Voces del pasado, guías para el presente

La reivindicación del papel de los clásicos y las humanidades, en especial para lograr una educación plena y auténtica, es una constante en las últimas décadas y, desde el punto de vista editorial, casi un subgénero. Nombres tan conocidos como George Steiner o Harold Bloom batallaron en su defensa una y otra vez, y un libro tan sorprendentemente popular como El infinito en un junco de Irene Vallejo no es ajeno a ese espíritu.

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal de Nuccio Ordine (Diamante, 1958) es otro alegato en favor de los grandes maestros de todos los tiempos —en los agradecimientos se cita precisamente a Steiner—, pero con un enfoque original y particularmente atractivo.

Ordine, profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Calabria, publicó entre 2014 y 2015 en el semanario «Sette», del Corriere della Sera, una selección de los fragmentos de obras clásicas leídos a sus estudiantes a lo largo de los años, acompañando cada cita con unas breves notas destinadas a subrayar algún aspecto concreto de ese texto. El objetivo, como aclara en la introducción, era simplemente homenajear a esos autores y estimular la curiosidad del lector para animarlo a conocer las obras en su integridad. Los textos se compilaron en el volumen Classici per la vita, traducido por Jordi Bayod para esta versión de Acantilado —con el cuidado al que esta editorial nos tiene acostumbrados— que ya alcanza su quinta reimpresión.

En total son cincuenta los clásicos citados, en su lengua original y en español, y Ordine solo necesita una página para contextualizar cada fragmento, glosarlo y, a menudo, conectarlo con alguna de esas cuestiones que son tan actuales como intemporales, desde la avaricia y la corrupción hasta la violencia contra las mujeres o el fanatismo religioso.

Entre los autores seleccionados, abundan, como es lógico, los grecolatinos y los italianos (de Homero a Plauto, de Boccaccio a Calvino), pero otras muchas lenguas están representadas por figuras tan diversas como Yourcenar, Shakespeare, Mann, Borges, Zweig, Hikmet, Cavafis o Milosz. Es muy difícil encerrar en una cita el espíritu o el aire de una obra completa —funciona mejor en el caso de la poesía—, pero los fragmentos son siempre sugestivos. Además, en sus comentarios, Ordine consigue ser accesible sin caer en la banalidad y transmite todo su entusiasmo desde el rigor filológico e intelectual.

El resultado es una invitación convincente a emprender por fin esa lectura que uno lleva tanto tiempo postergando o a investigar sobre cierto autor desconocido (¿cuántos saben, fuera del estrecho círculo de los especialistas, de la existencia de Rutilio Namaciano?) o, incluso, a releer un título en busca de nuevos sentidos y matices.

Tres sugerencias que me han interesado especialmente son la estremecedora narración sobre Auschwitz de Primo Levi en Si esto es un hombre, las reflexiones de Montaigne en sus Ensayos sobre cómo atribuimos a la naturaleza lo que procede de la costumbre y, por último, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister de Goethe, cuyo joven protagonista descubre a través de un viaje de formación la utilidad de lo inútil —que es justamente el título de la obra más conocida de Ordine, publicada en español también por Acantilado—.

El arte de vivir

Tan interesante como la selección de lecturas es la introducción del libro, con un título muy revelador: «Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos».

En menos de cuarenta páginas, Ordine desarrolla dos ideas básicas. En primer lugar, que las grandes obras literarias o filosóficas son una fuente de placer, un vehículo para entendernos a nosotros y al mundo, «una manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro» y un estímulo para la construcción de una conciencia civil. La segunda tesis es que la función esencial de la escuela y la universidad debe ser «formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma». La enseñanza precisa, por tanto, de los clásicos, pero Ordine destaca que estos necesitan igualmente a la escuela y la universidad para tener un futuro «próspero y vital».

Ordine apunta otras muchas cuestiones de enorme interés en los debates recurrentes en España y otros países sobre el modelo educativo, como el peligro de orientar la formación exclusivamente hacia el mundo laboral, la conexión entre las disciplinas humanísticas —y el arte en general— con la creatividad, o el error que supone restringir los objetivos de la enseñanza a la simple superación de las pruebas evaluadoras.

