Un prodigio constante

El corazón de La feria de las tinieblas, uno de los títulos centrales de la extensa obra de Ray Bradbury (1920-2012), es el tránsito a la vida adulta de dos adolescentes que, como dice el autor en el prólogo a este libro publicado en 1962, “crecieron durante la noche, y ya nunca más fueron tan jóvenes”. Ese paso no es precisamente un tema poco tratado en la literatura —la novela de formación o aprendizaje es un género en sí mismo— o el cine, con ejemplos tan alejados en el tiempo y el espíritu como el Lazarillo de Tormes, el David Copperfield de Dickens o It de Stephen King (un autor que debe mucho a Bradbury).

El desarrollo psicológico y moral de los protagonistas, la pérdida de la inocencia, la excitación por alcanzar la independencia entremezclada con el miedo a abandonar para siempre la seguridad de la infancia y ser arrastrado por la corriente cada vez más veloz del tiempo… Hemos leído (o visto) en mil ocasiones esa historia, que puede extenderse durante muchos años o, en el extremo contrario, resolverse de manera brusca en unas pocas horas. No importa: en La Feria de las tinieblas, reeditada por Minotauro junto al resto de las obras más conocidas del escritor estadounidense, Bradbury convierte esa materia prima en algo tan inconfundible como lo es su relato de la colonización espacial en Crónicas marcianas o su visión de un futuro distópico en Fahrenheit 451.

Como ocurre con las buenas novelas, el argumento es un esqueleto que refleja solo vagamente la obra final. Las vidas de James Nightshade y William Halloway, dos amigos a punto de cumplir catorce años, dan un vuelco cuando una madrugada de otoño, pocos días antes de la Fiesta de todos los Santos, llega a una pequeña ciudad del Medio Oeste —la ficticia Green Town, trasunto de Waukegan, donde nació Bradbury hace cien años— una feria ambulante. Mientras que los habitantes de la ciudad se divierten en el circo y las atracciones, Jim y William descubren que allí se esconden prodigios maravillosos y terribles, como un tiovivo que puede sumarte años o quitártelos, o una bruja capaz de detener los corazones. La feria oculta una amenaza mayor, y para detenerla los protagonistas tendrán que enfrentarse unidos a su dueño, el señor Dark, tatuado con las almas de sus víctimas.

Esos mimbres parecen anticipar una historia fantástica con elementos de terror o una historia de terror con elementos fantásticos, también una alegoría sobre la lucha entre el Bien y el Mal y una reivindicación de la amistad, la bondad y la alegría compartida. Y, en efecto, La feria de las tinieblas es una fantasía con capítulos muy sombríos, y no faltan tentaciones y arrepentimientos, confianza ciega, redenciones, amor puro y envidia, y la historia se cierra con una lección tan simple como efectiva, pero afortunadamente Bradbury trasciende todos los géneros y convenciones porque es un narrador nato y un creador que entiende la escritura como una tarea gozosa y liberadora que debe estar gobernada por la emoción y la búsqueda de la verdad personal, lejos de moldes preconcebidos, intelectualizaciones y moralejas.

La combinación de sensibilidad, riqueza verbal, imaginación, ritmo y densidad metafórica no es algo infrecuente en la obra de Bradbury, al que se ha calificado como “el poeta de la ciencia-ficción”, pero pocas veces ha llegado a cotas tan altas como en esta novela. De la primera página a la última, el narrador parece estar no inventando una ficción, sino traduciendo a palabras una visión a la que no puede resistirse y en la que lo esencial aparece claro y exacto, vívido, mientras que lo accesorio está solo esbozado (las horas muertas, la mayor parte de la biografía de los personajes, casi todos los vecinos). Y el tono del relato se adapta a lo revelado y puede transmitir desde esa misteriosa melancolía que nos hipnotiza en un cuadro de Edward Hopper hasta la atmósfera alucinatoria de un lienzo de Edvard Munch.

Las descripciones y la acción, los diálogos y la conciencia de los personajes: todo se despliega con la misma naturalidad, fuerza expresiva y capacidad de sugerencia. Una sensación de encantamiento y amenaza recorre el texto con el chisporroteo de una corriente eléctrica desde el mismo inicio —“En alguna parte, la tormenta era ya evidente: una bestia enorme de dientes horribles”—, transfigurando lugares y objetos —“Arrollada allá abajo en el jardín, como una larga boa constrictor, esperaba la manguera”— y hasta filtrándose en los sueños. No es casual que muchos de los momentos más evocadores de la novela transcurran de noche, como en este ejemplo:

Era medianoche y los relojes corrían hacia la una y las dos y las tres de la madrugada, y las campanas de los carillones sacudían el polvo de los viejos juguetes en los desvanes altos, y desprendían la plata de los espejos en desvanes todavía más altos, y encendían sueños de relojes en todas las casas en las que había niños dormidos. (p. 69)

También es a menudo de noche cuando Bradbury se adentra en la mente de los personajes, como en un monólogo interior del padre de Will, Charles Halloway, causado por el insomnio:

El sueño es imitación de la muerte, ¡pero estar con los ojos abiertos a las tres de la mañana es estar muerto en vida! (…) La puesta de sol ha quedado muy atrás, el amanecer está lejos aún, de modo que uno pasa revista a todas las imbecilidades en que cayó alguna vez, las encantadoras tonterías cometidas con amigos tan queridos y que ahora están tan muertos… (p. 73)

Al repasar la novela, puede echarse en falta una exploración más detenida de la ciudad y una galería más amplia de personajes (¿Jim y Will no tienen más amigos?), lo que quizás se deba a que el texto nació como un relato que Bradbury fue ampliando a lo largo de varios años. Sin embargo, al concentrarse en unos pocos escenarios y figuras el libro consigue, a cambio, dotarlos de un carácter simbólico y universal. Con su ayuntamiento y su biblioteca y su iglesia católica y su iglesia episcopaliana y su iglesia baptista y sus casas de madera rodeadas de césped, Green Town es —en palabras de Charles Halloway— “el patio de atrás de ninguna parte”, y se le puede aplicar lo que Borges dice en su prólogo a Crónicas marcianas: “En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad”.

Y, a la vez que absolutamente únicos, Jim y Will representan a todos esos amigos que son tan distintos como inseparables, y Charles Halloway encarna nuestra angustia ante el paso del tiempo y los días desaprovechados, y la señorita Foley (un personaje estupendo que te hace desear que Bradbury hubiera dedicado más atención a las madres de los protagonistas) es cualquiera de nosotros cuando evitamos pensar en el pasado para no hundirnos “en profundidades tan frías, tan remotas”. La feria es una parte del mundo y, cuando cerramos el libro y levantamos la mirada, intuimos las luces de la noria, el rugido de las fieras y la música estridente del tiovivo. No están muy lejos.

La feria de las tinieblas
Ray Bradbury
Traducción de Joaquín Valdivieso (*)
Ediciones Minotauro
Barcelona, 2019
331 páginas


* Un apunte sobre la traducción: En el libro se atribuye a Joaquín Valdivieso, pero en realidad este es uno de los seudónimos que usaba para su labor traductora Francisco Porrúa, fundador de Minotauro en 1955 y responsable de la publicación de obras como Cien años de soledad o Rayuela. Su versión ha envejecido con dignidad, aunque no le vendría mal una puesta al día que, además, revisara la traducción del título: Something Wicked This Way Comes —Algo maligno viene hacia aquí—, sobre todo cuando se trata una cita del Macbeth de Shakespeare que aparece en el propio texto.