El milagro que somos

A lo largo de la vida ingerimos una cantidad de alimentos equivalente a sesenta coches de tamaño pequeño. El cerebro nos engaña de manera constante en nuestro beneficio. Una de las razones por las que la Mona Lisa nos resulta enigmática es que carece de cejas. La forma redondeada del vientre de los bebés se debe a que su hígado es desproporcionadamente grande. Hasta tiempos recientes, ningún otro animal en la Tierra tenía más probabilidades de morir en el parto que un humano. Lo primero que hacemos al dejar de contener la respiración no es inspirar, sino dar un soplido para librarnos del dióxido de carbono.

Estos son solo unos pocos ejemplos del caudal de información que contiene El cuerpo humano. Guía para ocupantes (RBA Libros, 2020), un recorrido fascinante por nuestra anatomía y habilidades, de los genes a la digestión o el sistema inmunitario, de la concepción a la muerte. Su autor, Bill Bryson (Des Moines, Iowa, 1951), es conocido especialmente por otro título de divulgación científica, Una breve historia de casi todo, aunque ha publicado también libros de historia y de viajes y sobre la lengua inglesa. En su nuevo trabajo, Bryson repite la fórmula y las virtudes que han convertido a Una breve historia de casi todo en una de las obras más exitosas en su género del siglo XIX: cada uno de los veintitrés capítulos sintetiza el conocimiento sobre un ámbito concreto de manera accesible y rigurosa y siguiendo un hilo narrativo que combina datos, referencias históricas y experiencias personales.

Cada apartado es también una demostración de la amplitud de la curiosidad y la cultura científica de Bryson, así como de su sentido del humor y de su habilidad para encarar hasta los asuntos más trillados desde un ángulo inesperado (e incluso extrañamente poético), como en este fragmento sobre la superficie más externa de la piel:

Perdemos piel de manera copiosa, casi irresponsable: unos 25.000 «copos» por minuto, es decir, más de un millón por hora. Si pasa el dedo por un estante polvoriento, en gran medida estará abriendo camino a través de fragmentos de su antiguo yo. Nos convertimos en polvo de forma tan discreta como implacable.

Pág. 20

El atractivo del libro —traducido al español por Francisco J. Ramos Mena en una labor encomiable— se completa con una serie de fotografías e ilustraciones de gran valor histórico y, al final del volumen, con un completo aparato de notas, la bibliografía y un índice analítico y de nombres muy útil.

El viaje que Bryson traza a través de las piezas que nos componen y las facultades que nos proporcionan no se reduce a un rosario de curiosidades y apuntes sorprendentes. El libro nos recuerda, en primer lugar, que lo que sabemos del cuerpo es casi inabarcable y que no es menos inmenso lo que aún ignoramos. Los científicos no han logrado desentrañar por completo cuestiones tan básicas como la causa de las alergias y el asma y su incidencia creciente; la utilidad del sueño, las huellas dactilares, las amígdalas o las lágrimas emocionales —somos las únicas criaturas que lloran por sentimiento—; cuántas hormonas existen, o qué desencadena la menopausia. Como apunta Bryson: «Nuestro cuerpo es un universo de misterio: gran parte de lo que sucede encima y dentro de él se produce por razones que desconocemos, seguramente muchas veces porque no las hay».

Pero es aún más llamativo comprobar que en muy poco tiempo, a veces en solo unas décadas, la ciencia ha conseguido descifrar las claves de realidades que parecían exceder el alcance de la razón, lo que se ha traducido en avances tan trascendentales como las vacunas, los antibióticos o los trasplantes de órganos. Solo en el siglo XX, la esperanza de vida experimentó un aumento equiparable al del conjunto de los ocho mil años anteriores, según cálculos citados por Bryson (que subraya que ese incremento varía notablemente según los países y los niveles de renta).

La lectura ofrece también una visión muy interesante del progreso científico a través del retrato de investigadores actuales y del pasado, desde figuras conocidas universalmente hasta muchas otras tratadas de un modo injusto en su época u olvidadas más tarde, como Nettie Stevens, descubridora del cromosoma Y. La labor de los investigadores ha exigido siempre constancia y una dedicación que ha llegado en ocasiones a comprometer su salud (Bryson homenajea a los patólogos y parasitólogos que, a finales del siglo XIX y principios del XX, con frecuencia perdieron la vida en su lucha contra algunas de las enfermedades más terribles del mundo). Pero en la ciencia moderna esa entrega no basta para que un hallazgo fructifique, son igualmente imprescindibles las contribuciones de otros investigadores, el respaldo de la comunidad científica, su puesta en marcha mediante programas de salud pública… Incluso el azar puede desempeñar un papel crucial —aunque no suficiente—, como ocurrió en el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming (y ahora con la vacuna contra el COVID-19 de AstraZeneca y Oxford).

El cuerpo humano revela cómo los científicos han tenido que enfrentarse, además, a intereses económicos tan poderosos como los de la industria tabaquera, así como al peso de las tradiciones equivocadas y de los prejuicios (incluidos los propios: por sorprendente que parezca, la historia ha demostrado que en muchas cabezas una gran inteligencia convive con el racismo y el machismo más recalcitrantes y con supersticiones propias de charlatanes de feria). Es un mundo de sacrificios y egos desmedidos, de generosidad y competencia, tan heroico a veces como brutal otras.

La conclusión más evidente, aunque no menos asombrosa, del libro es que, pese a sus imperfecciones y su fecha de caducidad, nuestros cuerpos son un prodigio. Existen pocas cosas en el universo que alcancen la complejidad del cerebro humano, o que estén dotadas de un diseño tan eficiente como las manos, o que combinen fuerza y ligereza como lo hacen nuestros huesos. Y la sensación de maravilla no disminuye al reducir la escala hasta lo más pequeño: como señala Bryson, somos una colección de componentes inertes, la suma de siete mil cuatrillones de átomos organizados en ADN, células, sistemas y estructuras que operan en sincronía más o menos perfecta durante décadas, y todo ello a pesar de que nuestros hábitos no son a menudo saludables y de que nuestros genes provienen de ancestros que durante la mayor parte del tiempo ni siquiera fueron humanos.

El milagro de la vida humana no es que tengamos algunas debilidades, sino que no nos veamos superados por ellas. (…) Iniciamos nuestro viaje a través de la historia en forma de gotas unicelulares flotando en mares cálidos y poco profundos. Desde entonces todo ha sido un accidente prolongado e interesante, pero a la vez extremadamente glorioso (…)

Pág. 18

No parece menos milagroso que hayamos empezado a comprender la materia de la que estamos hecho y que, a través de las palabras, podamos compartir ese conocimiento.

El cuerpo humano. Guía para ocupantes
Bill Bryson
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
RBA Libros
Barcelona, 2020
508 páginas

¿Existe algo que no pueda comprarse?

Si un extraterrestre intentara formarse una idea sobre nuestro mundo examinando las listas de los libros de ficción más vendidos, podría concluir erróneamente que la mayor parte de nosotros somos detectives, burgueses de vida sentimental agitada, abogados, artistas, reyes medievales, millonarios con tantas mansiones como oscuros secretos familiares.

