Vitalidad del cuento

Aunque hace mucho que superó la consideración de género menor, el relato sigue sin rivalizar con la novela ni en el interés de los lectores ni en el volumen de títulos publicados. Esto es particularmente cierto en un país como España, donde las grandes editoriales centran su atención en los cuentos de autores clásicos —aunque pueden citarse excepciones tan destacadas como la de José María Merino, cuya última antología conjuga maestría y atrevimiento— y apenas existen sellos especializados en las narraciones breves de ficción (Páginas de espuma sería una de las referencias ineludibles en este campo).

Es una lástima porque, al margen de preferencias personales, es un género que encaja a la perfección con el gusto contemporáneo por la rapidez y la intensidad. Otra gran virtud del cuento: puede servir como un puente para cubrir la distancia, para muchos adolescentes insalvable, entre las historias infantiles y las novelas de largo aliento.

El relato merecería también más repercusión porque es uno de los cauces más creativos de la literatura actual, tal vez porque un público minoritario facilita alejarse de las modas y la presión comercial. No atribuyo a la casualidad que cinco de mis lecturas más satisfactorias de los últimos meses correspondan a volúmenes de narraciones breves publicados en España en 2020 y 2021.

En todos los casos se trata, curiosamente, de la primera colección de cuentos de sus autores, que hasta entonces habían publicado relatos sueltos o habían participado en antologías colectivas. Otra coincidencia es que los cinco escritores nacieron a lo largo de la década de los ochenta. Pero sobre todo comparten virtudes literarias: la habilidad de crear mundos coherentes a través de una imaginación muy personal, el abordaje de la realidad contemporánea desde enfoques que trascienden el realismo romo, el dominio del lenguaje y del ritmo, y el empeño en aventurarse más allá de los asuntos y las tramas que dominan las listas de los libros más vendidos. Son solo un puñado de ejemplos —podrían añadirse otros muchos nombres, como los de Liliana Colanzi o Alejandro Morellón— de la buena salud del cuento a este y a otro lado del Atlántico.

Nada más fantástico que la realidad

Cubierta de Los desperfectos, con ilustración de Gina Harster.

Las cualidades de este grupo de autores se aprecian en el premiado Los desperfectos de Irene Pujadas (San Just Desvern, Barcelona, 1990), editado por Hurtado & Ortega con traducción del catalán de Inga Pellisa. En los veintiún textos breves del volumen, Pujadas parte a menudo de situaciones y escenarios reconocibles —una visita al dentista, cementerios, encuentros casuales, una plaga de moscas…— y los desplaza hacia el humor irreverente y la ironía, el fatalismo, lo fantástico o esa clase de extravagancia que provoca sonrisas pero también una ligera incomodidad. (También hay algún texto más sentimental que, sin ser de menor calidad, suena como un verso suelto).

La escritora sabe dar a cada historia la extensión justa, combina con gracia lo coloquial y lo culto y se atreve a ensayar esquemas formales y puntos de vista muy diversos.

En ‘La malnacida’, por ejemplo, un año fatídico se resume a través de viñetas que conforman una estructura circular; ‘Entrevista en el periódico local a raíz de un reportaje en un periódico nacional’ alterna ambos textos para satirizar cierto tipo de turismo —aunque la sátira, cómo no, incluye un giro inesperado—; ‘Los consejos’ está contada en segunda persona del singular; ‘El cuerpo caliente’, por un espíritu, y ‘Retrospectiva’ es una entrada de blog (tan imaginativa y ocurrente como cargada de reflexiones incisivas sobre la escritura).

Por la tarde me volví a la ciudad. Llevaba el estómago lleno y una bolsa de plástico con pasta, latas de atún y botes de tomate. Dios te cuida y te vigila, me había dicho mamá, y me había despedido con la mano. Y me lo planteé, pero sé que he perdido la oportunidad, porque ese Dios no es mío y, además, no es idiota.

‘Las formas de Dios’, pág. 74

Humor, surrealismo y metafísica

Cubierta de Lo malo de una isla desierta, con imagen de Tere Susmozas y fotografía de Kike Costas.

El humor es igualmente una constante en los dieciséis cuentos de Lo malo de una isla desierta de Javier Echalecu (Madrid, 1981), publicado por Editorial Pre-textos, en este caso aderezado con una combinación muy original de poesía, surrealismo y metafísica. Unos ingredientes que Echalecu, también traductor, logra fusionar gracias a la coherencia de la obra y la flexibilidad de la voz narrativa, que se mueve con soltura entre la confesión desenfadada, el apunte filosófico y el fogonazo lírico.

Ya el primer relato, ‘Llamadas de emergencia’, nos sumerge en este universo singular: al llegar a casa, una pareja descubre que una de las habitaciones (en concreto, la sala de estar) ha desaparecido; a Echalecu no le interesa la explicación del prodigio, sino las situaciones absurdas que ocasiona y cómo altera la imagen que la pareja tiene de sí misma y del mundo. De un modo similar, la épica y lo ridículo conviven en ‘Leónidas Gagarin, cosmonauta’; los protagonistas de ‘Metonimia’, ‘Adverbios en mente’ y ‘Al sur del Polo Sur’ están dominados por ideas estrafalarias que obedecen, sin embargo, a una impecable lógica interna —en contrapartida, los personajes son un tanto planos e intercambiables—; en el texto más largo, ‘Amor androide’, un fracaso amoroso ubicado en un escenario de ciencia ficción desemboca en crisis existencial; el mito revela su impostura al ser recreado en el mundo de las redes sociales (‘Sísifo desencantado’).

La emoción que fluye contenida, una especie de angustia serena, se expande hacia el final del volumen, especialmente en los dos últimos relatos, donde se explora la idea del tiempo detenido (o, para ser más exactos, expandido). A la manera de Nabokov, la conciencia de la fugacidad de la vida y la belleza no arrastra a Echalecu a una melancolía paralizante, sino que espolea su imaginación para proyectar variaciones más satisfactorias —aunque de ninguna manera idílicas— de la realidad.

Imagino que tarde tras tarde buscarán temas de conversación con los que matar el tiempo, y seguirán inmóviles en esa felicidad, si es que la felicidad puede ser inmóvil. Será como una jaula, sí, pero a veces sólo se trata de escoger la mejor jaula.

‘Imagen del futuro’, pág. 144

Alucinaciones certeras

Cubierta de Las voladoras, con ilustración de Marcela Ribadeneira.

Mitos andinos, oscuros secretos familiares, violencia, sangre —mucha sangre—, deseos enfermizos, apariciones, paisajes apocalípticos… Con estos materiales ha compuesto Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) los ocho cuentos de Las voladoras (Páginas de espuma), impactantes por las historias que cuentan y, sobre todo, por la forma en que la escritora exprime las posibilidades expresivas del lenguaje y por las imágenes descarnadas y poderosas que utiliza.

Tras leer unas pocas líneas, uno se ve arrastrado por la fuerza torrencial del estilo de Ojeda y por el extraño atractivo de unos personajes que podrían pertenecer a una película de David Lynch o David Cronenberg que transcurriera en Quito o La Paz o Cuzco. La atmósfera febril y hasta alucinatoria que emana de cada una de las páginas induce a creer que se escribieron en una especie de trance. Al contrario: no hay nada casual o gratuito en esta belleza retorcida, en estos hachazos que se clavan justo en la diana elegida.

En ‘Caninos’, por ejemplo, la claves de la historia se dosifican con mucha habilidad para sumergirnos poco a poco en un mundo malsano que de otro modo resultaría demasiado truculento. En ‘Soroche’, la narración avanza a través de cuatro voces femeninas que revelan el talento de Ojeda tanto para la caracterización como para la sátira social —un registro que me habría encantado encontrar más a menudo en el libro—. Y la atención prestada a los patrones rítmicos y a las metáforas acercan ‘Terremoto’ al poema en prosa en el que cada palabra está medida (Ojeda es autora también de dos libros de poesía, aunque es conocida sobre todo por sus novelas Nefando y Mandíbula).

Hija guardaba la dentadura de Papi como si fuera un cadáver, es decir, con amor sacro de ultratumba: seco en los colmillos, sonoro en las mordidas, desplazándose por los rincones de la casa igual que un fantasma de encías rojas.

‘Caninos’, pág. 45

La memoria no es un juego inocente

Cubierta de Los juguetes que tuvimos.

La poesía impregna también los dieciséis relatos de Los juguetes que tuvimos (Niña Loba) de Alejandro Molina Bravo (Madrid, 1987), a quien conocí a través de sus hilos sobre arte en Twitter. Molina Bravo —que cuenta con una novela anterior: Los días—comparte con Ojeda el afán de exactitud frente a los clichés, la búsqueda de metáforas no usadas, pero aquí el tono es muy distinto, como lo es el corazón de este libro: la infancia, observada no con la nostalgia con que se recuerda un paraíso clausurado, sino con la actitud meditativa de quien entrevé en los recuerdos de la niñez y la adolescencia temprana indicios del adulto en que se ha convertido.

Durante la primera lectura, predomina la impresión de heterogeneidad, en parte porque el orden de los textos no obedece a un criterio evidente. Se mezclan imágenes fugaces (‘Recuerdo de niñez’), escenas simbólicas (‘Epifanía’, ‘Las tortuguitas’), rituales y ceremonias —el cortazariano ‘Instrucciones para atarse los zapatos’ destaca en esta parcela—, incursiones en lo fantástico (‘Una niña’) y narraciones que abarcan décadas, como el relato que da título al libro o ‘El juego’, quizás el que mejor sintetiza la destreza del autor con los ritmos y las estructuras, en particular con el arranque y el cierre de los textos.

