Elogio de lo improductivo

La inteligencia artificial es uno de los asuntos sobre los que más se ha reflexionado y debatido en los últimos tiempos, pero no abundan los análisis críticos sobre la relación entre esta tecnología y la literatura. El más agudo y, a la vez, apasionado que conozco es «Literatura e inteligencia artificial. Cuánto vale nuestro lenguaje entrenado», que recoge una conferencia del escritor, profesor y crítico Vicente Luis Mora (autor también de una de las novelas que más me impresionó el año pasado, esa libérrima rareza que es Circular 22, como me ocurrió en 2021 con Centroeuropa).

Ejemplares de los libros: Teoría, de Vicente Luis Mora; Gozo, de Azahara Alonso; Clásicos para la vida, de Nuccio Ordine; La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, y El Renacimiento, de Walter Pater, y un reloj sin correa.

Vicente Luis Mora argumenta de manera muy convincente su oposición a que sistemas de inteligencia artificial como Chat GPT se usen con fines literarios. Por una parte, porque son el producto de bases de datos alimentadas con textos procedentes de internet y de otras fuentes sin pedir el consentimiento de sus autores ni recompensarlos económicamente. Por otra, lo que ofrecen esos sistemas es un producto estandarizado, comprensible y práctico, basado en la norma y el término medio, tanto en lo lingüístico como desde el punto de vista de las ideas. Esa nivelación elimina todo lo que pueda haber de singular, original, subjetivo y único en los textos, que es precisamente lo más valioso de cualquier creación artística.

Además, el autor alerta de los «nefastos efectos creativos» de esas redes de inteligencia artificial y reivindica la visión romántica de la escritura como oficio, es decir, como una tarea que presenta los inconvenientes de un trabajo pero de la que rara vez se obtiene un beneficio monetario. Escribir exige tiempo y esfuerzo sin saber siquiera si el resultado llegará a publicarse, algo incompatible con un enfoque instrumental o economicista de la literatura.

En la era de la máxima angustia por la rentabilidad cronológica, quien escribe es alguien a quien no le importa perder meses o años de su vida a cambio de la mera escritura, que renuncia a su ocio por el oficio literario.

Siempre he considerado la literatura como una obsesión valiosa por sí misma, y la publicación hace unos meses de mi primer libro ratificó esa creencia: el fin no debe ser nunca la popularidad, sino la satisfacción de crear algo nuevo con el mayor rigor posible y con la esperanza de que encuentre a los lectores adecuados, aquellos en los que resuene y alcance un sentido pleno, no importa si suman una docena o un millón. Supongo que eso explica que la formulación de Vicente Luis Mora me resultara de inmediato tan atractiva, y también el hecho de que, con el paso del tiempo, la haya ido relacionando con lecturas posteriores y con otras recordadas o revisitadas.

Conexiones que, como es natural, se establecen ya de entrada con otra obra reciente del escritor, Teoría, aparecida en 2022 en la editorial Mixtura. En varios de los aforismos hilvanados en este volumen tan breve como sustancioso se defiende la imaginación por su carácter antieconómico y «despilfarrador», contrario al funcionamiento natural de los seres vivos, «regido por la economía de esfuerzos y la causalidad».

El acto de pensar imaginativa, autoconsciente o reflexivamente, en consecuencia, va contra los tiempos, la socioeconomía y la naturaleza, y por eso nos gusta tanto.

Pág. 23

El gozo de recuperar nuestro tiempo

Ideas similares pueden encontrarse en una de las lecturas que en los últimos meses me han resultado más sugestivas: Gozo, de Azahara Alonso. En esta combinación de diario, retrato sociológico y ensayo que publicó Siruela el año pasado, la autora reflexiona sobre cuestiones de tanta actualidad como el sentido del trabajo, la aceleración del tiempo, el consumismo de objetos y experiencias y la conflictiva relación entre los proyectos personales y las exigencias de productividad del capitalismo («¿En qué momento mi vida empezó a ser accesible solo en vacaciones?» es la frase con que se inicia el libro).

Reloj de pared iluminado desde el lado izquierdo.

Todo nuestro tiempo, sostienen varios pensadores citados por Alonso, se encuentra ya al servicio del sistema económico: tenemos que vender una parte de las horas de nuestras vidas para obtener un salario con el que cubrir nuestras necesidades —cada vez más numerosas— y dedicar el resto de horas a «poner nuestra vida a punto para venderlas». De esa disponibilidad plena procederían, en buena medida, el agotamiento y la insatisfacción generalizados en las sociedades contemporáneas.