Esos personajes protagonizan algunas de las mejores historias contadas a lo largo de los siglos, pero constituyen una porción muy reducida de la humanidad, y de la buena literatura —como del arte en general— esperamos una representación amplia, rica y variada de la vida. Como afirmaba Henry James, la casa de la ficción tiene un número incalculable de posibles ventanas; todos los escritores observan el mismo panorama pero cada uno desde una abertura de diferente forma y tamaño. En este sentido, la publicación de novelas como Las maravillas, de Elena Medel (Córdoba, 1985), es ya un valor en sí mismo porque nos ofrece perspectivas infrecuentes en la ficción más comercial.

A través del libro de Medel, una de las novedades de la temporada de la colección Narrativas hispánicas de Anagrama, podemos asomarnos en concreto a la España anónima de los últimos cincuenta años, desde el final del franquismo hasta la movilización feminista del 8 de marzo de 2018. Ese recorrido se apoya en dos figuras centrales, María y Alicia, que pertenecen a generaciones distintas pero comparten circunstancias vitales: dejan su Córdoba natal por barrios populares de Madrid y encadenan trabajos precarios y mal pagados, y con los años ambas se van desprendiendo de los vínculos familiares. Representan a esa gente común que vive inmersa en la corriente de la Historia pero no decide en qué dirección avanza ni la cuenta para la posteridad, esos personajes que, por ceñirnos a la literatura española, pueblan la obra de autores tan diversos como Benito Pérez Galdós, Max Aub o, en tiempos más recientes, Rafael Chirbes.

Si las protagonistas de Las maravillas son poco habituales en la narrativa contemporánea, no lo es menos el enfoque que Medel adopta de la primera a la última línea. El libro tiene mucho de novela política, con su exploración del modo en que la clase social, la educación y el género determinan en gran medida el destino de los personajes, ya sea en 1969, a finales de los años noventa o en el presente. Cuando uno —sobre todo, una— limpia escaleras o trabaja en un supermercado y tiene que vigilar hasta el menor gasto para asegurarse de llegar a fin de mes, muchas veces disfrutar de un mínimo de estabilidad exige callar y ceder («Alicia lo asume: si quiere obtener algo, debe ofrecer algo»), y se considera una rareza que alguien así prefiera conservar un espacio propio a convivir con su pareja.

Desde la cita de Philip Larkin que encabeza la obra («Clearly money has something to do with life») y las primeras líneas del texto («Busca en sus bolsillos sin encontrar nada»), el dinero es una referencia tan constante en la narración como en otras lo son el tiempo o los paisajes. Y no tanto el dinero y las «maravillas» que permite comprar como las consecuencias de no disponer del suficiente, algo sobre lo que reflexiona la propia María:

El piso en el que vive es el piso que puede pagar, no el piso en el que le gustaría vivir, y el trabajo que tiene es el trabajo al que puede aspirar siendo quien es, teniendo el dinero que ha tenido. Lo que no ha vivido no lo ha hecho por dinero; por la falta de dinero. Los viajes que no ha disfrutado, los vestidos que ha preferido no comprar, los almuerzos que ha preparado en casa para Pedro y para ella con tal de ahorrar un poco. (…) ¿Existe algo que no pueda comprarse? (pág. 167-69)

Estas ideas atraviesan todo el relato y, a veces, se manifiestan de manera muy explícita, pero Medel elude los peligros de la novela de tesis al insuflar a la historia vida y tensión gracias a sus dotes como narradora, especialmente llamativas por tratarse de su primera novela (aunque la madurez que muestra sugiere que no es su primer empeño en este terreno). Maneja con seguridad los saltos entre las distintas épocas en que se desarrolla la historia, y también la diversidad de puntos de vista, voces y conciencias se integran por lo general con fluidez (una de las obsesiones de Medel es quién cuenta lo que ocurre y cuál es su motivación).

Además, la escritora cordobesa, una de las poetas más reconocidas de su generación y directora de la editorial La Bella Varsovia, despliega en Las maravillas esa capacidad de condensación y sugerencia que ha venido exhibiendo en sus poemarios desde el precoz Mi primer bikini (2002). El resultado es una prosa depurada y precisa, atravesada por imágenes como fogonazos, capaz también cuando es necesario de ser coloquial o cruda. En poco más de doscientas páginas, resume cinco décadas; en un párrafo, entremezcla toda una juventud y una geografía urbana muy definida.

Alicia ha recorrido en todos estos años la línea verde de metro hacia el sur, dejando atrás el río, conforme cambiaba de trabajo: la cafetería, una tienda de ropa, Puerta de Toledo, Pirámides, otra cafetería, un bingo, Marqués de Vadillo, varios meses en paro, Aluche, una empresa de limpieza, Urgel, un supermercado, Eugenia de Montijo. (pág. 135)

Lo más memorable de Las maravillas son para mí sus personajes, tanto el coro de secundarios que enriquecen o matizan los hechos como las protagonistas, esas dos mujeres que, a la incertidumbre laboral, añaden el peso de los deberes que se les adjudican como mujeres, madres e hijas (el nombre de Carmen Martín Gaite viene enseguida a la cabeza). La relación que existe entre ellas puede no ser la pieza más verosímil del conjunto, pero la autora sí que acierta plenamente al no reducirlas al papel de víctimas del sistema o al de heroínas rebeldes. Los matices y las sombras les aportan complejidad y, además, las vuelven complementarias: mientras María evoluciona hacia la independencia personal y la solidaridad que representa el movimiento feminista, Alicia se refugia de un pasado traumático y la precariedad emocional en la ocultación y el sexo clandestino.

Qué ganas de saber más sobre las vidas de María y Alicia y de leer la segunda novela de Elena Medel.

Las maravillas
Elena Medel
Anagrama (Narrativas hispánicas, 653)
Barcelona, 2020
227 páginas

Ese insólito don

El amor por la literatura no es una competición, pero si lo fuera, en lo más alto del podio habría que reservarle un lugar a Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, Brasil, 1942), un escritor muy popular en su época gracias a sus novelas y relatos y sus obras de carácter histórico, y también un lector cultivado y agudo.

Zweig representa como pocas figuras el rico panorama cultural de la Europa de las primeras décadas del siglo XX, antes de que ardiera en el fuego de los totalitarismos, ese universo de cafés y teatros, refinado y cosmopolita, que él mismo retrata en El mundo de ayer. Memorias de un europeo. El europeísmo es una constante en su pensamiento, como lo son su curiosidad intelectual y su humanismo, rasgos que se reflejan igualmente en Encuentros con libros (Acantilado), una selección de las reseñas y los artículos literarios y de los prólogos que redactó a lo largo de su carrera.

Los textos gustarán en especial a letraheridos, amantes de los clásicos y seguidores de Zweig, cuya obra narrativa y ensayística viene publicando Acantilado desde hace veinte años con el cuidado que caracteriza a la editorial (buena prueba es la traducción del alemán de Roberto Bravo de la Varga, que fluye con esa mezcla de dinamismo y elegancia que caracteriza a la prosa del autor).

