¿Existe algo que no pueda comprarse?

Si un extraterrestre intentara formarse una idea sobre nuestro mundo examinando las listas de los libros de ficción más vendidos, podría concluir erróneamente que la mayor parte de nosotros somos detectives, burgueses de vida sentimental agitada, abogados, artistas, reyes medievales, millonarios con tantas mansiones como oscuros secretos familiares.

Esos personajes protagonizan algunas de las mejores historias contadas a lo largo de los siglos, pero constituyen una porción muy reducida de la humanidad, y de la buena literatura —como del arte en general— esperamos una representación amplia, rica y variada de la vida. Como afirmaba Henry James, la casa de la ficción tiene un número incalculable de posibles ventanas; todos los escritores observan el mismo panorama pero cada uno desde una abertura de diferente forma y tamaño. En este sentido, la publicación de novelas como Las maravillas, de Elena Medel (Córdoba, 1985), es ya un valor en sí mismo porque nos ofrece perspectivas infrecuentes en la ficción más comercial.

A través del libro de Medel, una de las novedades de la temporada de la colección Narrativas hispánicas de Anagrama, podemos asomarnos en concreto a la España anónima de los últimos cincuenta años, desde el final del franquismo hasta la movilización feminista del 8 de marzo de 2018. Ese recorrido se apoya en dos figuras centrales, María y Alicia, que pertenecen a generaciones distintas pero comparten circunstancias vitales: dejan su Córdoba natal por barrios populares de Madrid y encadenan trabajos precarios y mal pagados, y con los años ambas se van desprendiendo de los vínculos familiares. Representan a esa gente común que vive inmersa en la corriente de la Historia pero no decide en qué dirección avanza ni la cuenta para la posteridad, esos personajes que, por ceñirnos a la literatura española, pueblan la obra de autores tan diversos como Benito Pérez Galdós, Max Aub o, en tiempos más recientes, Rafael Chirbes.

Si las protagonistas de Las maravillas son poco habituales en la narrativa contemporánea, no lo es menos el enfoque que Medel adopta de la primera a la última línea. El libro tiene mucho de novela política, con su exploración del modo en que la clase social, la educación y el género determinan en gran medida el destino de los personajes, ya sea en 1969, a finales de los años noventa o en el presente. Cuando uno —sobre todo, una— limpia escaleras o trabaja en un supermercado y tiene que vigilar hasta el menor gasto para asegurarse de llegar a fin de mes, muchas veces disfrutar de un mínimo de estabilidad exige callar y ceder («Alicia lo asume: si quiere obtener algo, debe ofrecer algo»), y se considera una rareza que alguien así prefiera conservar un espacio propio a convivir con su pareja.

Desde la cita de Philip Larkin que encabeza la obra («Clearly money has something to do with life») y las primeras líneas del texto («Busca en sus bolsillos sin encontrar nada»), el dinero es una referencia tan constante en la narración como en otras lo son el tiempo o los paisajes. Y no tanto el dinero y las “maravillas” que permite comprar como las consecuencias de no disponer del suficiente, algo sobre lo que reflexiona la propia María:

El piso en el que vive es el piso que puede pagar, no el piso en el que le gustaría vivir, y el trabajo que tiene es el trabajo al que puede aspirar siendo quien es, teniendo el dinero que ha tenido. Lo que no ha vivido no lo ha hecho por dinero; por la falta de dinero. Los viajes que no ha disfrutado, los vestidos que ha preferido no comprar, los almuerzos que ha preparado en casa para Pedro y para ella con tal de ahorrar un poco. (…) ¿Existe algo que no pueda comprarse? (pág. 167-69)

Estas ideas atraviesan todo el relato y, a veces, se manifiestan de manera muy explícita, pero Medel elude los peligros de la novela de tesis al insuflar a la historia vida y tensión gracias a sus dotes como narradora, especialmente llamativas por tratarse de su primera novela (aunque la madurez que muestra sugiere que no es su primer empeño en este terreno). Maneja con seguridad los saltos entre las distintas épocas en que se desarrolla la historia, y también la diversidad de puntos de vista, voces y conciencias se integran por lo general con fluidez (una de las obsesiones de Medel es quién cuenta lo que ocurre y cuál es su motivación).

Además, la escritora cordobesa, una de las poetas más reconocidas de su generación y directora de la editorial La Bella Varsovia, despliega en Las maravillas esa capacidad de condensación y sugerencia que ha venido exhibiendo en sus poemarios desde el precoz Mi primer bikini (2002). El resultado es una prosa depurada y precisa, atravesada por imágenes como fogonazos, capaz también cuando es necesario de ser coloquial o cruda. En poco más de doscientas páginas, resume cinco décadas; en un párrafo, entremezcla toda una juventud y una geografía urbana muy definida.