Esa variedad acaba cobrando sentido gracias a que en los cuentos se repiten motivos y obsesiones, como notas cada vez más reconocibles: la pérdida y la transformación, las trampas de la memoria, las revelaciones que no se comprenden plenamente hasta muchos años después. Siguiendo con la metáfora musical, la entonación también unifica las historias. El autor no rehúye lo emotivo, pero tampoco permite que se desboque; lo confesional se cubre con un velo de discreción; lo feliz y lo terrible se narran con una naturalidad que es sobria y precisa y está salpicada de imágenes y detalles muy expresivos («las mesas largas y brillantes y vacías como ataúdes en el mar»).

Jugábamos sin ver lo perverso del juego. Me excitaba el ansia previa a los disparos, y la rabia y el odio que se me desbordaban al morir, escapando de mí como la sangre. Me sentía orgulloso de mi odio. Y sentía también otra cosa, que aun hoy en este momento último me cuesta admitir, y de la cual también los culpo, os culpo: el placer oscuro de la humillación.

‘El juego’, pág. 20

Un espejo severo

Cubierta de La vida privada de los héroes, con imagen de Enrique Barrio Buceta.

De entrada, el libro de Daniel Jiménez (Madrid, 1981) podría parecer el más comercial de los cinco. En efecto, La vida privada de los héroes (Galaxia Gutenberg) tiene algo de retrato de la generación del autor, y muchos lectores se reconocerán en la inestabilidad laboral y sentimental de sus personajes, en esas amistades socavadas (aunque no destruidas) por el tiempo y las obligaciones, en el intento desesperado de huir de la rutina viajando, consumiendo, redecorando —una de las historias se titula ‘Paloma lo prueba todo’—, en los paisajes urbanos y hasta los diálogos.

Pero las narraciones breves de Jiménez (que este año ha recibido muchos elogios por su tercera novela, El plagio) descolocarán a quienes busquen un reflejo favorecedor, una crónica sentimental, un análisis sociológico o un panfleto político. El autor lo apuesta todo a la literatura y enfrenta al lector con personajes complejos y no particularmente virtuosos que corren cada vez más deprisa hacia no saben dónde y con un estilo de engañosa sencillez, telegráfico unas veces (‘Alfonso llega más tarde de lo previsto’), caudaloso otras (‘Borja y Alberto montan un bar restaurante’), de una mordacidad sutil casi siempre.

Tampoco es convencional la estructura del libro, que se divide en cinco secciones. Las dos primeras y las dos últimas están compuestas cada una por diez cuentos, variaciones de argumentos sobre la pareja, la familia, los amigos, el paso de la juventud a la madurez, el fracaso y los nuevos comienzos. A esa composición polifónica se suma la parte central, un inventario de vidas al margen del sistema ubicadas en cien lugares concretos de Madrid, un contrapunto que quizás es un poco prolijo pero amplía el foco de la obra y, además, revela el don de Jiménez para la observación y los detalles significativos.

Ahora sí, Beatriz está feliz, satisfecha. Se queda de pie en medio del cuarto, echa un vistazo a su alrededor y por un momento duda. ¿Y ahora qué? Todo esto, el orden, la comodidad, el estilo, el diseño y el dinero y el tiempo invertidos, ¿para qué? Y, sobre todo, ¿para quién?
Para mí misma, se dice Beatriz orgullosa y conmovida. ¿Es que no basta con eso?

‘Beatriz se procura un placer diferente cada día’, pág. 111

Los desperfectos
Irene Pujadas
Traducción de Inga Pellisa
Hurtado & Ortega Editores
Barcelona, primera edición: abril de 2021
162 páginas

Lo malo de una isla desierta
Javier Echalecu
Editorial Pre-Textos
Valencia, primera edición: marzo de 2021
152 páginas

Las voladoras
Mónica Ojeda
Páginas de espuma
Madrid, primera edición: octubre de 2020
128 páginas

Los juguetes que tuvimos
Alejandro Molina Bravo
Editorial Niña Loba
Primera edición: marzo de 2021
132 páginas

La vida privada de los héroes
Daniel Jiménez
Galaxia Gutenberg
Barcelona, primera edición: junio de 2020
184 páginas

Ursula K. Le Guin: otros mundos son posibles

Los caminos de la posteridad literaria son inescrutables, pero las señales apuntan a que en ella tiene reservado un puesto de honor la estadounidense Ursula K. Le Guin (1929-2018), considerada uno de los nombres esenciales de la literatura fantástica y de ciencia-ficción de todos los tiempos.

La trayectoria de Le Guin constituye uno de esos raros casos que combinan la popularidad con el respaldo de la crítica y, además, con escasos altibajos. Desde sus inicios, con cada libro fue dinamitando convenciones y explorando asuntos que eran poco habituales y que no han dejado de ganar peso desde entonces en la literatura y el debate público, como el género y la sexualidad (La mano izquierda de la oscuridad) o el colonialismo y la destrucción de la naturaleza (El nombre del mundo es Bosque). Además, el éxito comercial no rebajó su nivel de exigencia literaria e intelectual ni le impidió explorar desde ángulos novedosos los universos que ya había creado, como el del archipiélago de Terramar y el de la federación galáctica de Ekumen, o experimentar con otros tiempos, ya fuera el futuro en ese libro inclasificable que es El eterno regreso a casa o el pasado a través de un personaje de la Eneida de Virgilio en Lavinia.

Esa excelencia le valió infinidad de galardones, incluso fuera de las categorías de la ficción especulativa, un logro extraordinario en Estados Unidos y en cualquier otro país. Su influencia es también enorme, aunque no siempre admitida: Harry Potter es heredero del joven mago de Un mago de Terramar y Avatar se inspira en El nombre del mundo es Bosque, aunque ni J. K. Rowling ni James Cameron hayan reconocido su deuda (Le Guin, por el contrario, se refiere «con alegría» al poso que ha dejado en su imaginación cada uno de los narradores que ha leído).

Además de un manantial constante, el talento de la autora discurrió durante seis décadas por terrenos muy diversos, desde la novela y el cuento a la poesía, el ensayo y la crítica literaria, e incluso escribió libros ilustrados para niños, guiones y traducciones (es particularmente conocida la de Kalpa imperial, de la argentina Angélica Gorodischer, con quien mantuvo además una relación de amistad; se trata de una colección de relatos ambientados en un imperio imaginario que en España publicaron Martínez Roca en el año 1990 —la edición en que yo la leí— y Gigamesh en 2000 y que merecería más reconocimiento).

Imaginar el cambio

Si las novelas de Le Guin han ido apareciendo con regularidad a este lado del Atlántico, los textos de no ficción se han sumado a esta corriente sobre todo en los últimos años. Es el caso de Conversaciones sobre la escritura (Alpha Decay), basado en una serie de charlas que Le Guin mantuvo con su amigo David Naimon poco antes de fallecer; de El idioma de la noche (Gigamesh), su primer libro de ensayos, que estaba inédito en español, y de Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura, la imaginación (Círculo de Tiza).

Este último, en concreto, destaca por su amplitud y variedad y no decepcionará a los interesados en Le Guin, lo fantástico, el proceso creativo y, en general, cualquiera que desee escuchar la voz sabia y cálida de una escritora, pensadora y lectora excepcional (ese timbre se percibe con claridad en la traducción de Martín Schifino). Se publicó en inglés en 2004 y reúne ensayos y charlas de los quince años anteriores, muchos de ellos retocados y actualizados para este volumen. Abarcan desde lo autobiográfico (‘Cuestiones personales’) hasta reflexiones más generales sobre el arte y la cultura (‘Discusiones y opiniones’), aunque la mayor parte se centra en asuntos literarios (‘Lecturas’ y ‘Sobre la escritura’).

Da igual la materia que aborde: su infancia en Berkeley, donde su padre, Alfred L. Kroeber, fundó el Departamento de Antropología de la Universidad de California; los ideales de belleza en nuestra cultura; Los diarios de Adán y Eva de Mark Twain leídos con cincuenta años de diferencia; el desdibujamiento de la frontera entre ficción y no ficción, una tendencia que veía con recelo; la importancia del ritmo en la prosa (el título de la edición original de la colección de ensayos es The Wave in the Mind, una referencia a un pasaje de Virginia Woolf donde compara ese ritmo con una ola «que rompe y se asienta en la mente»)… Le Guin siempre derrocha inteligencia, claridad, un humor que puede ser punzante pero no cruel y, sobre todo, la experiencia de quien ha observado durante muchos años el mundo (y su paso por él) sin anteojeras y con una curiosidad insaciable.

Interior de la biblioteca del Trinity College de Dublín.

Sin abandonar nunca la argumentación sólida y la sutileza, la voz de la escritora adquiere un tono apasionado cuando recuerda a su familia o defiende sus ideales feministas y pacifistas, al denunciar la injusticia y la guerra y en su reivindicación de la fantasía, la lectura y la imaginación. Quizás por ese motivo, si tuviera que escoger mis piezas preferidas, me decantaría por ‘Mis bibliotecas’ —«Una gran biblioteca es la libertad»—, ‘Cosas que en realidad no están presentes’, un homenaje a Jorge Luis Borges que es también una defensa de la universalidad de la literatura fantástica, y ‘«Una guerra sin fin»’, una declaración de principios contra la opresión que avanza planteándose preguntas, elude las simplificaciones morales y reivindica el valor de «una realidad alternativa imaginada pero convincente» para cuestionar y transformar el estado de las cosas.