La pieza que abre el volumen, «El libro como acceso al mundo», es reveladora de la pasión que despierta en Zweig la literatura y también del entusiasmo con que él es capaz de compartirla. El escritor establece un paralelismo entre la invención de la rueda y el descubrimiento de la escritura; así como el desarrollo técnico de aquella ha permitido acortar las distancias y vencer la fuerza de la gravedad,

(…) la escritura, que ha evolucionado desde los pliegos más sencillos, pasando por los rollos, hasta culminar en el libro, ha puesto fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual: desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad». (págs. 7-8)

El escritor relata, a continuación, un episodio de su juventud que le llevó a tratar de imaginar su vida sin libros. Comprendió entonces que todos sus recuerdos y experiencias estaban relacionados con ellos de una forma u otra, e incluso que «cualquier palabra despertaba innumerables asociaciones que me remitían a algo que había leído o aprendido». La literatura se le reveló así el fundamento de «una imagen soberbia de la realidad», «este insólito don que nos permite emocionarnos con un destino ajeno», una «fuente de innumerables momentos de felicidad» y la causa principal de «ese deseo de ir más allá de nosotros mismos, esa bendita sed, que es lo mejor de nuestra persona».

Zweig concluye con una declaración optimista sobre el futuro del libro como transmisor de palabras y conocimientos, en oposición a quienes lo consideran arrinconado por medios como el cine o la radio, pues es «intemporal, indestructible, inalterable, la quintaesencia de la fuerza en un formato reducido y versátil». (En el reciente El infinito en un junco, Irene Vallejo comparte esta actitud un siglo más tarde).

Las treinta y cuatro piezas restantes del volumen demuestran la amplitud de intereses y conocimientos del escritor vienés. La mayoría son reseñas de obras concretas —desde un poemario de Rainer Maria Rilke al Ulises de James Joyce, pasando por el último estudio de Sigmund Freud o una antología de cuentos tradicionales—, aunque algunos textos abordan la trayectoria de un autor y también se incluyen un par de prólogos como muestra de la labor editorial de Zweig. El libro se ordena de acuerdo al idioma original de la obra comentada; el grueso de las reseñas corresponde a las literaturas en lengua alemana y francesa, y en menor medida están representados el inglés y el ruso.

En el interesante epílogo de Knut Beck (responsable también de la edición), se recuerda que Zweig se definía a sí mismo como un lector «impaciente y temperamental», nada amigo de lo prolijo, lo ampuloso, lo vago y lo superficial. Frente al estudio filológico, al analizar una obra le interesaban sobre todo la visión de conjunto, los detalles memorables, las conexiones con otros libros y sus aspectos innovadores.

Al margen de ese enfoque y de que se compartan o no sus gustos e interpretaciones, siempre es un placer asistir al despliegue de empatía e inteligencia con que Zweig capta la esencia y el valor de un libro y a la intensidad con que transmite su experiencia lectora. Es sutil sin resultar oscuro, culto sin caer en la pedantería, y su generosidad no está reñida con la franqueza —se confiesa, por ejemplo, incapaz de leer más de tres o cuatro páginas seguidas del escritor Jean Paul, pero recomienda los pequeños paseos por el «soberbio jardín» que es su prosa—. Los textos más matizados, de hecho, son los que han envejecido mejor, frente a esos momentos de exaltación sin reservas que le llevan a describir la vida de Goethe como «sublime, ejemplar, la más humana de todos los tiempos» o el drama religioso La Anunciación a María, de Paul Claudel, como «una sublime homilía que se ha escrito para ser pronunciada en la catedral del corazón».

En conjunto, Encuentros con libros ofrece visiones enriquecedoras de figuras de la talla de Thomas Mann o Balzac y permite descubrir a nombres mucho menos conocidos para el lector actual, como Jeremias Gotthelf, Albert Ehrenstein o Adalbert Stifter. Y no es menos revelador de la personalidad y el talante de Zweig: en cada párrafo escuchamos su voz única, y no nos cuesta imaginarlo enfrascado en un grueso volumen, respondiendo a una carta de Herman Hesse o Joseph Roth, debatiendo civilizadamente sobre las ideas del momento en una tertulia. O teniendo que abandonar su país tras el ascenso al poder de los nazis —que le declararon «no ario» y quemaron sus libros—, un exilio que le condujo a Inglaterra, Estados Unidos y, finalmente, Brasil.

En la ciudad de Petrópolis, junto a su esposa, se quitó la vida el 22 de febrero de 1942, cuando el avance del fascismo parecía imparable y la Europa de la paz y la razón que era su patria espiritual, destruida para siempre. En una nota de suicidio, dejó escrito que no le quedaban fuerzas para empezar de cero y que aquel era el momento apropiado para acabar con una vida consagrada a la actividad intelectual y la libertad. Los enemigos de la cultura siguen siendo poderosos; los libros como espacios de encuentro y reflexión, igual de necesarios que entonces.

Encuentros con libros
Stefan Zweig
Edición y epílogo de Knut Beck
Traducción de Roberto Bravo de la Varga
Acantilado (Colección El Acantilado, 405)
Barcelona, 2020
272 páginas

Las leyes de lo impredecible

A partir de cierta edad, no es habitual que nos adentremos en un libro sin arrastrar ideas preconcebidas: conocemos al autor (o creemos conocerlo), hemos leído alguna crítica, nos lo han recomendado o todo lo contrario, hasta la información que ofrecen las solapas puede ser suficiente para orientar nuestras expectativas. En el caso de Exhalación (Editorial Sexto Piso), cuando uno se entera de que la producción literaria de Ted Chiang (Nueva York, 1967) no llega a la veintena de narraciones cortas que, sin embargo, le han bastado para convertirse en uno de los escritores de ciencia ficción más galardonados de las últimas décadas, tiende a imaginar que va a encontrarse con una serie de textos tan meditados como impecables.

Y, en efecto, los nueve relatos que componen Exhalación son originales y brillantes (unos más que otros), pero el conjunto posee una virtud añadida: cada historia nos lleva a un mundo distinto —en argumento, personajes y ambientación— que, sin embargo, encaja con el resto, lo que da lugar a un universo coherente.

En una de las «Notas a los relatos» que completan el volumen, el autor explica que se le ocurrió contar esa historia de una manera que le pareció un «experimento interesante». Es una observación muy reveladora sobre cómo trabaja la imaginación de Chiang, que en cada narración explora alguno de los grandes temas del género combinando especulación científica sólida, estructuras narrativas muy medidas desde la primera línea hasta el desenlace y un examen continuo y minucioso de los aspectos éticos y filosóficos. El estilo, en consecuencia, es claro y preciso, y el tono, como en algunos cuentos de Jorge Luis Borges, se aproxima a menudo al del ensayo.

«El comerciante y la puerta del alquimista», el primer relato del libro y uno de los más logrados, ejemplifica el sello personal que Chiang consigue imprimir a asuntos que han interesado a la ciencia ficción desde sus inicios. Aquí se trata de los viajes en el tiempo, que el escritor presenta a través de una narración que remite a Las mil y una noches, con un protagonista que cuenta su historia al califa de Bagdad e intercala en ella las peripecias de otros personajes que se encuentran con sus yoes del pasado o el futuro.

El texto funciona como un mecanismo de relojería donde cada pieza complementa a las demás y todas juntas ilustran el núcleo del relato —la aceptación del destino, que no consiste en una fuerza externa, sino en la expresión de la personalidad de cada individuo—. Chiang aligera esta densidad de ideas con la riqueza de voces y escenarios y con una trama que roza a veces la comedia de enredos y, además, su particular máquina del tiempo, basada en las teorías del físico Kip Thorne, no desentona lo más mínimo en la atmósfera propia de los cuentos del Oriente medieval.