La alternativa que Alonso propone (o más bien sugiere: Gozo plantea más preguntas y dilemas que respuestas fáciles) pasa por desligar nuestra identidad personal de la profesión y del trabajo que desempeñamos, de aquello que las empresas consideran méritos, para que podamos así recuperar nuestro tiempo y la libertad de dedicarlo a las «apetencias no domesticadas», a usos considerados inútiles, o simplemente a nada. El relato de la precariedad laboral de la propia autora muestra que no es una solución utópica, pero tampoco sencilla: podemos ignorar la presión social que nos empuja a convertir el ascenso profesional en nuestra prioridad, pero eso no nos va a eximir de la obligación de pagar el alquiler y las facturas de la luz y el agua.

Y en estas páginas encontramos también una reivindicación de la improductividad de la literatura:

En cuanto a mi oficio, lo que hago cada día requiere tanta pérdida de tiempo como parte sustancial de su resultado que tampoco puedo decir nada digno. Haré una prueba. De profesión: cumplidora, especialista en ahorro y derroche acompasados a las circunstancias, investigadora distraída de lo laboral. Entretanto, leo y (a veces) escribo. Leo y leo y leo, y me enturbio tanto con las letras ajenas como me enorgullezco por no producir.

Pág. 217

Inútil, es decir, imprescindible

La resistencia que estos dos autores plantean contra el estrangulamiento de la creatividad a manos del economicismo conecta con dos títulos del recientemente desaparecido Nuccio Ordine: La utilidad de lo inútil. Manifiesto, que Acantilado publicó en español en 2013 y alcanza en estos momentos las treinta y tres reimpresiones, y Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal, que es posterior —la traducción apareció en la misma editorial en 2017— pero que yo leí antes (y recomendé en el blog).

En ambos libros, además de ofrecer recorridos apasionantes a través de la historia de la literatura y la filosofía, Ordine defiende el valor de los clásicos y las humanidades para formar ciudadanos libres, capaces de sustraerse de la lógica de las leyes del mercado y el beneficio y de las nuevas formas de localismos, egoísmos y racismos.

La defensa de los ideales humanísticos y de su presencia en los planes de estudio constituye casi un subgénero editorial, pero Nuccio Ordine incide en dos aspectos menos habituales. En primer lugar, opone esa reivindicación al utilitarismo de las políticas neoliberales y a los recortes que en cada crisis económica sufren todos aquellos ámbitos que no producen beneficios inmediatos y mensurables, desde las escuelas hasta los museos y las bibliotecas; por otra parte, el suyo —como el de Azahara Alonso— es un idealismo que mantiene los pies en la tierra: la historia ha demostrado innumerables veces que la ilustración no equivale de manera automática al respeto por la dignidad humana.

Aún así, la introducción de La utilidad de lo inútil concluye con una nota de confianza en el valor de la cultura:

(…) en cualquier caso, es mejor proseguir la lucha pensando que los clásicos y la enseñanza, el cultivo de lo superfluo y de lo que no supone beneficio, pueden de todos modos ayudarnos a resistir, a mantener viva la esperanza, a entrever el rayo de luz que nos permitirá recorrer un camino decoroso.

Pág. 25

Pasión y conciencia

Oscar Wilde es uno de los muchos autores que Ordine cita en esa introducción a propósito de la «útil inutilidad de la literatura». En efecto, en el conciso prefacio de su única novela, El retrato de Dorian Gray (1891), el escritor sintetizó la actitud de los artistas que a finales del siglo XIX profesaban ese culto al arte por el arte, la belleza y el hedonismo que escandalizó a los victorianos respetables y a los biempensantes de cualquier época y lugar: «Todo arte es completamente inútil». (El conjunto de aforismos que componen el prefacio puede leerse aquí en inglés).

Retrato del ensayista, crítico literario e historiador del arte Walter Pater.
Retrato de Walter Horatio Pater.

La mención de Wilde me conduce, a su vez, al que se considera uno de los principales inspiradores de esas corrientes esteticistas y decadentistas, el escritor, crítico literario e historiador del arte Walter Pater (1839-1894), en el que se fijaron también autores como Henry James, Virginia Woolf o James Joyce.