En el centro de sus reflexiones se encuentra siempre la figura del profesor, cuya tarea exige formación y entrega a partes iguales; el apartado que Ordine dedica a la relación entre Albert Camus y el maestro de Argel que cambió su vida, Louis Germain, es tan ilustrativo como emocionante.

Por eso, cada vez estoy más convencido de que la buena escuela no la hacen ni las tablets en cada pupitre, ni la pizarra conectada a Internet, ni el director con ínfulas de manager. La buena escuela la hacen ante todo los buenos profesores. Sin embargo, la política inversora va en otra dirección: en Italia, las escuelas públicas se caen a pedazos, y el dinero que se dedica a formar óptimos profesores es irrisorio.

Pág. 22

Siguiendo el hilo de los aforismos de Nietzsche reunidos en Aurora (1881), el profesor también defiende con agudeza y pasión que el conocimiento profundo, el que va más allá de los lugares comunes y la ortodoxia dominante, exige tiempo, dedicación y esfuerzo.

De la misma manera, en las aulas de un instituto o de un centro universitario, un estudiante debería poder aprender que —contrariamente a lo que predican los gurús de la velocidad y de la hegemonía del fast en cualquier ámbito de nuestra vida— el aprendizaje requiere lentitud, reflexión, silencio, recogimiento.

Pág. 38

Los clásicos tienen mucho que decirnos sobre el arte de vivir, y estas páginas tan sustanciosas Ordine nos invita a escuchar sus voces para que dialoguemos con ellos hoy y para que seamos más libres, justos y sabios, como individuos y como sociedad, en el futuro.

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal
Nuccio Ordine
Traducción de Jordi Bayod
Acantilado (El Acantilado, 356)
Barcelona, 2017 (Tercera reimpresión: diciembre de 2018)
192 páginas

Del tren al canon: la cultura que unió Europa

La Europa del siglo XIX puede resumirse en el tren que, cargado de dignatarios y celebridades, inauguró la línea ferroviaria París-Bruselas el 13 de junio de 1846 a la entonces asombrosa velocidad de treinta kilómetros por hora. O en el que, treinta seis años más tarde, llevó desde la capital francesa hasta San Petersburgo el féretro del más europeo de los escritores rusos de la época. O en cualquiera de los que, a lo largo de esa centuria, atravesaron el continente transportando en sus vagones a burgueses y artistas, reproducciones de cuadros y partituras, intelectuales, aristócratas, turistas, libros y periódicos, exiliados.

De un extremo a otro de esa Europa nos conduce el historiador Orlando Figes (Londres, 1959) durante más de seiscientas páginas en Los europeos (Taurus, 2020). Terminar el libro es como volver de un viaje trepidante en el que uno no solo ha visto multitud de lugares y gentes, sino que se ha impregnado del espíritu de una época de la que aún somos deudores y ha entendido mejor los enormes cambios que se concentraron en unas pocas décadas.

Como el autor explica en la introducción, en Europa ya había existido una cultura internacional entre las élites al menos desde el Renacimiento, pero fue en el siglo XIX cuando se creó una cultura de masas a escala continental debido a las transformaciones tecnológicas y económicas, del ferrocarril y el auge del sistema de libre mercado a la invención de la impresión litográfica y la fotografía. Europa se fue convirtiendo en un espacio supranacional de circulación de ideas y obras de arte y se estableció un «canon europeo», lo que explica que:

(…) en torno a 1900, en todo el continente se estuvieran leyendo los mismos libros, haciendo reproducciones de los mismos cuadros, tocando la misma música en los hogares o escuchándola en las salas de conciertos e interpretando las mismas óperas en todos los teatros más importantes de Europa.

(Pág. 26)

El texto sintetiza conocimientos de una amplitud enciclopédica (las notas ocupan casi setenta páginas y, en el apartado de los agradecimientos, aparecen citadas decenas de personas) y aborda con claridad y rigor asuntos tan variados como la transformación urbanística de las capitales europeas siguiendo el modelo del París de Napoleón III, las traducciones, el funcionamiento de la industria litográfica, la vida en los balnearios, las primeras guías turísticas, el negocio de la ópera, las novelas por entregas o la organización de los museos, por citar solo algunos.