La compleja relación entre libre albedrío y carácter es el eje de otros dos relatos: «Lo que se espera de nosotros» y «La ansiedad es el vértigo de la libertad». En el primero, escrito en forma de mensaje de advertencia enviado desde el futuro, Chiang solo necesita tres páginas para desarrollar la premisa de una tecnología en apariencia inofensiva que se acaba convirtiendo en una plaga («Ahora la civilización depende del autoengaño. Quizás siempre ha sido así»). En «La ansiedad es el vértigo de la libertad», profundiza en su noción del carácter individual a través de dos personajes femeninos bien trazados y un universo en el que es posible comunicarse con realidades alternativas gracias a la física cuántica (la traducción de Rubén Martín Giráldez es especialmente meritoria en este texto).

Un segundo bloque de narraciones aborda las consecuencias morales del uso de tecnologías que ya existen, aunque sea en un estado embrionario. Y de nuevo Chiang demuestra su habilidad para transformar en historias verosímiles e imaginativas las ideas que quiere explorar, ya se trate de la relación con inteligencias artificiales («El ciclo de la vida de los elementos de software», que es más bien una novela corta) o con máquinas subrobóticas («La niñera automática, patentada por Dacey») o el efecto de reemplazar la memoria por un archivo digital de nuestra vida («La verdad del hecho, la verdad del sentimiento», donde encontramos un curioso paralelismo con el impacto que supuso la escritura en las culturas orales).

La variedad de Exhalación se completa con otros tres temas muy habituales en el género. En el relato homónimo, el más borgiano del conjunto, el autor retrata el final de una civilización que es tan distinta de la humana desde el punto de vista físico como cercana en sus miedos y esperanzas. La dificultad de la comunicación entre especies inteligentes es el eje de la fábula «El gran silencio», un asunto central también en el cuento por el que es más conocido Chiang, «La historia de tu vida», adaptado al cine en 2016 por Denis Villeneuve en «La llegada». Y la conexión entre ciencia y fe articula «Ónfalo», quizás la prueba más deslumbrante de la inventiva de Chiang, capaz de imaginar un mundo en el que los científicos han demostrado que la humanidad es el objeto de la creación y de contarlo a través de las plegarias de otro estupendo personaje femenino.

Acabado el libro, se aprecia mejor otro rasgo esencial de la obra. Desde sus orígenes, la ciencia ficción se ha movido entre dos polos, uno más optimista y volcado hacia la aventura y el ‘sentido de lo maravilloso’ —de Julio Verne a Star Trek— y otro más oscuro y centrado en cuestiones políticas y sociales, desde las distopías de 1984 o Un mundo feliz hasta ejemplos actuales como la serie de televisión Black Mirror.

En esa dinámica, Chiang se sitúa muy cerca del término medio, tan consciente de los peligros que acechan tras cada descubrimiento («Cualquiera que haya malgastado horas navegando en la Red sabe que la tecnología refuerza los malos hábitos», dice uno de sus personajes) como de lo asombroso que es el mundo y el hecho de que podamos entrever sus secretos. «Porque si la duración de un universo es calculable, no lo es la variedad de vida que se genera. Los edificios que hemos levantado, el arte, la música y los versos que hemos compuesto, las vidas que hemos llevado: nada de eso pudo predecirse, porque nada de eso era inevitable», afirma el narrador de otro relato. Una suma de improbabilidades: esa es una definición precisa de libros tan especiales como este.

Exhalación
Ted Chiang
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Editorial Sexto Piso
Madrid, 2020
345 páginas

Un prodigio constante

El corazón de La feria de las tinieblas, uno de los títulos centrales de la extensa obra de Ray Bradbury (1920-2012), es el tránsito a la vida adulta de dos adolescentes que, como dice el autor en el prólogo a este libro publicado en 1962, «crecieron durante la noche, y ya nunca más fueron tan jóvenes». Ese paso no es precisamente un tema poco tratado en la literatura —la novela de formación o aprendizaje es un género en sí mismo— o el cine, con ejemplos tan alejados en el tiempo y el espíritu como el Lazarillo de Tormes, el David Copperfield de Dickens o It de Stephen King (un autor que debe mucho a Bradbury).

El desarrollo psicológico y moral de los protagonistas, la pérdida de la inocencia, la excitación por alcanzar la independencia entremezclada con el miedo a abandonar para siempre la seguridad de la infancia y ser arrastrado por la corriente cada vez más veloz del tiempo… Hemos leído (o visto) en mil ocasiones esa historia, que puede extenderse durante muchos años o, en el extremo contrario, resolverse de manera brusca en unas pocas horas. No importa: en La Feria de las tinieblas, reeditada por Minotauro junto al resto de las obras más conocidas del escritor estadounidense, Bradbury convierte esa materia prima en algo tan inconfundible como lo es su relato de la colonización espacial en Crónicas marcianas o su visión de un futuro distópico en Fahrenheit 451.

Como ocurre con las buenas novelas, el argumento es un esqueleto que refleja solo vagamente la obra final. Las vidas de James Nightshade y William Halloway, dos amigos a punto de cumplir catorce años, dan un vuelco cuando una madrugada de otoño, pocos días antes de la Fiesta de todos los Santos, llega a una pequeña ciudad del Medio Oeste —la ficticia Green Town, trasunto de Waukegan, donde nació Bradbury hace cien años— una feria ambulante. Mientras que los habitantes de la ciudad se divierten en el circo y las atracciones, Jim y William descubren que allí se esconden prodigios maravillosos y terribles, como un tiovivo que puede sumarte años o quitártelos, o una bruja capaz de detener los corazones. La feria oculta una amenaza mayor, y para detenerla los protagonistas tendrán que enfrentarse unidos a su dueño, el señor Dark, tatuado con las almas de sus víctimas.

Esos mimbres parecen anticipar una historia fantástica con elementos de terror o una historia de terror con elementos fantásticos, también una alegoría sobre la lucha entre el Bien y el Mal y una reivindicación de la amistad, la bondad y la alegría compartida. Y, en efecto, La feria de las tinieblas es una fantasía con capítulos muy sombríos, y no faltan tentaciones y arrepentimientos, confianza ciega, redenciones, amor puro y envidia, y la historia se cierra con una lección tan simple como efectiva, pero afortunadamente Bradbury trasciende todos los géneros y convenciones porque es un narrador nato y un creador que entiende la escritura como una tarea gozosa y liberadora que debe estar gobernada por la emoción y la búsqueda de la verdad personal, lejos de moldes preconcebidos, intelectualizaciones y moralejas.

La combinación de sensibilidad, riqueza verbal, imaginación, ritmo y densidad metafórica no es algo infrecuente en la obra de Bradbury, al que se ha calificado como “el poeta de la ciencia-ficción”, pero pocas veces ha llegado a cotas tan altas como en esta novela. De la primera página a la última, el narrador parece estar no inventando una ficción, sino traduciendo a palabras una visión a la que no puede resistirse y en la que lo esencial aparece claro y exacto, vívido, mientras que lo accesorio está solo esbozado (las horas muertas, la mayor parte de la biografía de los personajes, casi todos los vecinos). Y el tono del relato se adapta a lo revelado y puede transmitir desde esa misteriosa melancolía que nos hipnotiza en un cuadro de Edward Hopper hasta la atmósfera alucinatoria de un lienzo de Edvard Munch.