Como ensayista, su obra más influyente es una colección de textos sobre el Renacimiento, en su mayoría dedicados a grandes artistas de la Italia del siglo XV y principios del XVI como Botticelli o Da Vinci que, con su perfeccionismo característico, Pater reelaboró sin cesar durante los últimos veinte años de su vida (la edición en español que Alba Editorial publicó en 1999, El Renacimiento. Estudios sobre arte y poesía, con una traducción magnífica de Marta Salís, es casi inencontrable).

En la ‘Conclusión’ del volumen —muy polémica en su momento, hasta el extremo de que el autor la retiró en la segunda edición, aunque la recuperó a partir de la tercera—, Pater defiende una visión del éxito en la vida que no puede ser más opuesta a la acumulación de riquezas o al ascenso social. Ese triunfo consiste, nos dice con su prosa estilizada y exquisita, en rehuir los hábitos y las teorías ortodoxas, propias o ajenas, para entregarnos a todas las experiencias, conocimientos y emociones que ensanchen nuestro espíritu y nos proporcionen la energía necesaria para «arder siempre con esa intensa llama, semejante a una piedra preciosa». Debemos ser conscientes del «esplendor de nuestra experiencia y de su terrible brevedad» y tratar de «alcanzar el mayor número de pulsaciones en ese tiempo que nos ha sido concedido», una meta a la que solo nos pueden transportar las grandes pasiones.

Mas debe tratarse de una verdadera pasión, cuyo fruto sea una conciencia más rica y compleja. La pasión poética, el anhelo de belleza y el amor del arte por el arte poseen en grado sumo esta sabiduría. Pues el arte llega a nosotros con el único fin de aportar a nuestra breve existencia una cualidad sublime, simplemente por amor a ese momento fugaz.

Pág. 230

No es casual, por supuesto, que la cita que precede a los relatos de Iluminaciones —en cuya portada brilla una intensa llama— provenga de esa misma conclusión. Porque ¿quién querría malgastar su tiempo en acumular propiedades pudiendo dedicarlo a arder en el fulgor de las palabras y las historias, de las vidas observadas e imaginadas?

Teoría
Vicente Luis Mora
Mixtura (Aforismos)
2022
88 páginas

Gozo
Azahara Alonso
Siruela (Nuevos Tiempos)
Madrid, 2023
236 páginas

La utilidad de lo inútil
Nuccio Ordine
Traducción de Jordi Bayod
Acantilado
Barcelona, trigésima reimpresión: junio de 2023
176 páginas

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal
Nuccio Ordine
Traducción de Jordi Bayod
Acantilado
Barcelona, tercera reimpresión: diciembre de 2018
192 páginas

El Renacimiento. Estudios sobre arte y poesía
Walter Pater
Traducción de Marta Salís
Alba Editorial
Barcelona, primera edición: octubre de 1999
240 páginas

Del tren al canon: la cultura que unió a Europa

La Europa del siglo XIX puede resumirse en el tren que, cargado de dignatarios y celebridades, inauguró la línea ferroviaria París-Bruselas el 13 de junio de 1846 a la entonces asombrosa velocidad de treinta kilómetros por hora. O en el que, treinta seis años más tarde, llevó desde la capital francesa hasta San Petersburgo el féretro del más europeo de los escritores rusos de la época. O en cualquiera de los que, a lo largo de esa centuria, atravesaron el continente transportando en sus vagones a burgueses y artistas, reproducciones de cuadros y partituras, intelectuales, aristócratas, turistas, libros y periódicos, exiliados.

De un extremo a otro de esa Europa nos conduce el historiador Orlando Figes (Londres, 1959) durante más de seiscientas páginas en Los europeos (Taurus, 2020). Terminar el libro es como volver de un viaje trepidante en el que uno no solo ha visto multitud de lugares y gentes, sino que se ha impregnado del espíritu de una época de la que aún somos deudores y ha entendido mejor los enormes cambios que se concentraron en unas pocas décadas.

Como el autor explica en la introducción, en Europa ya había existido una cultura internacional entre las élites al menos desde el Renacimiento, pero fue en el siglo XIX cuando se creó una cultura de masas a escala continental debido a las transformaciones tecnológicas y económicas, del ferrocarril y el auge del sistema de libre mercado a la invención de la impresión litográfica y la fotografía. Europa se fue convirtiendo en un espacio supranacional de circulación de ideas y obras de arte y se estableció un «canon europeo», lo que explica que:

(…) en torno a 1900, en todo el continente se estuvieran leyendo los mismos libros, haciendo reproducciones de los mismos cuadros, tocando la misma música en los hogares o escuchándola en las salas de conciertos e interpretando las mismas óperas en todos los teatros más importantes de Europa.

