Un hombre y su mundo (que es el nuestro)

Tenía dos reticencias antes de empezar la nueva novela de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), cuyo lanzamiento se retrasó -como tantas otras cosas- por culpa de la pandemia y ha acabado convirtiéndose en uno de los títulos más populares de este verano. La primera: El mal de Corcira (Ediciones Destino) es la entrega número doce de la serie protagonizada por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, y no había leído ninguno de los libros anteriores. La segunda reserva (o, más bien, prejuicio) se debía a que pertenece a un género, el policíaco, tan explotado en los últimos lustros por parte de la literatura, el cine y la televisión que, de entrada, todas las historias suenan a calcos o, en el mejor de los casos, a variaciones de otras anteriores.

Unos pocos capítulos bastan para disipar el primer motivo de desconfianza. Seguro que quienes hayan seguido a Bevilacqua y Chamorro desde El lejano país de los estanques (1998) apreciarán mejor algunas referencias al pasado y la evolución de los personajes, pero Silva -que, como narrador, se conoce ya todos los recursos del oficio- ofrece al lector la información necesaria para que se oriente en ese universo y la dosifica, además, de un modo que resulta natural y no rompe el ritmo del relato.

Tampoco hay que avanzar muchas páginas para darse cuenta de que la fórmula policíaca es para el escritor un vehículo para transmitir lo que realmente le interesa. Sí, en la novela encontramos elementos típicos del género: un crimen brutal, la investigación sobre el terreno -Ibiza, Formentera y el País Vasco son en este caso los principales escenarios-, los interrogatorios, las revelaciones sobre la víctima y su entorno, una amplia galería de personajes secundarios, varios giros argumentales… Pero el eje de la obra -y su mayor virtud- es el subteniente Bevilacqua (su compañera está un tanto desplazada del foco central por razones argumentales) y, más en concreto, la visión que su trabajo en la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil le ofrece tanto de su país y de la sociedad actual como del género humano, sobre todo en sus facetas más crueles y estúpidas.

Bevilacqua no es ni el típico investigador atormentado, a la manera romántica, ni un genio de la especulación intelectual o un agente a lo 007, y tampoco encaja en la imagen tradicional de un guardia civil. Es resolutivo pero también escéptico y con cierta tendencia a la melancolía, empático, manipulador cuando lo requiere la investigación, buen psicólogo pero no infalible, culto hasta la pedantería, tan contrario a las injusticias como consciente de que sirve a un orden atravesado por desigualdades y contradicciones.

“A mis cincuenta y cuatro años, y después de haber visto a tanta pobre gente avasallada y a tanto desalmado haciendo daño al prójimo, provisto de las más variadas excusas, prefería vivir en lo concreto y, abandonando el aséptico mundo de las ideas, situarme en el primer término más bien mugriento que me incumbía”: ese es el lugar que se ha buscado para poder seguir levantándose cada mañana.

Aún más trascendente para la novela es que el protagonista sea también quien cuanta la historia. Su voz se plasma en un estilo en el que priman la claridad y un ritmo ágil, pero Lorenzo Silva no se olvida en ningún momento de intercalar en la narración de los hechos las reflexiones que generan en el subteniente, más inclinadas a la ironía que a la épica. Esa visión se enriquece, además, con el bagaje cultural del personaje, que se enorgullece de su curiosidad intelectual y de sus lecturas –Walter Benjamin y Tucídides son referencias recurrentes- y que cita con la misma facilidad una canción de Elvis o Radio Futura.

Esa perspectiva le sirve al novelista, además, para alternar con fluidez el presente de la investigación del asesinato y el pasado con el que quizás esté vinculado: la víctima fue condenada en su día por colaboración con ETA, y justamente la lucha contra la banda terrorista a finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado influyó de manera decisiva en la biografía y la carrera del protagonista.

Como es natural, los juicios de Bevilacqua sobre los asesinos y sus cómplices (activos o pasivos) no son ambiguos, pero sí dejan espacio para los matices, la compasión y la autocrítica. “El odio entre los que forman parte de una misma comunidad puede producir toda suerte de aberraciones y hay quien logra salir de ellas y quien en cambio las perpetúa”, afirma al resumir el relato de Tucídides sobre Corcira (la actual Corfú), el escenario de la primera guerra civil entre los griegos, y en su opinión esa advertencia se ha demostrado acertada una y otra vez en la historia universal y en la de España.

La otra gran baza del libro es que nos permite asomarnos a ese mundo tan particular y reglado que es la Guardia Civil, donde conviven tradiciones centenarias y el uso de las tecnologías más modernas. El novelista revela a lo largo del libro los pormenores de sus procedimientos y su organización, tanto en lo relacionado con el terrorismo como en lo que respecta a la investigación del crimen (un proceso mucho más lento y laborioso de lo que suelen mostrar las películas y las series de televisión). Por eso, no sorprende descubrir en el apartado de agradecimientos que el autor cita a una docena de guardias civiles de quienes ha aprendido “cosas que no están en los libros”. Afirmaba recientemente Antonio Muñoz Molina en ‘El País’ que Silva retrata a la Benemérita con el mismo cuidado que John le Carré al escribir sobre el espionaje británico, y la comparación no puede ser más exacta.

Esa atención prestada al protagonista y a sus circunstancias y la habilidad del escritor para entretejer su voz con otras muy distintas y con los acontecimientos históricos permiten a El mal de Corcira desbordar el molde del género y multiplicar su alcance. Y gracias a ellas, cuando hayamos olvidado los detalles de quién mató a quién, cómo y por qué, seguiremos recordando las cavilaciones de Bevilacqua en Ibiza sobre el viaje como experiencia liberadora o esa noche en que, a solas en una habitación de hotel, todas las canciones le hablan de la víctima, de la guerra y de él mismo, que “pese a haber sobrevivido a su fuego no había salido incólume ni limpio”.

El mal de Corcira
Lorenzo Silva
Ediciones Destino, colección Áncora y Delfín, volumen 1503
Barcelona, 2020
540 páginas

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