Las descripciones y la acción, los diálogos y la conciencia de los personajes: todo se despliega con la misma naturalidad, fuerza expresiva y capacidad de sugerencia. Una sensación de encantamiento y amenaza recorre el texto con el chisporroteo de una corriente eléctrica desde el mismo inicio —“En alguna parte, la tormenta era ya evidente: una bestia enorme de dientes horribles”—, transfigurando lugares y objetos —“Arrollada allá abajo en el jardín, como una larga boa constrictor, esperaba la manguera”— y hasta filtrándose en los sueños. No es casual que muchos de los momentos más evocadores de la novela transcurran de noche, como en este ejemplo:

Era medianoche y los relojes corrían hacia la una y las dos y las tres de la madrugada, y las campanas de los carillones sacudían el polvo de los viejos juguetes en los desvanes altos, y desprendían la plata de los espejos en desvanes todavía más altos, y encendían sueños de relojes en todas las casas en las que había niños dormidos. (p. 69)

También es a menudo de noche cuando Bradbury se adentra en la mente de los personajes, como en un monólogo interior del padre de Will, Charles Halloway, causado por el insomnio:

El sueño es imitación de la muerte, ¡pero estar con los ojos abiertos a las tres de la mañana es estar muerto en vida! (…) La puesta de sol ha quedado muy atrás, el amanecer está lejos aún, de modo que uno pasa revista a todas las imbecilidades en que cayó alguna vez, las encantadoras tonterías cometidas con amigos tan queridos y que ahora están tan muertos… (p. 73)

Al repasar la novela, puede echarse en falta una exploración más detenida de la ciudad y una galería más amplia de personajes (¿Jim y Will no tienen más amigos?), lo que quizás se deba a que el texto nació como un relato que Bradbury fue ampliando a lo largo de varios años. Sin embargo, al concentrarse en unos pocos escenarios y figuras el libro consigue, a cambio, dotarlos de un carácter simbólico y universal. Con su ayuntamiento y su biblioteca y su iglesia católica y su iglesia episcopaliana y su iglesia baptista y sus casas de madera rodeadas de césped, Green Town es —en palabras de Charles Halloway— “el patio de atrás de ninguna parte”, y se le puede aplicar lo que Borges dice en su prólogo a Crónicas marcianas: “En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad”.

Y, a la vez que absolutamente únicos, Jim y Will representan a todos esos amigos que son tan distintos como inseparables, y Charles Halloway encarna nuestra angustia ante el paso del tiempo y los días desaprovechados, y la señorita Foley (un personaje estupendo que te hace desear que Bradbury hubiera dedicado más atención a las madres de los protagonistas) es cualquiera de nosotros cuando evitamos pensar en el pasado para no hundirnos “en profundidades tan frías, tan remotas”. La feria es una parte del mundo y, cuando cerramos el libro y levantamos la mirada, intuimos las luces de la noria, el rugido de las fieras y la música estridente del tiovivo. No están muy lejos.

La feria de las tinieblas
Ray Bradbury
Traducción de Joaquín Valdivieso (*)
Ediciones Minotauro
Barcelona, 2019
331 páginas


* Un apunte sobre la traducción: En el libro se atribuye a Joaquín Valdivieso, pero en realidad este es uno de los seudónimos que usaba para su labor traductora Francisco Porrúa, fundador de Minotauro en 1955 y responsable de la publicación de obras como Cien años de soledad o Rayuela. Su versión ha envejecido con dignidad, aunque no le vendría mal una puesta al día que, además, revisara la traducción del título: Something Wicked This Way Comes —Algo maligno viene hacia aquí—, sobre todo cuando se trata una cita del Macbeth de Shakespeare que aparece en el propio texto.

Virus, píxeles y algoritmos: el tiempo acelerado

‘Original’, ‘diferente’ o ‘personal’ son adjetivos que tendemos a usar con ligereza para referirnos a todo lo que no entendemos bien o no se ajusta a nuestras expectativas. No es el caso de Lo viral (Galaxia Gutenberg), un libro híbrido, un mosaico de apuntes y reflexiones que aborda asuntos clave de nuestra época con una combinación de materiales y enfoques que, por su singularidad, le hacen merecedor de esos calificativos.

El propio autor, Jorge Carrión (Tarragona, 1976), se refiere a este carácter particular casi al comienzo del texto: «No creo que tenga género, pero se podría definir como un antidiario de no ficción, un informe, una sucesión de preguntas, un diario fake o una reconstrucción». En otro momento lo describe como un «relato realista de anticipación», y se ve a sí mismo como «alguien que piensa en voz alta acerca de una dimensión paralela que proyecta una luz extraña, y no obstante interesante, sobre lo que ocurre en la dimensión central. Tal vez».

Lo viral se compone de una serie de entradas bastante breves —la mayoría no ocupa ni una página—, fechadas entre el 17 de noviembre de 2019 y el 2 de mayo de 2020 (con alguna excepción anterior y posterior a ese período). Carrión explica que empezó a escribirlo el 10 de marzo de este año, es decir, solo unos días antes de que se decretara en España el confinamiento de la población debido a la COVID-19. Se trata, por tanto, de un diario ficticio pero, al mismo tiempo, sincero, e incluso podría decirse que precisamente porque es ficticio refleja mejor la realidad que si fuera auténtico.

Para añadir complejidad a la obra, tres grandes hilos se entretejen a lo largo de sus ciento setenta y seis páginas.

El primero es la crónica de la pandemia, desde el primer caso conocido en China hasta los pasos iniciales hacia lo que se ha llamado la Nueva Normalidad, un relato inevitablemente incompleto porque persisten muchas lagunas e incógnitas.

El segundo conforma un ensayo en torno al concepto de viralidad que, tal como lo entendemos hoy, surgió en los años noventa en el ámbito del marketing: «A partir de ese momento el objetivo de un anuncio, de una campaña de publicidad, de un videoclip o de un nuevo producto es propagarse, contagiarse, infectar las conciencias del máximo número posible de compradores, sobre todo a través de las redes de telefonía». El libro revela cómo la viralidad no ha dejado de ganar peso e, impulsada por las redes sociales, se ha convertido en una categoría esencial para entender los mecanismos sociales, culturales, políticos y económicos de nuestra era. A través de mensajes y estrategias virales, se venden discos, se difunden bulos, se salvan vidas, se ganan elecciones. Y se comparten lecturas, claro.

Intercalados con los anteriores, el texto incluye materiales de carácter más personal, como los relativos a la experiencia del confinamiento en familia y a las novelas y los ensayos anteriores de Carrión —Contra Amazon es el más citado—. También abundan las referencias a lecturas sugeridas por la pandemia, desde el relato de Tucídides sobre la peste que sufrió Atenas en el siglo V a. C. y la inevitable novela de Albert Camus hasta una infinidad de narradores, ensayistas y autores de diarios como Kafka, Susan Sontag o Julio Ramón Ribeyro.

Precisamente a propósito del diario, Carrión señala que, «en los escritores modernos que importan», este es «una estrategia de vanguardia» y «un laboratorio, un espacio de ensayo, de prueba, acierto, error». Y, a continuación, se pregunta: «Este que escribo sin saber por qué, ¿acierta o falla?».