(Pág. 26)

El texto sintetiza conocimientos de una amplitud enciclopédica (las notas ocupan casi setenta páginas y, en el apartado de los agradecimientos, aparecen citadas decenas de personas) y aborda con claridad y rigor asuntos tan variados como la transformación urbanística de las capitales europeas siguiendo el modelo del París de Napoleón III, las traducciones, el funcionamiento de la industria litográfica, la vida en los balnearios, las primeras guías turísticas, el negocio de la ópera, las novelas por entregas o la organización de los museos, por citar solo algunos.

Pero si Los europeos se lee con tanto interés no es por este caudal de información —de hecho, las partes en que se acumulan datos, fechas y nombres son las menos ágiles —, sino porque Figes lo entreteje hábilmente con escenas históricas y estampas y detalles de la vida cotidiana. El multitudinario funeral de Frédéric Chopin, los conciertos en los cafés parisinos o la Gran Exposición de Londres en 1851 son solo algunos ejemplos del talento del autor para la narración vívida y evocadora, a la que contribuyen los dibujos, grabados, fotografías y óleos que ilustran el volumen.

Con todo, el mayor acierto del ensayo —cuyo subtítulo es Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita— radica en su hilo conductor, un trío de figuras históricas que mantuvieron durante cuarenta años una relación nada convencional: Pauline Viardot (1821-1910), una de las cantantes de ópera más famosas de la época; su marido, Louis Viardot (1800-1883), experto en arte, gestor teatral y periodista, y el escritor Iván Turguénev (1818-1883), enamorado (y casi con total seguridad amante) de Pauline, además de vecino, inquilino o huésped del matrimonio, según las épocas.

Si su relación es fascinante, no lo es menos la personalidad y la biografía de cada uno: la vida de Pauline, de origen español, está a medio camino entre la truculencia de un folletín y las grandes pasiones de una de las óperas con las que conquistó los teatros del continente; Louis ejemplifica la lucha por los ideales republicanos y democráticos, las nuevas formas de gestión cultural y el creciente interés por lo español (llegó a traducir el Quijote al francés); Turguénev es el intermediario entre Rusia y Occidente y el modelo del artista capaz de echar raíces en los destinos más dispares sin romper los lazos con su país de origen, aunque sus críticos le acusaran a menudo de haberse convertido en un extranjero (Figes es conocido especialmente por sus obras sobre la historia de Rusia y la Unión Soviética, y en ese terreno se mueve con especial soltura).

Siguiendo los continuos viajes y la intensa vida social de estas tres figuras, recorremos Europa y vemos desfilar a muchos de los nombres fundamentales de la cultura europea del momento, de Rossini y Delacroix a los Strauss y los pintores impresionistas, de Dickens y George Sand a Dostoiesvski y Zola. Figes es capaz de retratarlos con unas pocas pinceladas, mostrando tanto su carácter y sus logros artísticos como sus sombras (el antisemitismo feroz de Wagner, por ejemplo, que compartía con muchos contemporáneos).

Con estos mimbres tan heterogéneos, el autor elabora un fresco amplio y equilibrado de la naciente cultura europea (que define como el «primer periodo de la globalización»), con especial atención a las formas de arte vinculadas a la reproducción mercantil: la literatura, la pintura y la música. Una de las conclusiones más llamativas que pueden extraerse del texto es la pervivencia de muchos de los cambios y fenómenos que describe: las técnicas de promoción, la lucha contra la piratería, los prejuicios contra el papel de la mujer en ámbitos como la composición musical, la adopción de estilos internacionales, la división entre la música comercial y la considerada ‘seria’… La lista sería interminable.

En el epílogo de la obra, el autor recuerda que la apertura de los países a las corrientes internacionales y cosmopolitas se vio acompañada a menudo por una reacción nacionalista en el ámbito de las artes y la política. La idea de una identidad cultural distintiva de toda Europa se quebró con la I Guerra Mundial, resurgió bajo una forma liberal y humanista en el periodo de entreguerras y volvió a saltar por los aires en 1939.