Alicia ha recorrido en todos estos años la línea verde de metro hacia el sur, dejando atrás el río, conforme cambiaba de trabajo: la cafetería, una tienda de ropa, Puerta de Toledo, Pirámides, otra cafetería, un bingo, Marqués de Vadillo, varios meses en paro, Aluche, una empresa de limpieza, Urgel, un supermercado, Eugenia de Montijo. (pág. 135)

Lo más memorable de Las maravillas son para mí sus personajes, tanto el coro de secundarios que enriquecen o matizan los hechos como las protagonistas, esas dos mujeres que, a la incertidumbre laboral, añaden el peso de los deberes que se les adjudican como mujeres, madres e hijas (el nombre de Carmen Martín Gaite viene enseguida a la cabeza). La relación que existe entre ellas puede no ser la pieza más verosímil del conjunto, pero la autora sí que acierta plenamente al no reducirlas al papel de víctimas del sistema o al de heroínas rebeldes. Los matices y las sombras les aportan complejidad y, además, las vuelven complementarias: mientras María evoluciona hacia la independencia personal y la solidaridad que representa el movimiento feminista, Alicia se refugia de un pasado traumático y la precariedad emocional en la ocultación y el sexo clandestino.

Qué ganas de saber más sobre las vidas de María y Alicia y de leer la segunda novela de Elena Medel.

Las maravillas
Elena Medel
Anagrama (Narrativas hispánicas, 653)
Barcelona, 2020
227 páginas

Ese insólito don

El amor por la literatura no es una competición, pero si lo fuera, en lo más alto del podio habría que reservarle un lugar a Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, Brasil, 1942), un escritor muy popular en su época gracias a sus novelas y relatos y sus obras de carácter histórico, y también un lector cultivado y agudo.

Zweig representa como pocas figuras el rico panorama cultural de la Europa de las primeras décadas del siglo XX, antes de que ardiera en el fuego de los totalitarismos, ese universo de cafés y teatros, refinado y cosmopolita, que él mismo retrata en El mundo de ayer. Memorias de un europeo. El europeísmo es una constante en su pensamiento, como lo son su curiosidad intelectual y su humanismo, rasgos que se reflejan igualmente en Encuentros con libros (Acantilado), una selección de las reseñas y los artículos literarios y de los prólogos que redactó a lo largo de su carrera.

Los textos gustarán en especial a letraheridos, amantes de los clásicos y seguidores de Zweig, cuya obra narrativa y ensayística viene publicando Acantilado desde hace veinte años con el cuidado que caracteriza a la editorial (buena prueba es la traducción del alemán de Roberto Bravo de la Varga, que fluye con esa mezcla de dinamismo y elegancia que caracteriza a la prosa del autor).

La pieza que abre el volumen, «El libro como acceso al mundo», es reveladora de la pasión que despierta en Zweig la literatura y también del entusiasmo con que él es capaz de compartirla. El escritor establece un paralelismo entre la invención de la rueda y el descubrimiento de la escritura; así como el desarrollo técnico de aquella ha permitido acortar las distancias y vencer la fuerza de la gravedad,

(…) la escritura, que ha evolucionado desde los pliegos más sencillos, pasando por los rollos, hasta culminar en el libro, ha puesto fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual: desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad”. (págs. 7-8)

El escritor relata, a continuación, un episodio de su juventud que le llevó a tratar de imaginar su vida sin libros. Comprendió entonces que todos sus recuerdos y experiencias estaban relacionados con ellos de una forma u otra, e incluso que «cualquier palabra despertaba innumerables asociaciones que me remitían a algo que había leído o aprendido». La literatura se le reveló así el fundamento de «una imagen soberbia de la realidad», «este insólito don que nos permite emocionarnos con un destino ajeno», una «fuente de innumerables momentos de felicidad» y la causa principal de «ese deseo de ir más allá de nosotros mismos, esa bendita sed, que es lo mejor de nuestra persona».

Zweig concluye con una declaración optimista sobre el futuro del libro como transmisor de palabras y conocimientos, en oposición a quienes lo consideran arrinconado por medios como el cine o la radio, pues es «intemporal, indestructible, inalterable, la quintaesencia de la fuerza en un formato reducido y versátil». (En el reciente El infinito en un junco, Irene Vallejo comparte esta actitud un siglo más tarde).

Las treinta y cuatro piezas restantes del volumen demuestran la amplitud de intereses y conocimientos del escritor vienés. La mayoría son reseñas de obras concretas —desde un poemario de Rainer Maria Rilke al Ulises de James Joyce, pasando por el último estudio de Sigmund Freud o una antología de cuentos tradicionales—, aunque algunos textos abordan la trayectoria de un autor y también se incluyen un par de prólogos como muestra de la labor editorial de Zweig. El libro se ordena de acuerdo al idioma original de la obra comentada; el grueso de las reseñas corresponde a las literaturas en lengua alemana y francesa, y en menor medida están representados el inglés y el ruso.

