción en la irremediable pobreza de la vida.

La defensa de la poesía como consuelo me conduce a un autor de la Inglaterra victoriana, Walter Pater. De otro estante cojo un ejemplar de su obra más conocida e influyente: El Renacimiento. Estudios sobre arte y poesía (Alba Editorial). Releo por enésima vez la “Conclusión” de este conjunto de ensayos y llego a esta frase (la traducción es de Marta Salís):

Mientras todo desaparece bajo nuestros pies, podemos aferrarnos con fuerza a toda pasión sublime, a toda contribución al conocimiento que ofrezca un amplio horizonte a la libertad del espíritu, a todo aquello que despierta nuestras emociones, extraños colores, exóticas fragancias, obras realizadas por unas manos de artista, el rostro de un amigo.

Dejo el libro y me pongo con otras tareas —se han difuminado—, pero de pronto me acuerdo de la buganvilla plantada en una pequeña maceta en mi terraza, seca desde hace varias semanas por más que la he cuidado, el verano es inclemente en Madrid. Tendré que tirarla, me digo resignado.

Cuando salgo a regar las plantas supervivientes, descubro que la buganvilla ha rebrotado. Y esas pocas hojas verdes me llevan de vuelta al paseo junto a la playa, a la luz de agosto, a la sombra de otra buganvilla que es, al mismo tiempo, real e imaginada.