También por cualquiera de los textos de ‘Sobre la escritura’, que constituyen una lección tras otra sobre la tarea del escritor y la relación con los lectores, expuestas con agudeza, entusiasmo y verdad.

Las normas del mundo inventado deberán respetarse al pie de la letra. Todos los magos, incluidos los escritores, son muy celosos de sus trucos. Cada una de las palabras debe ser la palabra adecuada. Un mago flojo es un mago muerto. Los cultivadores de la fantasía seria adoran la invención, la libertad de inventar, pero saben que la invención descuidada mata la magia. La fantasía se burla descaradamente de los hechos, pero se preocupa por la verdad en un sentido tan profundo como el realismo más crudo y gris.

(Pág. 367)

El viaje interior

Las novelas de Le Guin siguen esa filosofía a rajatabla, y uno de los mejores ejemplos es Los desposeídos, que Minotauro reeditó a finales del año pasado en su colección ‘Esenciales’ (está anunciada su próxima aparición también en la colección ‘Bibliotecas de autor’, junto a otros títulos capitales de la escritora).

La trama de la novela, que se publicó en 1974 y está considerada una de las que contienen más carga política de su trayectoria, alterna dos hilos: los capítulos impares siguen al protagonista, Shevek, por el planeta Urras, donde coexisten regímenes cuyo modelo real es fácil rastrear, desde las democracias parlamentarias a los regímenes totalitarios; los capítulos pares narran la vida anterior del personaje en su planeta natal, Antares, con un sociedad de inspiración anarquista, sin leyes ni gobierno, basada en la libre cooperación y la solidaridad. Shevek es un genio que puede revolucionar la física con una teoría unificada cuyas aplicaciones prácticas transformarían la galaxia, un conocimiento que quiere poner a disposición de todos para que no se convierta en un arma o un privilegio.

El título original completo, The Dispossessed: an ambiguous utopia, es muy revelador de la intención de Le Guin, que huye del maniqueísmo y lo panfletario como de la peste. En Urras son flagrantes la desigualdad, la represión y el consumismo desbocado, pero también abundan la belleza, la creatividad y la riqueza cultural; además, Shevek se sorprende al descubrir que la mayoría de la población no vive en la pobreza. El modelo de Antares, que procede de una revolución, evita la desigualdad y la injusticia, pero bordea siempre la escasez y —como tiende a ocurrir con todo lo establecido— ha acabado esclerotizado por «las convenciones, el moralismo, el miedo al ostracismo social, el miedo a ser distintos, ¡el miedo a la libertad!».

En uno de los textos de Contar es escuchar, la escritora aclara que sus historias «no son advertencias nefastas ni proyectos de lo que deberíamos hacer» y, a propósito de Los desposeídos, señala que en ella exploró de manera más metódica de lo habitual «ciertas permutaciones en el uso del poder, que preferí a las disponibles en el mundo», pero esforzándose tanto en «subvertir» como en «mostrar el ideal de un plan social». La estructura de la novela potencia la comparación entre los dos planetas, revelando tanto los contrastes como los paralelismos en algunos de los campos predilectos de la autora, como la dependencia que genera el poder, los mecanismos psicológicos, el peso de la ideología en las relaciones personales, la posición de la mujer o la construcción de la identidad.

Recreación artística de Próxima b, un planeta que orbita en la zona habitable en torno a Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sistema Solar (ESO/M. Kornmesser)

La exploración de estas cuestiones es uno de los motores de la historia, pero sería inexacto calificarla de novela de tesis, de ideas o social. Nada más lejos de la realidad: si el truco no solo funciona sino que es emocionante y asombroso, un triunfo narrativo y artístico, es porque Le Guin construye un universo entero, coherente y cohesionado, con sus lenguas y tradiciones, paisajes y arquitecturas, historia, mitos, instituciones, moda y cultura.

Además, puebla esos continentes inventados con personajes muy dispares y complejos, empezando por Shevek, que no tiene nada del carácter mesiánico que le podría haber atribuido sino que, por el contrario, puede mostrarse altruista y hasta heroico, pero también obtuso y en alguna ocasión incluso despreciable, y tiene que vencer a sus demonios internos antes de enfrentarse al mal que lo rodea. La historia se cuenta en tercera persona, pero el narrador solo se aleja del punto de vista de Shevek cuando es indispensable para proporcionar información histórica o antropológica —dosificada con bastante habilidad—, lo que acentúa la sensación de que asistimos a un viaje que es físico y también de autoconocimiento y de apertura a los demás.

El encantamiento también surte efecto gracias a la prosa de Le Guin, dúctil y muy atenta al ritmo —hay una escena de un parto que se lee de manera frenética—, exacta en la elección de los detalles, sutil en el análisis de la psicología de los personajes y la complejidad de las relaciones que entablan y evocadora en las descripciones, cargadas de imágenes y metáforas originales y muy plásticas (traducidas con acierto por Matilde Horne, conocida sobre todo por su versión de El Señor de los anillos). De hecho, no se me ocurre mejor invitación a contemplar el cielo nocturno e imaginar los mundos que alberga, tal vez gobernados por esperanzas y miedos muy semejantes a los nuestros, que una cita de esta novela prodigiosa e inolvidable.

Habían salido las estrellas otoñales, increíbles en número y en brillantez, titilando y casi parpadeando a causa del polvo levantado por el terremoto y el viento, y el cielo entero parecía temblar, un centelleo de briznas de diamante, un chisporroteo de sol sobre un mar de tinieblas.

(Pág. 384)

Contar es escuchar
Ursula K. Le Guin
Traducción de Martín Schifino
Círculo de Tiza
Barcelona, Primera edición: enero de 2018 (Sexta edición: agosto de 2020)
402 páginas

Los desposeídos
Ursula K. Le Guin
Traducción de Matilde Horne
Minotauro (Minotauro Esenciales)
Barcelona, 2020
464 páginas

Las asombrosas vidas ordinarias de Alice Munro

Aunque a lo largo de su extensa carrera literaria, iniciada a finales de los años sesenta, nunca le habían faltado ni los reconocimientos ni la fidelidad de una comunidad de lectores cada vez más amplia incluso fuera del mundo anglosajón, muchos descubrieron a Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931) cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 2013.

No es sorprendente: Munro ha cultivado en exclusiva el género del relato, a menudo considerado todavía un género menor, y sus volúmenes y antologías de cuentos han ido apareciendo de manera tan regular como espaciada. (Se debate si alguno de sus libros, por ejemplo, La vida de las mujeres, es una colección de relatos o una novela fragmentaria, pero ella misma ha explicado muchas veces que empezó escribiendo relatos porque solo disponía del tiempo que duraban las siestas de sus hijos y descubrió que ese era el molde natural de su escritura). Además, juzgados por sus argumentos, esos textos pueden tomarse como historias simples sobre la vida cotidiana en los pueblos y los campos de su Ontario natal, con frecuencia protagonizadas por personajes femeninos de lo más común. Y también la prosa de Munro, deliberadamente clara, se arriesga a pasar desapercibida entre otras más inclinadas a los fuegos de artificio.

Pero leer y, sobre todo, releer cualquier narración de la escritora canadiense revela que la sencillez es aparente y que, en sus manos, lo ordinario encierra más matices, secretos y sorpresas de los que solemos encontrar en una novela de setecientas páginas. En este sentido, es muy exacta la comparación ya habitual de Munro con Chejov —al que se atribuye la afirmación de que el punto de partida de uno de sus relatos podía ser algo tan banal como un cenicero—, aunque ella suele citar entre sus influencias sobre todo a autoras como Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor o Elizabeth Bishop.

La recuperación por parte de Lumen de Algo que quería contarte, que se publicó originalmente en 1974, es otra prueba de la maestría y de la vigencia de la autora. También representa una excelente oportunidad para iniciarse en su universo de granjeros y universitarios, parejas en crisis, niños que se asoman con fascinación y miedo al futuro, adultos desorientados que se las arreglan para seguir avanzando (¿hacia dónde?) y, sobre todo, de mujeres: absorbidas por la maternidad, independientes, engañadas, astutas, complejas e incluso contradictorias, conscientes de que los tiempos están cambiando.

La madurez temprana y la consistencia de la escritura de Munro multiplican las vías de acceso a su obra, bastante homogénea en calidad y tono, aunque más desnuda en lo formal y abiertamente autobiográfica en títulos de su última etapa como La vista desde Castle Rock (2006) o Mi vida querida (2012). La sección con que se cierra este volumen se llama «Finale» y constituye, en efecto, una especie de despedida literaria de la escritora, que con posterioridad solo ha publicado una selección de sus cuentos, Todo queda en casa, aparecida también en Lumen (el sello que, junto a DeBolsillo —ambos del grupo Penguin Random House—, ha relevado a la editorial RBA en la traducción de Munro al español).

Precisión y sugerencia

Alberta (Canadá), hacia 1980. Archivos Provinciales de Alberta.

La engañosa facilidad de la escritura de Munro oculta una labor muy concienzuda que empieza por el punto de vista y la estructura de cada relato. No importa si las historias están narradas en primera o en tercera persona, lo esencial es el papel de la memoria, entendida como la forma en que dotamos de un sentido narrativo a nuestra vida y a las ajenas para tratar de describirlas, entenderlas, celebrarlas o incluso librarnos de ellas.