Ante un libro como Lo viral, las respuestas pueden ser especialmente variadas; la mía es que Carrión sale airoso del experimento al que se ha sometido gracias a que las piezas encajan y, tras la lectura de las primeras páginas, el mecanismo se pone en marcha e ilumina cuestiones fundamentales sobre las que, aturdidos por las urgencias del día a día, apenas reflexionamos.

Sobre la base del paralelismo entre la pandemia y la viralidad digital —buscan la mayor propagación posible, necesitan transmisores y se aprovechan de la globalización y las nuevas tecnologías—, el autor encuentra relaciones más sutiles entre ambas, rastrea su origen y anticipa sus repercusiones en ámbitos como el de la cultura (Carrión es también director de un máster en Creación Literaria), los viajes o la inteligencia artificial. Por mencionar solo cuatro ejemplos de la variedad de perspectivas que ofrece, el libro explora la conexión entre los virus, la genética humana y el urbanismo; retrata el presente con las palabras de un filósofo romano de hace dos mil años, se fija en la conversión de las redes sociales en espacios de duelo ante la imposibilidad de despedir a los difuntos en persona durante la pandemia, y subraya la paradoja de que un fenómeno biológico va a reducir drásticamente el plazo para la transición digital.

Por su carácter fragmentario, Lo viral no tiene —no puede tener— la exhaustividad de un texto más ordenado y académico, pero en contrapartida disfruta de una flexibilidad que Carrión aprovecha para combinar teoría y experiencia, datos e intuiciones, creando una sensación de cercanía y urgencia. En algunos momentos, el estilo se contagia del carácter ligero y llamativo de lo que describe («Jesucristo, el primer influencer«), pero es mucho más habitual que se incline hacia el matiz, la duda y los interrogantes sin respuesta —la entrada correspondiente al 2 de marzo consiste en treinta y nueve preguntas que el autor se dirige a sí mismo en una especie de examen de conciencia—, con lo que resulta a la vez más denso y más honesto.

Lo viral se lee con mucho interés (y algo de angustia) como reconstrucción histórica, es sugerente también como vía de acceso a otros libros (y películas y series de televisión) y nos permite, además, asistir al diálogo de un escritor con el mundo contemporáneo y consigo mismo, pero destaca sobre todo como fuente de ideas para la reflexión personal y el debate público.

Una lista pormenorizada sería interminable, así que apuntaré solo algunas que me han llamado especialmente la atención: la viralidad puede ser dirigida pero no decidida porque el centro de gravedad está en el cerebro de cada uno de nosotros; la filosofía actual más pertinente busca alternativas al incremento exponencial de la velocidad del mundo; existe una vinculación entre el uso de las redes sociales y la bioquímica cerebral, y plataformas como Amazon Prime Video, HBO y Netflix se rigen cada vez menos por criterios humanos y artísticos y más por la «tiranía de los algoritmos», esos conjuntos de operaciones sistemáticas que sirven para procesar datos y resolver problemas, lo que convierte las obras en meros contenidos (este asunto se trata en uno de los episodios del podcast del escritor, «Solaris, ensayos sonoros»).

Quizás la conclusión más inquietante de Lo viral es que no hemos sido capaces de anticiparnos a la pandemia a pesar de experiencias anteriores y de los avisos reiterados de los expertos. Y el peligro, advierte el libro, continuará mientras el ser humano siga destruyendo los ecosistemas naturales. ¿Nos hará la pandemia conscientes del apocalipsis climático, «que parece lento pero en realidad no para de apretar el acelerador»?

Lo viral
Jorge Carrión
Galaxia Gutenberg
Barcelona, julio de 2020 (1.ª edición)
176 páginas

Maneras de salir de un abismo

Todas las novelas fracasadas se parecen; cada novela que triunfa (literariamente hablando) lo hace a su manera. En Rewind, publicada por Anagrama, Juan Tallón (Viladervós, Ourense, 1975) alcanza ese resultado feliz gracias a un puñado de voces narrativas que se complementan y ajustan como en un coro bien afinado.

El argumento del libro es ligero y se despliega ya en las primeras páginas: un grupo de estudiantes de diversas nacionalidades están celebrando una fiesta en el piso que comparten en un edificio de Lyon cuando se produce una enorme explosión. La primera versión de los hechos nos llega de la mano de Paul Madiot, uno de esos estudiantes; en las sucesivas partes de la novela, el autor emplea a otros personajes —víctimas y testigos— para mostrar la tragedia desde diferentes ángulos y, además, ir desenredando la madeja de la investigación policial sobre las causas del suceso.

Tallón no recurre a trucos de prestidigitador para engañar a los lectores y luego sorprenderlos respecto al desencadenante del desastre, más bien al contrario. Lo que le interesa es mostrar cómo un suceso azaroso puede desbaratar hasta lo que parece más sólido —vocaciones, creencias, proyectos compartidos, amistades, matrimonios—. «Muchas cosas cambiaron a partir de esa noche. Qué si no. Era un golpe de vida, y los golpes de vida mueven las cosas seguras, que siempre han sido de una determinada manera, de su sitio original», dice una de las víctimas.

Esta riqueza de puntos de vista encaja con el mundo inestable, complejo y de apariencias engañosas de Rewind. El relato de cada narrador complementa, matiza y enriquece lo que creemos saber hasta entonces sobre los personajes y las relaciones entre ellos, su pasado y sus circunstancias familiares y también sobre el lugar de la explosión (con objetos que funcionan como notas recurrentes en una composición musical). Y cada visión refuerza, además, la idea de la fragilidad de cualquier forma de orden o felicidad frente a la irrupción de lo fortuito.

Este acierto estructural, sin embargo, resultaría baldío sin el mayor logro de Tallón: crear cinco voces narrativas que suenan armónicas y, sobre todo, tan auténticas que, en muchos momentos del libro, aceptamos suspender nuestra incredulidad y escucharlas no como piezas al servicio de una trama, sino como conciencias autónomas.

Ocurre con el protagonista de la historia, Paul Madiot, un alumno de Bellas Artes de veinte años tan hedonista como reflexivo que se mueve de manera convincente entre el retrato generacional («Nos encontrábamos en esa edad en que todos nos mostrábamos confiados en la idea de que vivir consistía también en desperdiciar el tiempo, sin llegar a perder su control») y una filosofía vital personalísima («Unos pantalones viejos, unos zapatos gastados, un abrigo pasado de moda equivalen a veces a tu patria»).

Pero el resto de personajes no son menos convincentes, no importa cuál sea su profesión, edad o procedencia. Cada uno tiene su particular forma de contar la historia y, al hacerlo, de contarse a sí mismo, un autorretrato que a veces cabe en una sola frase: «No voy al cine, apenas leo libros, pero acudir a restaurantes varias veces a la semana para cenar me mantiene despierto e informado, y sé de la vida mucho más de lo que algunos creen conocer porque leen novelas ridículas de cosas que nunca pasan».