Pero si Los europeos se lee con tanto interés no es por este caudal de información —de hecho, las partes en que se acumulan datos, fechas y nombres son las menos ágiles —, sino porque Figes lo entreteje hábilmente con escenas históricas y estampas y detalles de la vida cotidiana. El multitudinario funeral de Frédéric Chopin, los conciertos en los cafés parisinos o la Gran Exposición de Londres en 1851 son solo algunos ejemplos del talento del autor para la narración vívida y evocadora, a la que contribuyen los dibujos, grabados, fotografías y óleos que ilustran el volumen.

Con todo, el mayor acierto del ensayo —cuyo subtítulo es Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita— radica en su hilo conductor, un trío de figuras históricas que mantuvieron durante cuarenta años una relación nada convencional: Pauline Viardot (1821-1910), una de las cantantes de ópera más famosas de la época; su marido, Louis Viardot (1800-1883), experto en arte, gestor teatral y periodista, y el escritor Iván Turguénev (1818-1883), enamorado (y casi con total seguridad amante) de Pauline, además de vecino, inquilino o huésped del matrimonio, según las épocas.

Si su relación es fascinante, no lo es menos la personalidad y la biografía de cada uno: la vida de Pauline, de origen español, está a medio camino entre la truculencia de un folletín y las grandes pasiones de una de las óperas con las que conquistó los teatros del continente; Louis ejemplifica la lucha por los ideales republicanos y democráticos, las nuevas formas de gestión cultural y el creciente interés por lo español (llegó a traducir el Quijote al francés); Turguénev es el intermediario entre Rusia y Occidente y el modelo del artista capaz de echar raíces en los destinos más dispares sin romper los lazos con su país de origen, aunque sus críticos le acusaran a menudo de haberse convertido en un extranjero (Figes es conocido especialmente por sus obras sobre la historia de Rusia y la Unión Soviética, y en ese terreno se mueve con especial soltura).

Siguiendo los continuos viajes y la intensa vida social de estas tres figuras, recorremos Europa y vemos desfilar a muchos de los nombres fundamentales de la cultura europea del momento, de Rossini y Delacroix a los Strauss y los pintores impresionistas, de Dickens y George Sand a Dostoiesvski y Zola. Figes es capaz de retratarlos con unas pocas pinceladas, mostrando tanto su carácter y sus logros artísticos como sus sombras (el antisemitismo feroz de Wagner, por ejemplo, que compartía con muchos contemporáneos).

Con estos mimbres tan heterogéneos, el autor elabora un fresco amplio y equilibrado de la naciente cultura europea (que define como el «primer periodo de la globalización»), con especial atención a las formas de arte vinculadas a la reproducción mercantil: la literatura, la pintura y la música. Una de las conclusiones más llamativas que pueden extraerse del texto es la pervivencia de muchos de los cambios y fenómenos que describe: las técnicas de promoción, la lucha contra la piratería, los prejuicios contra el papel de la mujer en ámbitos como la composición musical, la adopción de estilos internacionales, la división entre la música comercial y la considerada ‘seria’… La lista sería interminable.

En el epílogo de la obra, el autor recuerda que la apertura de los países a las corrientes internacionales y cosmopolitas se vio acompañada a menudo por una reacción nacionalista en el ámbito de las artes y la política. La idea de una identidad cultural distintiva de toda Europa se quebró con la I Guerra Mundial, resurgió bajo una forma liberal y humanista en el periodo de entreguerras y volvió a saltar por los aires en 1939.

Casi todos los grandes avances de la civilización —sostiene el historiador— se han producido «cuando las personas, las ideas y las creaciones artísticas han circulado libremente entre las naciones». Una afirmación que en los últimos años muchos no han compartido, como se constató en el referéndum del Brexit. Precisamente tras el resultado favorable a la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Figes reclamó la nacionalidad alemana a la que tenía derecho como descendiente de judíos que se refugiaron en Inglaterra de la persecución de los nazis.

Espero que el libro sirva como un recordatorio de la potencia de unión que tiene la civilización europea, y que las naciones del continente corren gran riesgo al ignorar.