Con la naturalidad con que uno salta en el tiempo y de un lugar a otro a medida que repasa una experiencia personal o la comparte, en las trece historias de Algo que quería contarte el presente alterna con episodios del pasado que le aportan profundidad, relieve y claroscuros morales. Cada personaje ofrece su propia versión de los hechos (a menudo, más cercana a sus deseos que a la realidad); lo que parecía seguro se desvanece o cambia de dirección; una situación trivial, una anécdota desencadena epifanías y tragedias; la vida despliega todo su repertorio de casualidades, dádivas y confusión, y así, sin apresuramientos ni pausas innecesarias, llegamos a un desenlace a menudo provisional (como en el relato «Caminar sobre el agua») o ambiguo («Despedida») o desconcertante («La dama española»).

La misma fluidez se da en cada párrafo, en todas las frases, por lo general breves, siempre precisas y, a la vez, cargadas de sugerencias que cobran todo su sentido desde una visión de conjunto. Munro no subraya, habla constantemente de emociones y sentimientos sin caer en la cursilería y, cuando quiere ser cruda, lo es sin aspavientos. El lenguaje es común; la elección de las palabras, impecable. No hay adjetivos superfluos ni metáforas decorativas, los detalles reflejan a los personajes —cómo visten y se peinan, qué leen, cómo están amuebladas sus casas— y las imágenes se ajustan a los estados de ánimo y las atmósferas.

La copa capta la luz del sol, reflejando un círculo radiante en el tapete blanco. Eso hace que la bebida me parezca pura y reconstituyente, como el agua de montaña. Bebo con avidez.

(Pág. 220)

Familia, amor, memoria

Pero el virtuosismo discreto de Munro no basta para explicar la autenticidad que desprenden sus relatos, la exactitud con que reflejan lo más universal del comportamiento humano, esa aleación de dicha y tristeza que nos sugieren al recordarlos.

La escritora canadiense sobresale también por la sutileza con que examina la realidad y, a partir de los materiales que esta le proporciona, imagina y construye sus ficciones. La escritora Margaret Atwood —compatriota y buena amiga de Munro— destaca de ella su capacidad de «disección» y su combinación de «escrutinio obsesivo» y «exhumación arqueológica». La indagación es, en efecto, minuciosa, pero una de las mayores virtudes de Munro es reconocer que existen misterios irresolubles, preguntas sin respuesta, y también intuiciones certeras, mensajes que nos llegan a través de «conexiones insondables, pero en las que hay que confiar».

Vermillion, Alberta (Canadá), hacia 1970. Archivos Provinciales de Alberta.

Sus retratos de la vida rural no tienen nada que envidiar a los de su admirada Eudora Welty y explora de manera deslumbrante la intimidad femenina y la complejidad las relaciones familiares, en particular entre hermanas y entre madres e hijas —«El valle de Ottawa», que cierra el volumen, figura entre lo más sabio y conmovedor que ha escrito nunca—. Además, pocos narradores pueden competir con ella en la amplitud y la agudeza de su visión del amor, el deseo y el sexo: en «Algo que quería contarte» son fuerzas que trastornan; en «Dime sí o no», algo que primero se decide pero que luego se vuelve irreversible; las protagonistas de «Material» y «Cómo conocí a mi marido» reemplazan pasiones intensas y conflictivas por un matrimonio más cálido y convencional; en «Marrakech», la inolvidable Dorothy, una anciana viuda, se sobrecoge al espiar a dos amantes.

Munro no juzga a sus personajes, tampoco los embellece: son generosos y egoístas, compasivos y crueles; como ocurre con las atenciones de la abuela hacia su nieta en «Viento de invierno», una acción puede deberse al mismo tiempo al cariño y los celos. La empatía de la autora es especialmente intensa hacia los niños, los individuos extravagantes e inofensivos —como el Eugene de «Caminar sobre el agua» que cree en poderes sobrenaturales— y las mujeres que cargan con el peso del mundo, de las renuncias o la soledad no buscada. La ironía se filtra por todas partes, y en algunos momentos también asoma el humor como reacción ante la falta de sentido y la desesperación. «Es tan terrible que da risa», dice un personaje en «El perdón en las familias», uno de los relatos más redondos del volumen y buen ejemplo de cómo la ganadora del Nobel fusiona los detalles reveladores, la voz narrativa y la complejidad emocional en un todo coherente y único.

Me senté delante de Cuidados Intensivos, en la horrible salita de espera reluciente. Tenían sillas rojas escurridizas, formica barata y un tiesto lleno de guijarros del que crecían unas hojas verdes de plástico. Me quedé allí sentada horas tras hora leyendo el ‘Reader’s Digest’. Los chistes. (…) Y pensé que todas esas cosas no parecen ser tanto la vida cuando las estás haciendo, nada más son cosas que haces, cómo llenas tus días, y siempre crees que algo va a abrirse de golpe y que te encontrarás a ti misma, en la vida. Ni siquiera es que desees especialmente que se abra, vives bastante conforme tal y como todo discurre, pero en el fondo lo esperas. Entonces te estás muriendo, mamá se está muriendo, y solo son las mismas sillas de plástico y plantas de plástico y un día normal y corriente ahí fuera con gente haciendo la compra, y lo que has vivido es lo único que hay, y darías lo que fuera por ir a la biblioteca, algo tan simple como eso, por regresar subiendo la cuesta en el autobús con libros y una bolsa de uvas. Ay, sí, darías lo que fuera por volver a ese instante.

(Págs. 123-124)

Mientras algo se abre de golpe (o no), a los lectores siempre nos quedará la posibilidad de volver, una y otra vez, a las inmensas historias breves de Alice Munro.

Algo que quería contarte
Alice Munro
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Lumen
Barcelona, Primera edición: abril de 2021
304 páginas

Voces del pasado, guías para el presente

La reivindicación del papel de los clásicos y las humanidades, en especial si se aspira a una educación plena y auténtica, es una constante en las últimas décadas y, desde el punto de vista editorial, casi un subgénero. Nombres tan conocidos como George Steiner o Harold Bloom batallaron en su defensa una y otra vez, y un libro tan sorprendentemente popular como El infinito en un junco de Irene Vallejo no es ajeno a ese espíritu.

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal de Nuccio Ordine (Diamante, 1958) es otro alegato en favor de los grandes maestros de todos los tiempos —en los agradecimientos se cita precisamente a Steiner—, pero con un enfoque original y particularmente atractivo.

Ordine, profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Calabria, publicó entre 2014 y 2015 en el semanario «Sette», del Corriere della Sera, una selección de los fragmentos de obras clásicas leídos a sus estudiantes a lo largo de los años, acompañando cada cita con unas breves notas destinadas a subrayar algún aspecto concreto de ese texto. El objetivo, como aclara en la introducción, era simplemente homenajear a esos autores y estimular la curiosidad del lector para animarlo a conocer las obras en su integridad. Los textos se compilaron en el volumen Classici per la vita, traducido por Jordi Bayod para esta versión de Acantilado —con el cuidado al que esta editorial nos tiene acostumbrados— que ya alcanza su quinta reimpresión.

En total son cincuenta los clásicos citados, en su lengua original y en español, y Ordine solo necesita una página para contextualizar cada fragmento, glosarlo y, a menudo, conectarlo con alguna de esas cuestiones que son tan actuales como intemporales, desde la avaricia y la corrupción hasta la violencia contra las mujeres o el fanatismo religioso.

Entre los autores seleccionados, abundan, como es lógico, los grecolatinos y los italianos (de Homero a Plauto, de Boccaccio a Calvino), pero otras muchas lenguas están representadas por figuras tan diversas como Yourcenar, Shakespeare, Mann, Borges, Zweig, Hikmet, Cavafis o Milosz. Es muy difícil encerrar en una cita el espíritu o el aire de una obra completa —funciona mejor en el caso de la poesía—, pero los fragmentos son siempre sugestivos. Además, en sus comentarios, Ordine consigue ser accesible sin caer en la banalidad y transmite todo su entusiasmo desde el rigor filológico e intelectual.

El resultado es una invitación convincente a emprender por fin esa lectura que uno lleva tanto tiempo postergando o a investigar sobre cierto autor desconocido (¿cuántos saben, fuera del estrecho círculo de los especialistas, de la existencia de Rutilio Namaciano?) o, incluso, a releer un título en busca de nuevos sentidos y matices.

Tres sugerencias que me han interesado especialmente son la estremecedora narración sobre Auschwitz de Primo Levi en Si esto es un hombre, las reflexiones de Montaigne en sus Ensayos sobre cómo atribuimos a la naturaleza lo que procede de la costumbre y, por último, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe, cuyo joven protagonista descubre a través de un viaje de formación la utilidad de lo inútil —que es justamente el título de la obra más conocida de Ordine, publicada en español también por Acantilado—.

El arte de vivir

Tan interesante como la selección de lecturas es la introducción del libro, con un título muy revelador: «Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos».

En menos de cuarenta páginas, Ordine desarrolla e ilustra con su experiencia docente dos ideas básicas. En primer lugar, que las grandes obras literarias o filosóficas son una fuente de placer, un vehículo para entendernos a nosotros y al mundo, «una manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro» y un estímulo para la construcción de una conciencia civil. La segunda tesis es que la función esencial de la escuela y la universidad debe ser «formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma». La enseñanza precisa, por tanto, de los clásicos, pero Ordine destaca que estos necesitan igualmente a la escuela y la universidad para tener un futuro «próspero y vital».

Ordine apunta otras muchas cuestiones de enorme interés en los debates recurrentes en España y otros países sobre el modelo educativo, como el peligro de orientar la formación exclusivamente hacia el mundo laboral, la conexión entre las disciplinas humanísticas —y el arte en general— con la creatividad, o el error que supone restringir los objetivos de la enseñanza a la simple superación de las pruebas evaluadoras.