La imaginación y la capacidad de empatía de Tallón alcanzan tal vez su mayor altura con dos personajes femeninos: una quiosquera que es un prodigio de viveza, naturalidad y sabiduría popular —“La gente con muchas monedas en el bolsillo siempre me da un poco de pena, no lo puedo evitar. Mi teoría es que si tienes mucho dinero, llevas billetes, que son más ligeros. Si eres muy rico, ni siquiera llevas billetes, el dinero te sobrevuela como un fantasma»— y la hermana de uno de los estudiantes, que narra el desmoronamiento de una familia con tanta sensibilidad como crudeza.

Ese hundimiento refleja que algunas víctimas no pueden dejar de rebobinar una y otra vez lo ocurrido y acaban consumidas por el dolor, como ya anticipa la cita de Ernest Hemingway que precede al texto: «El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado».

Pero en Rewind se nos muestran otras muchas formas de responder a una catástrofe. Hay quien reemprende enseguida la marcha y quien se queda paralizado durante años hasta que por fin es capaz de dar un primer paso, otros siguen adelante con ese enorme dolor siempre a cuestas o con una conciencia más profunda de la fugacidad de todo, algunos deciden dejar atrás su identidad y adoptar una nueva, reinventarse.

«(…) la vida, que te empuja a los abismos, te tiende después la mano para salir de ellos», concluye uno de los narradores, el mismo que en otro momento resume uno de los ejes de la historia: la vida como transformación permanente. «Cambiamos sin saberlo, a veces también cambiamos sin querer, cambiamos tras asegurar que no lo haremos, cambiamos poco a poco y cambiamos de repente, cambiamos porque nos empujan o porque nos equivocamos. Cambiamos para sobrevivir, cambiamos por egoísmo, siempre cambiamos», reflexiona.

Y en Rewind ese cambio implica confrontar continuamente lo que somos con lo que fuimos y lo que pudimos haber sido. Realidad y memoria, azar y deseo: en ese escenario aprendemos a movernos, hasta que llega la siguiente explosión y tenemos que empezar de nuevo.

Rewind
Juan Tallón
Editorial Anagrama, colección Narrativas hispánicas, 640
Barcelona, 2020
209 páginas

Verano: un viaje de ida y vuelta

Siempre me ha fascinado cómo unos pensamientos atraen a otros, las asociaciones de ideas, el modo muchas veces misterioso en que se engarzan los recuerdos. Pero no es fácil reconstruir una de esas cadenas pasado un tiempo: hemos olvidado el punto de partida o el de llegada, o el camino entre ambos se ha desdibujado, o nos confunde con sus revueltas y sus bifurcaciones, y cuanto más se aplica uno a recomponerlo, menos claro resulta dónde empieza la memoria y dónde la invención.

Por eso, si se me presenta un caso que me atrae de manera especial, convertido en detective de mí mismo, lo investigo cuanto antes y apunto mis descubrimientos, como en estas notas de una experiencia reciente:

Es la mañana del último día del viaje. Recorro el paseo que bordea la playa, ni una nube a la vista, apenas sopla la brisa, la mascarilla acentúa la sensación de calor.

De repente, por encima de una verja asoma la catarata verde y fucsia de una buganvilla. Me alcanzan al instante imágenes de otras buganvillas, con brácteas de ese color o rosas o naranjas o amarillas, algunas casi vecinas, otras distantes miles de kilómetros, pero todas recortadas contra un cielo azul sin nubes, bajo el sol del verano.

La fotografío con el móvil y sigo mi camino. El nombre del poeta Wallace Stevens me viene a la cabeza, y caigo en la cuenta de que uno de sus libros se llama Viaje al verano —no recuerdo el título en inglés—; entre los poemas que lo componen figura uno de mis favoritos, «Credences of Summer». Tengo que volver al hotel, el hilo se interrumpe.

Al día siguiente, ya de vuelta en casa, con la maleta vacía y la lavadora en marcha, repaso en el teléfono las fotografías del viaje. La buganvilla me devuelve a veranos superpuestos y a Stevens. Durante unos minutos exploro el desorden de mi biblioteca. Ahí está: De la simple existencia. Antología poética (Galaxia Gutenberg). Es una edición bilingüe de Andrés Sánchez Robayna, que traduce como Viaje al verano el original Transport to Summer. Busco mis versos preferidos y acabo en la sección Adagia, con sus rotundos aforismos sobre la experiencia poética, para encontrar el que tengo en mente:

Poetry is a purging of the world’s poverty and change and evil and death. It is a present perfecting, a satisfaction in the irremediable poverty of life.

La poesía es un remedio contra la pobreza, la mudanza, el mal y la muerte del mundo. Es un presente que se perfecciona, una satisfacción en la irremediable pobreza de la vida.

La defensa de la poesía como consuelo me conduce a un autor de la Inglaterra victoriana, Walter Pater. De otro estante cojo un ejemplar de su obra más conocida e influyente: El Renacimiento. Estudios sobre arte y poesía (Alba Editorial). Releo por enésima vez la “Conclusión” de este conjunto de ensayos y llego a esta frase (la traducción es de Marta Salís):

Mientras todo desaparece bajo nuestros pies, podemos aferrarnos con fuerza a toda pasión sublime, a toda contribución al conocimiento que ofrezca un amplio horizonte a la libertad del espíritu, a todo aquello que despierta nuestras emociones, extraños colores, exóticas fragancias, obras realizadas por unas manos de artista, el rostro de un amigo.

Dejo el libro y me pongo con otras tareas —se han difuminado—, pero de pronto me acuerdo de la buganvilla plantada en una pequeña maceta en mi terraza, seca desde hace varias semanas por más que la he cuidado, el verano es inclemente en Madrid. Tendré que tirarla, me digo resignado.

Cuando salgo a regar las plantas supervivientes, descubro que la buganvilla ha rebrotado. Y esas pocas hojas verdes me llevan de vuelta al paseo junto a la playa, a la luz de agosto, a la sombra de otra buganvilla que es, al mismo tiempo, real e imaginada.

Un hombre y su mundo (que es el nuestro)

Tenía dos reticencias antes de empezar la nueva novela de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), cuyo lanzamiento se retrasó -como tantas otras cosas- por culpa de la pandemia y ha acabado convirtiéndose en uno de los títulos más populares de este verano. La primera: El mal de Corcira (Ediciones Destino) es la entrega número doce de la serie protagonizada por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, y no había leído ninguno de los libros anteriores. La segunda reserva (o, más bien, prejuicio) se debía a que pertenece a un género, el policíaco, tan explotado en los últimos lustros por parte de la literatura, el cine y la televisión que, de entrada, todas las historias suenan a calcos o, en el mejor de los casos, a variaciones de otras anteriores.

Unos pocos capítulos bastan para disipar el primer motivo de desconfianza. Seguro que quienes hayan seguido a Bevilacqua y Chamorro desde El lejano país de los estanques (1998) apreciarán mejor algunas referencias al pasado y la evolución de los personajes, pero Silva -que, como narrador, se conoce ya todos los recursos del oficio- ofrece al lector la información necesaria para que se oriente en ese universo y la dosifica, además, de un modo que resulta natural y no rompe el ritmo del relato.