Casi todos los grandes avances de la civilización —sostiene el historiador— se han producido «cuando las personas, las ideas y las creaciones artísticas han circulado libremente entre las naciones». Una afirmación que en los últimos años muchos no han compartido, como se constató en el referéndum del Brexit. Precisamente tras el resultado favorable a la salida del Reino Unido de la Unión Europea, Figes reclamó la nacionalidad alemana a la que tenía derecho como descendiente de judíos que se refugiaron en Inglaterra de la persecución de los nazis.

Espero que el libro sirva como un recordatorio de la potencia de unión que tiene la civilización europea, y que las naciones del continente corren gran riesgo al ignorar.

(Página 608)

El hecho de que alguien que conoce a fondo el pasado del continente confíe en las ventajas de la Unión Europea no parece una mala señal sobre el futuro de este proyecto en construcción.

Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita
Orlando Figes
Traducción de María Serrano
Taurus
Primera edición: junio de 2020
672 páginas

Un tesoro salvado

No se me ocurre mejor manera de comenzar este blog que recomendando El infinito en un junco (Ediciones Siruela). Se trata, sin duda, de uno de los títulos más aplaudidos en los últimos meses por los lectores y la crítica y -lo que es aún más infrecuente- objeto de elogios también por parte de todo tipo de escritores, desde novelistas como Rosa Montero y Mario Vargas Llosa a especialistas en la materia como Carlos García Gual. Mi edición, de junio de 2020, es ya la decimotercera del libro.

Su autora, Irene Vallejo, entreteje hábilmente ensayo, divulgación, referencias literarias, paralelismos con la actualidad y episodios autobiográficos para recorrer la historia de la escritura y los libros. Tres son los escenarios principales de esta narración que no tarda en volverse absorbente: la Alejandría ptolemaica, las polis griegas y la Roma imperial.

Las tesis que atraviesan todo el texto no son particularmente originales —el libro como invención fundamental de la civilización humana, aventura colectiva sostenida por figuras anónimas y frágil puente entre épocas, lenguas y culturas que ha sobrevivido a todos sus enemigos—, pero es difícil transmitirlas con más claridad, inteligencia y sensibilidad. Una simple muestra:

De alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forjó una cadena invisible de gente -hombres y mujeres- que, sin conocerse, ha salvado el tesoro de los mejores relatos, sueños y pensamientos a lo largo del tiempo.

Como entre los principios fundacionales de este blog figuran las seis propuestas de Italo Calvino para el segundo milenio —especialmente la relativa a la levedad—, añadiré solo dos observaciones a mi recomendación.

Algunos han acusado a Irene Vallejo de mezclar de forma poca rigurosa verdad y ficción. Es un reproche injusto, ya que supone ignorar que la autora aclara en todo momento si está presentando un dato incontestable (al menos hasta la fecha), una interpretación comúnmente aceptada, una hipótesis verosímil o la recreación imaginativa de una época o un hecho históricos —y, en cualquier caso, esta nunca es caprichosa—.

En segundo lugar, El infinito en un junco nos recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol. «Algunas personas empezaron a considerarse ciudadanas del mundo, mientras que en otras se exacerbaba el nacionalismo», cuenta Vallejo sobre la civilización helenística, la primera sociedad globalizada, surgida en los territorios conquistados por Alejandro Magno, de Macedonia a la India pasando por Egipto y Anatolia. Más adelante, relata que las inscripciones de la Grecia del siglo VIII a. C. halladas en tumbas «eternizan instantes especiales de la vida de las personas comunes que participan en banquetes, que bailan, beben y celebran sus placeres». Y reconocemos otra constante que nos resulta familiar al leer que Platón defiende en La República la censura, que Ovidio murió en el destierro por una obra (El arte de amar) considerada contraria a la moral pública, y que los cristianos se enseñaron con la Biblioteca de Alejandría, destrucción que según algunas fuentes remataron los musulmanes pocos siglos después.

La historia como espejo de las miserias, los ideales más nobles y las contradicciones del presente: en la Odisea, el adolescente Telémaco manda callar en público a su madre, Penélope, por su condición de mujer; Heródoto adopta el punto de vista del otro, del enemigo, en el primer libro de historia de Occidente, y Séneca predicaba el pacifismo y una vida sobria mientras amasaba una fortuna gracias a las inversiones inmobiliarias y el cobro de intereses desorbitados.

Todo ha ocurrido y ocurrirá infinitas veces, y lo sabemos gracias a los libros.

El infinito en un junco
Irene Vallejo
Siruela, Biblioteca de Ensayo 105 (Serie Mayor)
Madrid, 2019 (1.ª edición)
449 págs.