En el interesante epílogo de Knut Beck (responsable también de la edición), se recuerda que Zweig se definía a sí mismo como un lector “impaciente y temperamental”, nada amigo de lo prolijo, lo ampuloso, lo vago y lo superficial. Frente al estudio filológico, al analizar una obra le interesaban sobre todo la visión de conjunto, los detalles memorables, las conexiones con otros libros y sus aspectos innovadores.

Al margen de ese enfoque y de que se compartan o no sus gustos e interpretaciones, siempre es un placer asistir al despliegue de empatía e inteligencia con que Zweig capta la esencia y el valor de un libro y a la intensidad con que transmite su experiencia lectora. Es sutil sin resultar oscuro, culto sin caer en la pedantería, y su generosidad no está reñida con la franqueza —se confiesa, por ejemplo, incapaz de leer más de tres o cuatro páginas seguidas del escritor Jean Paul, pero recomienda los pequeños paseos por el “soberbio jardín” que es su prosa—. Los textos más matizados, de hecho, son los que han envejecido mejor, frente a esos momentos de exaltación sin reservas que le llevan a describir la vida de Goethe como “sublime, ejemplar, la más humana de todos los tiempos” o el drama religioso La Anunciación a María, de Paul Claudel, como “una sublime homilía que se ha escrito para ser pronunciada en la catedral del corazón”.

En conjunto, Encuentros con libros ofrece visiones enriquecedoras de figuras de la talla de Thomas Mann o Balzac y permite descubrir a nombres mucho menos conocidos para el lector actual, como Jeremias Gotthelf, Albert Ehrenstein o Adalbert Stifter. Y no es menos revelador de la personalidad y el talante de Zweig: en cada párrafo escuchamos su voz única, y no nos cuesta imaginarlo enfrascado en un grueso volumen, respondiendo a una carta de Herman Hesse o Joseph Roth, debatiendo civilizadamente sobre las ideas del momento en una tertulia. O teniendo que abandonar su país tras el ascenso al poder de los nazis —que le declararon «no ario» y quemaron sus libros—, un exilio que le condujo a Inglaterra, Estados Unidos y, finalmente, Brasil.

En la ciudad de Petrópolis, junto a su esposa, se quitó la vida el 22 de febrero de 1942, cuando el avance del fascismo parecía imparable y la Europa de la paz y la razón que era su patria espiritual, destruida para siempre. En una nota de suicidio, dejó escrito que no le quedaban fuerzas para empezar de cero y que aquel era el momento apropiado para acabar con una vida consagrada a la actividad intelectual y la libertad. Los enemigos de la cultura siguen siendo poderosos; los libros como espacios de encuentro y reflexión, igual de necesarios que entonces.

Encuentros con libros
Stefan Zweig
Edición y epílogo de Knut Beck
Traducción de Roberto Bravo de la Varga
Acantilado (Colección El Acantilado, 405)
Barcelona, 2020
272 páginas

Las leyes de lo impredecible

A partir de cierta edad, no es habitual que nos adentremos en un libro sin arrastrar ideas preconcebidas: conocemos al autor (o creemos conocerlo), hemos leído alguna crítica, nos lo han recomendado o todo lo contrario, hasta la información que ofrecen las solapas puede ser suficiente para orientar nuestras expectativas. En el caso de Exhalación (Editorial Sexto Piso), cuando uno se entera de que la producción literaria de Ted Chiang (Nueva York, 1967) no llega a la veintena de narraciones cortas que, sin embargo, le han bastado para convertirse en uno de los escritores de ciencia ficción más galardonados de las últimas décadas, tiende a imaginar que va a encontrarse con una serie de textos tan meditados como impecables.

Y, en efecto, los nueve relatos que componen Exhalación son originales y brillantes (unos más que otros), pero el conjunto posee una virtud añadida: cada historia nos lleva a un mundo distinto —en argumento, personajes y ambientación— que, sin embargo, encaja con el resto, lo que da lugar a un universo coherente.

En una de las «Notas a los relatos» que completan el volumen, el autor explica que se le ocurrió contar esa historia de una manera que le pareció un «experimento interesante». Es una observación muy reveladora sobre cómo trabaja la imaginación de Chiang, que en cada narración explora alguno de los grandes temas del género combinando especulación científica sólida, estructuras narrativas muy medidas desde la primera línea hasta el desenlace y un examen continuo y minucioso de los aspectos éticos y filosóficos. El estilo, en consecuencia, es claro y preciso, y el tono, como en algunos cuentos de Jorge Luis Borges, se aproxima a menudo al del ensayo.