(Página 608)

El hecho de que alguien que conoce a fondo el pasado del continente confíe en las ventajas de la Unión Europea no parece una mala señal sobre el futuro de este proyecto en construcción.

Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita
Orlando Figes
Traducción de María Serrano
Taurus
Primera edición: junio de 2020
672 páginas

Geografía de las catástrofes

Uno de los placeres de la lectura es encontrar puentes entre textos dispares, correspondencias evidentes y otras más sutiles, ecos premeditados o inconscientes. En mi experiencia, ese placer es aún mayor si uno descubre esas conexiones de un modo inesperado, lo que constituye una prueba más de que, en muchos ámbitos de la vida, la casualidad es más decisiva de lo que nos gusta reconocer.

Cómo reaccionamos ante una catástrofe, qué revela esa respuesta de nosotros como individuos y como sociedad, qué aprendemos de esas experiencias (si es que aprendemos algo): ese el nexo de tres de mis lecturas más recientes, en apariencia muy distintas. Se trata de un clásico de la literatura inglesa que, por razones obvias, ha cobrado en 2020 un interés especial —Diario del año de la peste, de Daniel Defoe— y de dos novedades editoriales del otoño: la última —y apocalíptica— novela de Don DeLillo (El silencio) y un conjunto de ensayos escritos por Zadie Smith en los primeros meses de la pandemia (Contemplaciones). Son tres libros espléndidos, cada uno a su manera, que además se iluminan y enriquecen mutuamente.

En Diario del año de la peste (A Journal of the Plague Year, en el original), la tragedia colectiva es la gran epidemia de peste bubónica que sufrió Londres en 1665 y que pudo matar hasta a cien mil personas, casi una cuarta parte de la población, en un período de dieciocho meses. Defoe (Londres, 1660-1731) sobrevivió de niño a la epidemia, pero cuando escribió la obra en 1722 la presentó como las memorias de un comerciante y disidente de la Iglesia anglicana que habría permanecido en la capital durante todo el brote.

La estupenda versión de la novela publicada por Alba Clásica —mi edición es de marzo de 2006, la más reciente ha aparecido este año— incluye una perspicaz introducción de Anthony Burgess en la que destaca que el Diario parece la narración coloquial y apresurada de un simple ciudadano pero, en realidad, es “una obra de arte muy elaborada, un ardid de la imaginación”.

En efecto, Defoe consigue dotar de verosimilitud a la voz del comerciante al entremezclar su visión de los hechos, sus reflexiones, las historias y rumores que le cuentan y los documentos históricos que maneja, saltando de unos a otros sin un orden claro, volviendo a ciertos asuntos repetidamente, matizando y corrigiendo, juzgándolo todo con más compasión que severidad.

Además, el autor de Robinson Crusoe combina con maestría los casos particulares y el protagonismo de la ciudad y retrata un abanico enorme de actitudes, del pánico al fatalismo, de los comportamientos más egoístas a las mayores muestras de heroicidad. Resulta tentador centrarse en los paralelismos con el presente: los ricos huyen de Londres, se multiplican las supersticiones y las supercherías, no hay registros creíbles sobre los contagiados y los fallecidos… Fragmentos enteros podrían estar fechados un día cualquiera de este año (la traducción —modélica— es de Carlos Pujol):

La reclusión de la gente fue más estricta; lo cual fue algo que tomaron tan a mal y soportaron con tanta impaciencia que sus demostraciones de descontento apenas son para describirlas.

(pág. 278)

Sin embargo, sería injusto ignorar los siglos de avances científicos y sociales que nos separan de un tiempo en el que se confiaba la suerte de los enfermos a la voluntad divina y la caridad, y el Diario no nos ahorra detalles sobre el sufrimiento y la desesperación de los contagiados.

En el caso de El silencio (Seix Barral, 2020), el caos irrumpe en forma de apagón digital que inutiliza las televisiones y los teléfonos, los ordenadores y los sistemas de navegación. Frente a la pretensión del Diario de abarcar toda la epidemia y una ciudad entera, El silencio se centra en unas pocas horas y un puñado de personajes y lugares (la mayor parte de la historia transcurre en un apartamento de Manhattan). Y si en la novela de Defoe abundaban las reacciones extremas, en esta predominan la extrañeza y el desconcierto: ¿cómo se relaciona uno con los demás y con el propio cuerpo cuando desaparece la tecnología en que se basa nuestro contacto con el mundo?