En el centro de sus reflexiones se encuentra siempre la figura del profesor, cuya tarea exige formación y entrega a partes iguales; el apartado que Ordine dedica a la relación entre Albert Camus y el maestro de Argel que cambió su vida, Louis Germain, es tan ilustrativo como emocionante.

Por eso, cada vez estoy más convencido de que la buena escuela no la hacen ni las tablets en cada pupitre, ni la pizarra conectada a Internet, ni el director con ínfulas de manager. La buena escuela la hacen ante todo los buenos profesores. Sin embargo, la política inversora va en otra dirección: en Italia, las escuelas públicas se caen a pedazos, y el dinero que se dedica a formar óptimos profesores es irrisorio.

Pág. 22

Siguiendo el hilo de los aforismos de Nietzsche reunidos en Aurora (1881), el profesor también defiende con agudeza y pasión que el conocimiento profundo, el que va más allá de los lugares comunes y la ortodoxia dominante, exige tiempo, dedicación y esfuerzo.

De la misma manera, en las aulas de un instituto o de un centro universitario, un estudiante debería poder aprender que —contrariamente a lo que predican los gurús de la velocidad y de la hegemonía del fast en cualquier ámbito de nuestra vida— el aprendizaje requiere lentitud, reflexión, silencio, recogimiento.

Pág. 38

Los clásicos tienen mucho que decirnos sobre el arte de vivir, y estas páginas tan sustanciosas Ordine nos invita a escuchar sus voces para que dialoguemos con ellos hoy y para que seamos más libres, justos y sabios, como individuos y como sociedad, en el futuro.

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal
Nuccio Ordine
Traducción de Jordi Bayod
Acantilado (El Acantilado, 356)
Barcelona, 2017 (Tercera reimpresión: diciembre de 2018)
192 páginas

Una oscuridad familiar

Como un río caudaloso de aguas turbias, Nuestra parte de noche (Anagrama, 2019) atraviesa vastos espacios —tres continentes, cuatro décadas—, arrastra a los personajes aunque estos crean poder dominar la corriente, a veces corre de manera impetuosa y se demora otras y, bajo los reflejos hipnóticos de su superficie, esconde monstruos.

Brillante, excesiva e inolvidable, la novela constituye un hito en la ya extensa trayectoria de su autora, Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973), conocida sobre todo por colecciones de cuentos como Las cosas que perdimos en el fuego y que con esta obra ha logrado tanto el aplauso de la crítica como una legión —en este caso quizás sea más apropiado decir un culto— de nuevos lectores. (Una aclaración antes de continuar: Enriquez firma así sus libros y sus artículos, sin tilde).

En su nivel más básico, el texto puede encuadrarse en el género fantástico o, si queremos ser más precisos y nos gustan las etiquetas, en el terror de corte sobrenatural. Aunque —como ocurre a menudo con la mejor literatura— Nuestra parte de noche solo en apariencia encaja en esos moldes, pues los acaba desbordando. El argumento se centra en una sociedad secreta que desde hace siglos, a través de macabros rituales que precisan de un médium, convoca a la Oscuridad para obtener favores y, como fin último, alcanzar la inmortalidad de las conciencias.

En las más de seiscientas páginas de la novela encontramos ingredientes habituales del género: ocultismo, amuletos, un Libro sagrado abierto a interpretaciones diversas, portales a otros planos de la realidad… Además, es fácil rastrear múltiples influencias clásicas y contemporáneas: Stephen King (esa pandilla de niños ligados para siempre por una experiencia traumática que está vedada a los adultos), Emily Dickinson —el protagonista tiene mucho del Heathcliff de Cumbres borrascosas y el propio título cita un verso de la poeta—, el paganismo de Arthur Machen, el vínculo entre placer, terror y violencia en Clive Barker o, sin salir de la literatura argentina, el Ernesto Sabato de Sobre héroes y tumbas y la forma en que Julio Cortázar y Adolfo Bioy Casares hacen aflorar lo fantástico en los intersticios de lo real.

Pero la autora no solo ha leído a los maestros y se ha empapado de cultura popular, de música y de pintura y de cine, y lleva varias décadas retratando con su labor periodística el mundo que la rodea (y, a través de otro tipo de crónicas, los cementerios de muchos países), sino que lo ha procesado todo con tanto entusiasmo como rigor para dotarse de una mirada propia. En Nuestra parte de noche, Enriquez imagina con similar precisión y libertad el mundo cotidiano y el fantástico, las cataratas de Iguazú y un camino hecho de huesos, el empapelado de una habitación y los pormenores de la invocación de un espíritu, las cicatrices de los personajes y las historias fundacionales transmitidas de generación en generación, y esos dos planos se van fundiendo así con naturalidad ya desde las primeras páginas del libro.

El segundo componente del texto, su carga política, también está integrado con eficacia. El lector conoce siempre el momento histórico y el escenario en que se desenvuelve el argumento porque no son arbitrarios, sino que, muy al contrario, unos y otros se enriquecen mutuamente. Buena parte de la novela transcurre en los años de la junta militar argentina, lo que le sirve a Enriquez para explorar los nexos entre las diversas formas del poder, la riqueza y la clase social.

Los crímenes de la dictadura eran muy útiles para la Orden, proveían de cuerpos, de coartadas y de corrientes de dolor y miedo, emociones que resultaban útiles para manipular.

Pág. 156

La impunidad y la claustrofobia de esa época están retratados con mucha viveza, aunque en este terreno de la recreación histórica mis partes favoritas de la novela son las que transcurren en La Plata a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa (que, lo sea o no, suena más autobiográfica que el resto) y en el Londres de los años sesenta. Para ser más exactos, se trata del Londres de «la juventud bohemia y heredera, libertina y poderosa» que puede permitirse el lujo de combinar posiciones políticas radicales, hedonismo, promiscuidad sexual y misticismo, un universo que Enriquez recrea con pasión y casi se diría que con nostalgia, pero también con lucidez e incluso humor (un rasgo que escasea en otros momentos).

En las fiestas se hablaba de la política del pensamiento, William Blake y Hölderlin, se leía a Castaneda y a Blavatsky, se miraban cuadros de Escher para estimular los viajes, se discutía sobre ovnis y hadas en el campo. (…) Una mañana, Sandy creyó ver una luz negra, los cuervos del dios Bran, en Tower Hill. Nos pusimos alerta, pero no pasó nada. Tara, con su enorme fortuna, nos traía objetos, alfombra y ropa de Marruecos, su lugar favorito en el mundo, que no pude conocer.

Págs. 400-401

La familia y, en especial, la relación entre el padre y el hijo protagonistas del libro —dos personajes complejos, ni mucho menos heroicos— resultan en manos de Enriquez tan terroríficas y malsanas como los rituales imaginados y los crímenes históricos. El ambiente cerrado de la alta burguesía, excesivo y condenado a una decadencia tan lenta como imparable, es una constante en la literatura hispanoamericana que aquí se concreta en un árbol genealógico podrido por la maldad, el deseo enfermizo y la locura. En ese mundo de mansiones y haciendas y celebraciones a las que siempre acuden los mismos apellidos también existen el amor y el afecto, pero son fuerzas que a menudo se vuelven tóxicas y asfixiantes y pueden llegar a usarse para justificar los actos más crueles.

Con elementos tan dispares, la autora construye una historia que se toma su tiempo para revelar la trama —avanza, retrocede y salta al futuro antes de retomar el hilo— y, a veces, prima la creación de las atmósferas y los personajes, pero en general el ritmo no se resiente. Además, Enriquez usa de forma muy inteligente la estructura en seis partes para variar los registros y los puntos de vista (aunque la sección narrada en primera persona exige cierta generosidad por parte del lector) y no descuida nunca el estilo, denso y poético en algunas ocasiones, nervioso cuando es necesario, siempre plástico y sensual.

El médico tenía el pelo algo sucio y ella tuvo una sensación de asco, como si tocara accidentalmente el fondo de una olla con carne podrida.

Pág. 138

En la Oscuridad hay una atracción a la que no pueden sustraerse los personajes, aunque les produzca escalofríos y pesadillas; lo mismo ocurre con novelas como esta.

Nuestra parte de noche
Mariana Enriquez
Anagrama (Narrativas hispánicas, 636)
Barcelona, 2019 (Cuarta edición: octubre de 2020)
671 páginas

Del tren al canon: la cultura que unió a Europa

La Europa del siglo XIX puede resumirse en el tren que, cargado de dignatarios y celebridades, inauguró la línea ferroviaria París-Bruselas el 13 de junio de 1846 a la entonces asombrosa velocidad de treinta kilómetros por hora. O en el que, treinta seis años más tarde, llevó desde la capital francesa hasta San Petersburgo el féretro del más europeo de los escritores rusos de la época. O en cualquiera de los que, a lo largo de esa centuria, atravesaron el continente transportando en sus vagones a burgueses y artistas, reproducciones de cuadros y partituras, intelectuales, aristócratas, turistas, libros y periódicos, exiliados.

De un extremo a otro de esa Europa nos conduce el historiador Orlando Figes (Londres, 1959) durante más de seiscientas páginas en Los europeos (Taurus, 2020). Terminar el libro es como volver de un viaje trepidante en el que uno no solo ha visto multitud de lugares y gentes, sino que se ha impregnado del espíritu de una época de la que aún somos deudores y ha entendido mejor los enormes cambios que se concentraron en unas pocas décadas.