Tampoco hay que avanzar muchas páginas para darse cuenta de que la fórmula policíaca es para el escritor un vehículo para transmitir lo que realmente le interesa. Sí, en la novela encontramos elementos típicos del género: un crimen brutal, la investigación sobre el terreno -Ibiza, Formentera y el País Vasco son en este caso los principales escenarios-, los interrogatorios, las revelaciones sobre la víctima y su entorno, una amplia galería de personajes secundarios, varios giros argumentales… Pero el eje de la obra -y su mayor virtud- es el subteniente Bevilacqua (su compañera está un tanto desplazada del foco central por razones argumentales) y, más en concreto, la visión que su trabajo en la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil le ofrece tanto de su país y de la sociedad actual como del género humano, sobre todo en sus facetas más crueles y estúpidas.

Bevilacqua no es ni el típico investigador atormentado, a la manera romántica, ni un genio de la especulación intelectual o un agente a lo 007, y tampoco encaja en la imagen tradicional de un guardia civil. Es resolutivo pero también escéptico y con cierta tendencia a la melancolía, empático, manipulador cuando lo requiere la investigación, buen psicólogo pero no infalible, culto hasta la pedantería, tan contrario a las injusticias como consciente de que sirve a un orden atravesado por desigualdades y contradicciones.

«A mis cincuenta y cuatro años, y después de haber visto a tanta pobre gente avasallada y a tanto desalmado haciendo daño al prójimo, provisto de las más variadas excusas, prefería vivir en lo concreto y, abandonando el aséptico mundo de las ideas, situarme en el primer término más bien mugriento que me incumbía»: ese es el lugar que se ha buscado para poder seguir levantándose cada mañana.

Aún más trascendente para la novela es que el protagonista sea también quien cuanta la historia. Su voz se plasma en un estilo en el que priman la claridad y un ritmo ágil, pero Lorenzo Silva no se olvida en ningún momento de intercalar en la narración de los hechos las reflexiones que generan en el subteniente, más inclinadas a la ironía que a la épica. Esa visión se enriquece, además, con el bagaje cultural del personaje, que se enorgullece de su curiosidad intelectual y de sus lecturas –Walter Benjamin y Tucídides son referencias recurrentes- y que cita con la misma facilidad una canción de Elvis o Radio Futura.

Esa perspectiva le sirve al novelista, además, para alternar con fluidez el presente de la investigación del asesinato y el pasado con el que quizás esté vinculado: la víctima fue condenada en su día por colaboración con ETA, y justamente la lucha contra la banda terrorista a finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado influyó de manera decisiva en la biografía y la carrera del protagonista.

Como es natural, los juicios de Bevilacqua sobre los asesinos y sus cómplices (activos o pasivos) no son ambiguos, pero sí dejan espacio para los matices, la compasión y la autocrítica. «El odio entre los que forman parte de una misma comunidad puede producir toda suerte de aberraciones y hay quien logra salir de ellas y quien en cambio las perpetúa», afirma al resumir el relato de Tucídides sobre Corcira (la actual Corfú), el escenario de la primera guerra civil entre los griegos, y en su opinión esa advertencia se ha demostrado acertada una y otra vez en la historia universal y en la de España.

La otra gran baza del libro es que nos permite asomarnos a ese mundo tan particular y reglado que es la Guardia Civil, donde conviven tradiciones centenarias y el uso de las tecnologías más modernas. El novelista revela a lo largo del libro los pormenores de sus procedimientos y su organización, tanto en lo relacionado con el terrorismo como en lo que respecta a la investigación del crimen (un proceso mucho más lento y laborioso de lo que suelen mostrar las películas y las series de televisión). Por eso, no sorprende descubrir en el apartado de agradecimientos que el autor cita a una docena de guardias civiles de quienes ha aprendido «cosas que no están en los libros». Afirmaba recientemente Antonio Muñoz Molina en ‘El País’ que Silva retrata a la Benemérita con el mismo cuidado que John le Carré al escribir sobre el espionaje británico, y la comparación no puede ser más exacta.

Esa atención prestada al protagonista y a sus circunstancias y la habilidad del escritor para entretejer su voz con otras muy distintas y con los acontecimientos históricos permiten a El mal de Corcira desbordar el molde del género y multiplicar su alcance. Y gracias a ellas, cuando hayamos olvidado los detalles de quién mató a quién, cómo y por qué, seguiremos recordando las cavilaciones de Bevilacqua en Ibiza sobre el viaje como experiencia liberadora o esa noche en que, a solas en una habitación de hotel, todas las canciones le hablan de la víctima, de la guerra y de él mismo, que «pese a haber sobrevivido a su fuego no había salido incólume ni limpio».

El mal de Corcira
Lorenzo Silva
Ediciones Destino, colección Áncora y Delfín, volumen 1503
Barcelona, 2020
540 páginas

Historias sin precio

Durante más de treinta años, Henry James fue anotando en una serie de cuadernos de trabajo el germen de casi todas sus obras narrativas (en español puede encontrarse una magnífica edición en Destino). Los apuntes conforman a veces un análisis pormenorizado de las secuencias dramáticas y los personajes de una novela, pero a menudo son primeros esbozos o incluso una simple situación en la que el escritor vislumbra un futuro relato. Es fascinante seguir a James en la exploración del potencial de la idea surgida de una lectura o, más habitualmente, de una anécdota que le contaron la noche anterior en una cena de sociedad.

No es menos asombroso el hecho de que, si el ‘olfato’ para las historias del autor de tantas obras geniales resulta único, la capacidad de imaginar historias a partir de instantes y detalles de la vida cotidiana es universal. Y usarla, inevitable: como la lechera del cuento, fantaseamos hasta cuando no nos conviene. Cualquier escena, además, nos sirve para montarnos una novela (o una película), y hasta una conversación oída a medias nos basta para inventar tramas, motivaciones, fuerzas en conflicto, giros sorprendentes, finales con o sin moraleja.

Un ejemplo extraído de mi propia experiencia: la semana pasada me encontré en unos grandes almacenes con un gran cajón lleno de libros de saldo y lo primero que se me ocurrió fue preguntarme cómo habría reaccionado de haber escrito yo uno de aquellos títulos. Enseguida me olvidé del asunto, pero unos días después me vino de repente a la cabeza de nuevo, y ya no paré de darle vueltas hasta bosquejar un microrrelato (la versión definitiva me la reservo, sobre todo porque no está escrita):

Cuando, camino ya de las cajas, se tropezó en un pasillo del hipermercado con una columna de ejemplares de su última novela, que se vendían, entre otros muchos libros, a precio de saldo («Todo a 5,95 €»), primero se indignó por que el fruto de su reconocido talento —empezaba a sonar para la Academia— y de las largas horas pasadas frente al ordenador y fatigando bibliotecas compartiera espacio, bajo la fría luz de los focos, con lo que él llamaba desdeñoso ‘kleenex con páginas’; sintió después una punzada de desánimo (ni siquiera le habían colocado en un lugar de privilegio, seguro que Séneca o Montaigne disponían de palabras de consuelo ante una injusticia semejante, pero en ese momento no era capaz de recordarlas) y, finalmente, soltó la cesta con la compra, comprobó que no se acercaba nadie y repartió los volúmenes con su nombre impreso en elegante tipografía de manera que las demás portadas quedasen ocultas.

Seguía sonriendo bajo la mascarilla cuando le tocó su turno en la caja.

¿Cuántas historias pueden nacer de una premisa tan sencilla? ¿Cuántas se pierden por no ser contadas? O, volviendo a James, ¿cuántas veces aprovechamos «la más afortunada oportunidad para crear lo indestructible»?