Autor esencial de la narrativa estadounidense del último medio siglo y un nombre habitual entre los candidatos al Nobel de Literatura, De Lillo (Nueva York, 1936) vuelve a demostrar su dominio de la prosa estilizada, a la vez absolutamente precisa y cargada de ideas y sugerencias, atemporal en su retrato de las emociones humanas y radicalmente moderna en su reflejo de los miedos y obsesiones de la aldea global e interconectada. Uno solo puede imaginarse la dificultad de traducir un texto tan rico y complejo, tarea que Javier Calvo resuelve con su brillantez habitual.

Siguiendo la tendencia de sus últimas obras, el autor de Ruido de fondo y Submundo condensa en un centenar de páginas la ansiedad de un mundo que avanza acelerado hacia no se sabe dónde. Concluido por DeLillo poco antes del comienzo de la pandemia del COVID-19, el libro es al mismo tiempo una profecía y una actualización de toda la literatura que, como la crónica de Defoe, o La peste, de Albert Camus, o Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, muestra un universo sometido a amenazas invisibles y desgracias repentinas.

Ciberataques, intrusiones digitales, agresiones biológicas. Ántrax, viruela, patógenos. Los muertos y los inválidos. ¿Hambrunas, plagas y qué más?

(Pág. 83)

Nueva York es también un escenario central de los seis ensayos breves que componen Contemplaciones (Salamandra, 2020; el título original es Intimations). Zadie Smith (Londres, 1975), uno de los nombres más reconocidos de su generación gracias a títulos como Dientes blancos y Sobre la belleza, es profesora de narrativa en la Universidad de Nueva York, y en esa ciudad la sorprendió la pandemia.

En el prólogo, que Smith firma ya en Londres —casi trescientos años después que Defoe escribiera allí su relato sobre otra pandemia—, la autora explica que el volumen es un intento de organizar algunos sentimientos y reflexiones de los últimos meses. Además, cita la influencia en su génesis de la relectura al comienzo de la crisis de las Meditaciones de Marco Aurelio (la traducción, otro ejemplo de precisión y fluidez, es de Eugenia Vázquez Nacarino):

(…) Aunque no soy más estoica que antes de abrir ese antiquísimo libro, me dio dos indicaciones que no tienen precio: hablar contigo mismo a veces ayuda y escribir significa que alguien puede oírte.

(Pág. 12)

La obra —cuyos beneficios se destinan a organizaciones sin ánimo de lucro— es un ejercicio de observación e inteligencia constantes que se mueve con fluidez entre el diario personal, el análisis sociológico y la denuncia política para hablar del confinamiento, el racismo, la sanidad o el sentido de la escritura, entre otros temas.

La voz de Smith suena clara y racional, pero no habla desde un púlpito ni profetiza, y una suave ironía da calidez a las páginas; plantea cuestiones morales que no tienen una solución fácil (por ejemplo, cómo podemos gestionar nuestra nueva relación con el tiempo y la necesidad de hacer algo), y su lucidez desemboca a veces en un desencanto que, sin embargo, no excluye ni la empatía ni la gratitud —el último texto es un homenaje a todas las personas con las que se siente en deuda—.

Como el Diario y El silencio, Contemplaciones nos recuerda en cada página la ligazón entre lo particular y lo colectivo, entre la respuesta de cada individuo y el destino del mundo. Porque, siguiendo la conocida metáfora del poeta John Donne, en las catástrofes, como en la literatura, no hay islas, solo partes de un mismo continente.

Diario del año de la peste
Daniel Defoe
Traducción de Carlos Pujol
Alba Editorial
Barcelona, 2006
408 páginas

El silencio
Don DeLillo
Traducción de Javier Calvo
Seix Barral
Barcelona, 2020
112 páginas

Contemplaciones
Zadie Smith
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Salamandra
Barcelona, 2020
128 páginas