Como el autor explica en la introducción, en Europa ya había existido una cultura internacional entre las élites al menos desde el Renacimiento, pero fue en el siglo XIX cuando se creó una cultura de masas a escala continental debido a las transformaciones tecnológicas y económicas, del ferrocarril y el auge del sistema de libre mercado a la invención de la impresión litográfica y la fotografía. Europa se fue convirtiendo en un espacio supranacional de circulación de ideas y obras de arte y se estableció un «canon europeo», lo que explica que:

(…) en torno a 1900, en todo el continente se estuvieran leyendo los mismos libros, haciendo reproducciones de los mismos cuadros, tocando la misma música en los hogares o escuchándola en las salas de conciertos e interpretando las mismas óperas en todos los teatros más importantes de Europa.

(Pág. 26)

El texto sintetiza conocimientos de una amplitud enciclopédica (las notas ocupan casi setenta páginas y, en el apartado de los agradecimientos, aparecen citadas decenas de personas) y aborda con claridad y rigor asuntos tan variados como la transformación urbanística de las capitales europeas siguiendo el modelo del París de Napoleón III, las traducciones, el funcionamiento de la industria litográfica, la vida en los balnearios, las primeras guías turísticas, el negocio de la ópera, las novelas por entregas o la organización de los museos, por citar solo algunos.

Pero si Los europeos se lee con tanto interés no es por este caudal de información —de hecho, las partes en que se acumulan datos, fechas y nombres son las menos ágiles —, sino porque Figes lo entreteje hábilmente con escenas históricas y estampas y detalles de la vida cotidiana. El multitudinario funeral de Frédéric Chopin, los conciertos en los cafés parisinos o la Gran Exposición de Londres en 1851 son solo algunos ejemplos del talento del autor para la narración vívida y evocadora, a la que contribuyen los dibujos, grabados, fotografías y óleos que ilustran el volumen.

Con todo, el mayor acierto del ensayo —cuyo subtítulo es Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita— radica en su hilo conductor, un trío de figuras históricas que mantuvieron durante cuarenta años una relación nada convencional: Pauline Viardot (1821-1910), una de las cantantes de ópera más famosas de la época; su marido, Louis Viardot (1800-1883), experto en arte, gestor teatral y periodista, y el escritor Iván Turguénev (1818-1883), enamorado (y casi con total seguridad amante) de Pauline, además de vecino, inquilino o huésped del matrimonio, según las épocas.

Si su relación es fascinante, no lo es menos la personalidad y la biografía de cada uno: la vida de Pauline, de origen español, está a medio camino entre la truculencia de un folletín y las grandes pasiones de una de las óperas con las que conquistó los teatros del continente; Louis ejemplifica la lucha por los ideales republicanos y democráticos, las nuevas formas de gestión cultural y el creciente interés por lo español (llegó a traducir el Quijote al francés); Turguénev es el intermediario entre Rusia y Occidente y el modelo del artista capaz de echar raíces en los destinos más dispares sin romper los lazos con su país de origen, aunque sus críticos le acusaran a menudo de haberse convertido en un extranjero (Figes es conocido especialmente por sus obras sobre la historia de Rusia y la Unión Soviética, y en ese terreno se mueve con especial soltura).

Siguiendo los continuos viajes y la intensa vida social de estas tres figuras, recorremos Europa y vemos desfilar a muchos de los nombres fundamentales de la cultura europea del momento, de Rossini y Delacroix a los Strauss y los pintores impresionistas, de Dickens y George Sand a Dostoiesvski y Zola. Figes es capaz de retratarlos con unas pocas pinceladas, mostrando tanto su carácter y sus logros artísticos como sus sombras (el antisemitismo feroz de Wagner, por ejemplo, que compartía con muchos contemporáneos).

Con estos mimbres tan heterogéneos, el autor elabora un fresco amplio y equilibrado de la naciente cultura europea (que define como el «primer periodo de la globalización»), con especial atención a las formas de arte vinculadas a la reproducción mercantil: la literatura, la pintura y la música. Una de las conclusiones más llamativas que pueden extraerse del texto es la pervivencia de muchos de los cambios y fenómenos que describe: las técnicas de promoción, la lucha contra la piratería, los prejuicios contra el papel de la mujer en ámbitos como la composición musical, la adopción de estilos internacionales, la división entre la música comercial y la considerada ‘seria’… La lista sería interminable.

En el epílogo de la obra, el autor recuerda que la apertura de los países a las corrientes internacionales y cosmopolitas se vio acompañada a menudo por una reacción nacionalista en el ámbito de las artes y la política. La idea de una identidad cultural distintiva de toda Europa se quebró con la I Guerra Mundial, resurgió bajo una forma liberal y humanista en el periodo de entreguerras y volvió a saltar por los aires en 1939.

Casi todos los grandes avances de la civilización —sostiene el historiador— se han producido «cuando las personas, las ideas y las creaciones artísticas han circulado libremente entre las naciones». Una afirmación que en los últimos años muchos no han compartido, como se constató en el referéndum del Brexit. Precisamente tras el resultado favorable a la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Figes reclamó la nacionalidad alemana a la que tenía derecho como descendiente de judíos que se refugiaron en Inglaterra de la persecución de los nazis.

Espero que el libro sirva como un recordatorio de la potencia de unión que tiene la civilización europea, y que las naciones del continente corren gran riesgo al ignorar.

(Página 608)

El hecho de que alguien que conoce a fondo el pasado del continente confíe en las ventajas de la Unión Europea no parece una mala señal sobre el futuro de este proyecto en construcción.

Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita
Orlando Figes
Traducción de María Serrano
Taurus
Primera edición: junio de 2020
672 páginas

Microrretratos

Distancia

Para ellos cada día es miércoles: no pueden desprenderse de la sensación de que sus planes están a medias, pendientes, en tierra de nadie, y aunque saben que la recompensa a sus afanes no es más que un espejismo siguen avanzando, un paso tras otro, hacia allí.

Experiencias

Nadar, recorrer ciudades o novelas, automedicarse, exprimir limones: todo lo hace siempre con la misma mezcla de apatía y desesperación.

Ego

Su sorpresa era genuina cuando le reprochaban que se considerase el centro del mundo: ¿acaso no era el eje de todo lo que podía ver, oír y tocar, el origen de los pensamientos que conocía de primera mano y el sostén de un universo de miedos y entusiasmos que se extinguiría en el instante de su muerte?

Vigilante

Imagina agazapados en cada hora futura los más variados contratiempos, dificultades que se van perfilando a medida que se acercan, como una nube tóxica, y cada amenaza que frustra es una razón más para permanecer en guardia.

En un reino muy lejano

Alrededor de una hoguera o junto al fuego del hogar o a la luz de una vela, relatos muy similares se han contado en las culturas más diversas a lo largo de los siglos, transmitiéndose oralmente de generación en generación. Como apunta Stefan Zweig en «Regresar a los cuentos», uno de los textos incluidos en Encuentros con libros, «han recorrido mil caminos, han resonado en las plazas y en las casas de mil ciudades, tienen su origen en nuestra historia más antigua, por recientes que parezcan, pues florecen una y otra vez». La revalorización de los relatos populares a partir del Romanticismo permitió conservar parte de ese patrimonio, recopilado y publicado por autores como los hermanos Grimm. Son narraciones que hablan de los sueños y los miedos de la gente común, de sufrimientos y recompensas, de la posibilidad de lo extraordinario en unas vidas marcadas por las rutinas y las dificultades.

Ese acervo es de una riqueza excepcional en el caso de Rusia, como refleja El pájaro de fuego y otros cuentos rusos (Libros del zorro rojo, 2020). El volumen, exquisitamente editado, es una selección de siete de los relatos de la tradición oral que el historiador y folclorista Aleksandr Afanásiev (Boguchar, 1826-Moscú, 1871) reunió a mediados del siglo XIX. Se trata de la colección de este género más amplia que se conoce en todo el mundo y de una de las más estudiadas e influyentes —es el punto de partida, por ejemplo, del ensayo clásico «Morfología del cuento» (1928) de Vladimir Propp—.

Como explica Marcela Carranza en su clarificador prólogo, Afanásiev solo recogió directamente un porcentaje muy reducido de los más de seiscientos cuentos que publicó; la inmensa mayoría le llegó de manos de otros recopiladores, etnógrafos e intelectuales. Esta circunstancia, sin embargo, no resta valor a su trabajo, ya que Afanásiev logró salvar el folclore cuentístico ruso cuando estaba a punto de desaparecer y, además, llevó a cabo esa tarea adoptando un papel de redactor y editor, sin retocar las historias ni estilizarlas para que parecieran más literarias a ojos de la época. Una labor aún más meritoria si se considera que, debido a sus ideas progresistas y democráticas y a su interés por la cultura popular, Afanásiev tuvo que enfrentarse a la hostilidad constante de las autoridades y de la censura del régimen zarista, hasta el extremo de que se le vedó el acceso a cualquier empleo oficial y se vio obligado a vender su biblioteca personal.

Los cuentos compilados por Afanásiev pueden dividirse en tres grandes grupos: de animales, costumbristas y maravillosos. A esta última categoría se le concedía un valor especial porque se la consideraba la más antigua y a ella pertenecen los siete relatos de este libro. En ellos encontramos una y otra vez encantamientos y criaturas sobrenaturales, metamorfosis, rivalidades entre hermanos, muertes (naturales o violentas) y resurrecciones, héroes o heroínas —tanto de la nobleza como de orígenes más humildes— que se enfrentan a pruebas y a malvados enemigos hasta el invariable final feliz (que suele incluir el anuncio de que los protagonistas permanecerán unidos y sin que les falta de nada durante el resto de sus vidas). La maldad y la impaciencia se castigan; la perseverancia, el ingenio, la valentía y la compasión son siempre recompensados.

Como apunta Joaquín Fernández-Valdés en la «Nota de la traducción» que precede a los relatos, no solo la estructura narrativa es parecida en todos ellos, sino que también es habitual que una misma situación vuelva a producirse a lo largo del cuento con apenas variaciones. Incluso se repiten ciertas estructuras sintácticas y combinaciones de palabras que facilitan la memorización del texto y lo sitúan en el marco de lo maravilloso. «En un reino muy lejano» es el arranque de muchas de las historias, y también abundan los proverbios y los dichos populares y fórmulas fijadas en el folclore ruso como «ni la palabra puede expresarlo, ni la pluma reflejarlo». Todos estos rasgos se recogen en la traducción de Fernández Valdés, que ha traducido a autores como Tolstói o Turguénev y aquí logra su objetivo de «transmitir la frescura, la expresividad y el ritmo de la lengua original (…) para que estos cuentos puedan ser leídos por —y sobre todo a— los niños y niñas, y disfrutados por todos, por siempre jamás».

Ese disfrute no se ve entorpecido por la repetición de elementos y estructuras gracias a la habilidad y la imaginación con que se combinan y al uso de un lenguaje en apariencia sencillo y directo, pero muy sugerente y musical. Hay un encanto único en la naturalidad con que se cuenta lo más prodigioso y en la forma en que se entretejen lo ordinario y lo fantástico, lo crudo y lo poético. En «La patita blanca», una princesa convertida en ese animal por una bruja pone tres huevos de los que nacen sus hijos, que se dedican a «corretear por el río, a pescar pececillos dorados, a recoger retazos de tela para hacerse caftanes, a saltar por la orilla y a contemplar los prados». Y en «La pluma de Fínist», por citar otro ejemplo, una joven consigue recuperar a su amado, que se ha casado con la hija del zar, gracias a que regatea con esta para poder verlo mientras duerme y, al acariciarle la cabeza, le quita el alfiler mágico que le impedía despertarse.

Quizás «Vasilisa la Bella» sea la mejor muestra de la belleza genuina y nada edulcorada de estos cuentos, con su original premisa —en su lecho de muerte, una mujer deja a su hija de ocho años, Vasilisa, una muñeca que ofrece ayuda y consejo a cambio de comida—, una protagonista más astuta de lo que aparenta y unos personajes secundarios tan pérfidos como los de «La Cenicienta». El relato, además, está recorrido por brillantes imágenes del mundo natural, personificado en tres jinetes y, sobre todo, en Baba Yagá, una bruja caníbal que vive en las profundidades del bosque, en una cabaña rodeada por una cerca de huesos humanos coronados con calaveras.

Y se hizo de noche. Pero la oscuridad no duró demasiado: a todas las calaveras de la cerca se les iluminaron los ojos, con lo que el claro del bosque se llenó de luz, como si fuera de día. Vasilisa temblaba de miedo, pero, como no sabía hacia dónde huir, no se movió de donde se encontraba.
Al poco rato se oyó un ruido terrible: los árboles crujieron, las hojas secas crepitaron y del bosque salió Baba Yagá montada en un mortero al que arreaba con un macillo mientras que con una escoba iba borrando las huellas que dejaba.

(Pág. 43)

La edición de Libros del zorro rojo se completa con las míticas ilustraciones que Iván Bilibin (San Petersburgo, 1876-Leningrado, 1942) realizó a caballo entre los siglos XIX y XX para algunos de los cuentos recogidos por Afanásiev.

Bilibin, uno de los fundadores del arte gráfico ruso y diseñador escénico de óperas y ballets, combina de una forma personalísima el dibujo bien definido con el gusto del art nouveau por lo decorativo y la estilización y con los colores planos de las estampas japonesas. Sus ilustraciones, como las historias a las que acompañan, nos trasladan a tiempos remotos, a reinos de magia y asombro donde las familias y los amantes se reencuentran y viven en amor y armonía hasta el final de sus días.

El pájaro de fuego y otros cuentos rusos
Aleksandr Afanásiev
Traducción de Joaquín Fernández-Valdés
Ilustraciones de Iván Bilibin
Libros del zorro rojo
Primera edición: octubre de 2020
96 páginas

Geografía de las catástrofes

Uno de los placeres de la lectura es encontrar puentes entre textos dispares, correspondencias evidentes y otras más sutiles, ecos premeditados o inconscientes. En mi experiencia, ese placer es aún mayor si uno descubre esas conexiones de un modo inesperado, lo que constituye una prueba más de que, en muchos ámbitos de la vida, la casualidad es más decisiva de lo que nos gusta reconocer.

Cómo reaccionamos ante una catástrofe, qué revela esa respuesta de nosotros como individuos y como sociedad, qué aprendemos de esas experiencias (si es que aprendemos algo): ese el nexo de tres de mis lecturas más recientes, en apariencia muy distintas. Se trata de un clásico de la literatura inglesa que, por razones obvias, ha cobrado en 2020 un interés especial —Diario del año de la peste, de Daniel Defoe— y de dos novedades editoriales del otoño: la última —y apocalíptica— novela de Don DeLillo (El silencio) y un conjunto de ensayos escritos por Zadie Smith en los primeros meses de la pandemia (Contemplaciones). Son tres libros espléndidos, cada uno a su manera, que además se iluminan y enriquecen mutuamente.

En Diario del año de la peste (A Journal of the Plague Year, en el original), la tragedia colectiva es la gran epidemia de peste bubónica que sufrió Londres en 1665 y que pudo matar hasta a cien mil personas, casi una cuarta parte de la población, en un período de dieciocho meses. Defoe (Londres, 1660-1731) sobrevivió de niño a la epidemia, pero cuando escribió la obra en 1722 la presentó como las memorias de un comerciante y disidente de la Iglesia anglicana que habría permanecido en la capital durante todo el brote.

La estupenda versión de la novela publicada por Alba Clásica —mi edición es de marzo de 2006, la más reciente ha aparecido este año— incluye una perspicaz introducción de Anthony Burgess en la que destaca que el Diario parece la narración coloquial y apresurada de un simple ciudadano pero, en realidad, es «una obra de arte muy elaborada, un ardid de la imaginación».

En efecto, Defoe consigue dotar de verosimilitud a la voz del comerciante al entremezclar su visión de los hechos, sus reflexiones, las historias y rumores que le cuentan y los documentos históricos que maneja, saltando de unos a otros sin un orden claro, volviendo a ciertos asuntos repetidamente, matizando y corrigiendo, juzgándolo todo con más compasión que severidad.

Además, el autor de Robinson Crusoe combina con maestría los casos particulares y el protagonismo de la ciudad y retrata un abanico enorme de actitudes, del pánico al fatalismo, de los comportamientos más egoístas a las mayores muestras de heroicidad. Resulta tentador centrarse en los paralelismos con el presente: los ricos huyen de Londres, se multiplican las supersticiones y las supercherías, no hay registros creíbles sobre los contagiados y los fallecidos… Fragmentos enteros podrían estar fechados un día cualquiera de este año (la traducción —modélica— es de Carlos Pujol):

La reclusión de la gente fue más estricta; lo cual fue algo que tomaron tan a mal y soportaron con tanta impaciencia que sus demostraciones de descontento apenas son para describirlas.

(pág. 278)

Sin embargo, sería injusto ignorar los siglos de avances científicos y sociales que nos separan de un tiempo en el que se confiaba la suerte de los enfermos a la voluntad divina y la caridad, y el Diario no nos ahorra detalles sobre el sufrimiento y la desesperación de los contagiados.

En el caso de El silencio (Seix Barral, 2020), el caos irrumpe en forma de apagón digital que inutiliza las televisiones y los teléfonos, los ordenadores y los sistemas de navegación. Frente a la pretensión del Diario de abarcar toda la epidemia y una ciudad entera, El silencio se centra en unas pocas horas y un puñado de personajes y lugares (la mayor parte de la historia transcurre en un apartamento de Manhattan). Y si en la novela de Defoe abundaban las reacciones extremas, en esta predominan la extrañeza y el desconcierto: ¿cómo se relaciona uno con los demás y con el propio cuerpo cuando desaparece la tecnología en que se basa nuestro contacto con el mundo?

Autor esencial de la narrativa estadounidense del último medio siglo y un nombre habitual entre los candidatos al Nobel de Literatura, De Lillo (Nueva York, 1936) vuelve a demostrar su dominio de la prosa estilizada, a la vez absolutamente precisa y cargada de ideas y sugerencias, atemporal en su retrato de las emociones humanas y radicalmente moderna en su reflejo de los miedos y obsesiones de la aldea global e interconectada. Uno solo puede imaginarse la dificultad de traducir un texto tan rico y complejo, tarea que Javier Calvo resuelve con su brillantez habitual.

Siguiendo la tendencia de sus últimas obras, el autor de Ruido de fondo y Submundo condensa en un centenar de páginas la ansiedad de un mundo que avanza acelerado hacia no se sabe dónde. Concluido por DeLillo poco antes del comienzo de la pandemia del COVID-19, el libro es al mismo tiempo una profecía y una actualización de toda la literatura que, como la crónica de Defoe, o La peste, de Albert Camus, o Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, muestra un universo sometido a amenazas invisibles y desgracias repentinas.

Ciberataques, intrusiones digitales, agresiones biológicas. Ántrax, viruela, patógenos. Los muertos y los inválidos. ¿Hambrunas, plagas y qué más?

(Pág. 83)

Nueva York es también un escenario central de los seis ensayos breves que componen Contemplaciones (Salamandra, 2020; el título original es Intimations). Zadie Smith (Londres, 1975), uno de los nombres más reconocidos de su generación gracias a títulos como Dientes blancos y Sobre la belleza, es profesora de narrativa en la Universidad de Nueva York, y en esa ciudad la sorprendió la pandemia.

En el prólogo, que Smith firma ya en Londres —casi trescientos años después que Defoe escribiera allí su relato sobre otra pandemia—, la autora explica que el volumen es un intento de organizar algunos sentimientos y reflexiones de los últimos meses. Además, cita la influencia en su génesis de la relectura al comienzo de la crisis de las Meditaciones de Marco Aurelio (la traducción, otro ejemplo de precisión y fluidez, es de Eugenia Vázquez Nacarino):

(…) Aunque no soy más estoica que antes de abrir ese antiquísimo libro, me dio dos indicaciones que no tienen precio: hablar contigo mismo a veces ayuda y escribir significa que alguien puede oírte.

(Pág. 12)

La obra —cuyos beneficios se destinan a organizaciones sin ánimo de lucro— es un ejercicio de observación e inteligencia constantes que se mueve con fluidez entre el diario personal, el análisis sociológico y la denuncia política para hablar del confinamiento, el racismo, la sanidad o el sentido de la escritura, entre otros temas.

La voz de Smith suena clara y racional, pero no habla desde un púlpito ni profetiza, y una suave ironía da calidez a las páginas; plantea cuestiones morales que no tienen una solución fácil (por ejemplo, cómo podemos gestionar nuestra nueva relación con el tiempo y la necesidad de hacer algo), y su lucidez desemboca a veces en un desencanto que, sin embargo, no excluye ni la empatía ni la gratitud —el último texto es un homenaje a todas las personas con las que se siente en deuda—.

Como el Diario y El silencio, Contemplaciones nos recuerda en cada página la ligazón entre lo particular y lo colectivo, entre la respuesta de cada individuo y el destino del mundo. Porque, siguiendo la conocida metáfora del poeta John Donne, en las catástrofes, como en la literatura, no hay islas, solo partes de un mismo continente.

Diario del año de la peste
Daniel Defoe
Traducción de Carlos Pujol
Alba Editorial
Barcelona, 2006
408 páginas

El silencio
Don DeLillo
Traducción de Javier Calvo
Seix Barral
Barcelona, 2020
112 páginas

Contemplaciones
Zadie Smith
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Salamandra
Barcelona, 2020
128 páginas

El milagro que somos

A lo largo de la vida ingerimos una cantidad de alimentos equivalente a sesenta coches de tamaño pequeño. El cerebro nos engaña de manera constante en nuestro beneficio. Una de las razones por las que la Mona Lisa nos resulta enigmática es que carece de cejas. La forma redondeada del vientre de los bebés se debe a que su hígado es desproporcionadamente grande. Hasta tiempos recientes, ningún otro animal en la Tierra tenía más probabilidades de morir en el parto que un humano. Lo primero que hacemos al dejar de contener la respiración no es inspirar, sino dar un soplido para librarnos del dióxido de carbono.

Estos son solo unos pocos ejemplos del caudal de información que contiene El cuerpo humano. Guía para ocupantes (RBA Libros, 2020), un recorrido fascinante por nuestra anatomía y habilidades, de los genes a la digestión o el sistema inmunitario, de la concepción a la muerte. Su autor, Bill Bryson (Des Moines, Iowa, 1951), es conocido especialmente por otro título de divulgación científica, Una breve historia de casi todo, aunque ha publicado también libros de historia y de viajes y sobre la lengua inglesa. En su nuevo trabajo, Bryson repite la fórmula y las virtudes que han convertido a Una breve historia de casi todo en una de las obras más exitosas en su género del siglo XIX: cada uno de los veintitrés capítulos sintetiza el conocimiento sobre un ámbito concreto de manera accesible y rigurosa y siguiendo un hilo narrativo que combina datos, referencias históricas y experiencias personales.

Cada apartado es también una demostración de la amplitud de la curiosidad y la cultura científica de Bryson, así como de su sentido del humor y de su habilidad para encarar hasta los asuntos más trillados desde un ángulo inesperado (e incluso extrañamente poético), como en este fragmento sobre la superficie más externa de la piel:

Perdemos piel de manera copiosa, casi irresponsable: unos 25.000 «copos» por minuto, es decir, más de un millón por hora. Si pasa el dedo por un estante polvoriento, en gran medida estará abriendo camino a través de fragmentos de su antiguo yo. Nos convertimos en polvo de forma tan discreta como implacable.

Pág. 20

El atractivo del libro —traducido al español por Francisco J. Ramos Mena en una labor encomiable— se completa con una serie de fotografías e ilustraciones de gran valor histórico y, al final del volumen, con un completo aparato de notas, la bibliografía y un índice analítico y de nombres muy útil.

El viaje que Bryson traza a través de las piezas que nos componen y las facultades que nos proporcionan no se reduce a un rosario de curiosidades y apuntes sorprendentes. El libro nos recuerda, en primer lugar, que lo que sabemos del cuerpo es casi inabarcable y que no es menos inmenso lo que aún ignoramos. Los científicos no han logrado desentrañar por completo cuestiones tan básicas como la causa de las alergias y el asma y su incidencia creciente; la utilidad del sueño, las huellas dactilares, las amígdalas o las lágrimas emocionales —somos las únicas criaturas que lloran por sentimiento—; cuántas hormonas existen, o qué desencadena la menopausia. Como apunta Bryson: «Nuestro cuerpo es un universo de misterio: gran parte de lo que sucede encima y dentro de él se produce por razones que desconocemos, seguramente muchas veces porque no las hay».

Pero es aún más llamativo comprobar que en muy poco tiempo, a veces en solo unas décadas, la ciencia ha conseguido descifrar las claves de realidades que parecían exceder el alcance de la razón, lo que se ha traducido en avances tan trascendentales como las vacunas, los antibióticos o los trasplantes de órganos. Solo en el siglo XX, la esperanza de vida experimentó un aumento equiparable al del conjunto de los ocho mil años anteriores, según cálculos citados por Bryson (que subraya que ese incremento varía notablemente según los países y los niveles de renta).

La lectura ofrece también una visión muy interesante del progreso científico a través del retrato de investigadores actuales y del pasado, desde figuras conocidas universalmente hasta muchas otras tratadas de un modo injusto en su época u olvidadas más tarde, como Nettie Stevens, descubridora del cromosoma Y. La labor de los investigadores ha exigido siempre constancia y una dedicación que ha llegado en ocasiones a comprometer su salud (Bryson homenajea a los patólogos y parasitólogos que, a finales del siglo XIX y principios del XX, con frecuencia perdieron la vida en su lucha contra algunas de las enfermedades más terribles del mundo). Pero en la ciencia moderna esa entrega no basta para que un hallazgo fructifique, son igualmente imprescindibles las contribuciones de otros investigadores, el respaldo de la comunidad científica, su puesta en marcha mediante programas de salud pública… Incluso el azar puede desempeñar un papel crucial —aunque no suficiente—, como ocurrió en el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming (y ahora con la vacuna contra el COVID-19 de AstraZeneca y Oxford).

El cuerpo humano revela cómo los científicos han tenido que enfrentarse, además, a intereses económicos tan poderosos como los de la industria tabaquera, así como al peso de las tradiciones equivocadas y de los prejuicios (incluidos los propios: por sorprendente que parezca, la historia ha demostrado que en muchas cabezas una gran inteligencia convive con el racismo y el machismo más recalcitrantes y con supersticiones propias de charlatanes de feria). Es un mundo de sacrificios y egos desmedidos, de generosidad y competencia, tan heroico a veces como brutal otras.

La conclusión más evidente, aunque no menos asombrosa, del libro es que, pese a sus imperfecciones y su fecha de caducidad, nuestros cuerpos son un prodigio. Existen pocas cosas en el universo que alcancen la complejidad del cerebro humano, o que estén dotadas de un diseño tan eficiente como las manos, o que combinen fuerza y ligereza como lo hacen nuestros huesos. Y la sensación de maravilla no disminuye al reducir la escala hasta lo más pequeño: como señala Bryson, somos una colección de componentes inertes, la suma de siete mil cuatrillones de átomos organizados en ADN, células, sistemas y estructuras que operan en sincronía más o menos perfecta durante décadas, y todo ello a pesar de que nuestros hábitos no son a menudo saludables y de que nuestros genes provienen de ancestros que durante la mayor parte del tiempo ni siquiera fueron humanos.

El milagro de la vida humana no es que tengamos algunas debilidades, sino que no nos veamos superados por ellas. (…) Iniciamos nuestro viaje a través de la historia en forma de gotas unicelulares flotando en mares cálidos y poco profundos. Desde entonces todo ha sido un accidente prolongado e interesante, pero a la vez extremadamente glorioso (…)

Pág. 18

No parece menos milagroso que hayamos empezado a comprender la materia de la que estamos hecho y que, a través de las palabras, podamos compartir ese conocimiento.

El cuerpo humano. Guía para ocupantes
Bill Bryson
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
RBA Libros
Barcelona, 2020
508 páginas