«El comerciante y la puerta del alquimista», el primer relato del libro y uno de los más logrados, ejemplifica el sello personal que Chiang consigue imprimir a asuntos que han interesado a la ciencia ficción desde sus inicios. Aquí se trata de los viajes en el tiempo, que el escritor presenta a través de una narración que remite a Las mil y una noches, con un protagonista que cuenta su historia al califa de Bagdad e intercala en ella las peripecias de otros personajes que se encuentran con sus yoes del pasado o el futuro.

El texto funciona como un mecanismo de relojería donde cada pieza complementa a las demás y todas juntas ilustran el núcleo del relato —la aceptación del destino, que no consiste en una fuerza externa, sino en la expresión de la personalidad de cada individuo—. Chiang aligera esta densidad de ideas con la riqueza de voces y escenarios y con una trama que roza a veces la comedia de enredos y, además, su particular máquina del tiempo, basada en las teorías del físico Kip Thorne, no desentona lo más mínimo en la atmósfera propia de los cuentos del Oriente medieval.

La compleja relación entre libre albedrío y carácter es el eje de otros dos relatos: «Lo que se espera de nosotros» y «La ansiedad es el vértigo de la libertad». En el primero, escrito en forma de mensaje de advertencia enviado desde el futuro, Chiang solo necesita tres páginas para desarrollar la premisa de una tecnología en apariencia inofensiva que se acaba convirtiendo en una plaga («Ahora la civilización depende del autoengaño. Quizás siempre ha sido así»). En «La ansiedad es el vértigo de la libertad», profundiza en su noción del carácter individual a través de dos personajes femeninos bien trazados y un universo en el que es posible comunicarse con realidades alternativas gracias a la física cuántica (la traducción de Rubén Martín Giráldez es especialmente meritoria en este texto).

Un segundo bloque de narraciones aborda las consecuencias morales del uso de tecnologías que ya existen, aunque sea en un estado embrionario. Y de nuevo Chiang demuestra su habilidad para transformar en historias verosímiles e imaginativas las ideas que quiere explorar, ya se trate de la relación con inteligencias artificiales («El ciclo de la vida de los elementos de software», que es más bien una novela corta) o con máquinas subrobóticas («La niñera automática, patentada por Dacey») o el efecto de reemplazar la memoria por un archivo digital de nuestra vida («La verdad del hecho, la verdad del sentimiento», donde encontramos un curioso paralelismo con el impacto que supuso la escritura en las culturas orales).

La variedad de Exhalación se completa con otros tres temas muy habituales en el género. En el relato homónimo, el más borgiano del conjunto, el autor retrata el final de una civilización que es tan distinta de la humana desde el punto de vista físico como cercana en sus miedos y esperanzas. La dificultad de la comunicación entre especies inteligentes es el eje de la fábula «El gran silencio», un asunto central también en el cuento por el que es más conocido Chiang, «La historia de tu vida», adaptado al cine en 2016 por Denis Villeneuve en «La llegada». Y la conexión entre ciencia y fe articula «Ónfalo», quizás la prueba más deslumbrante de la inventiva de Chiang, capaz de imaginar un mundo en el que los científicos han demostrado que la humanidad es el objeto de la creación y de contarlo a través de las plegarias de otro estupendo personaje femenino.

Acabado el libro, se aprecia mejor otro rasgo esencial de la obra. Desde sus orígenes, la ciencia ficción se ha movido entre dos polos, uno más optimista y volcado hacia la aventura y el ‘sentido de lo maravilloso’ —de Julio Verne a Star Trek— y otro más oscuro y centrado en cuestiones políticas y sociales, desde las distopías de 1984 o Un mundo feliz hasta ejemplos actuales como la serie de televisión Black Mirror.

En esa dinámica, Chiang se sitúa muy cerca del término medio, tan consciente de los peligros que acechan tras cada descubrimiento («Cualquiera que haya malgastado horas navegando en la Red sabe que la tecnología refuerza los malos hábitos», dice uno de sus personajes) como de lo asombroso que es el mundo y el hecho de que podamos entrever sus secretos. «Porque si la duración de un universo es calculable, no lo es la variedad de vida que se genera. Los edificios que hemos levantado, el arte, la música y los versos que hemos compuesto, las vidas que hemos llevado: nada de eso pudo predecirse, porque nada de eso era inevitable», afirma el narrador de otro relato. Una suma de improbabilidades: esa es una definición precisa de libros tan especiales como este.

Exhalación
Ted Chiang
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Editorial Sexto Piso
Madrid, 2020
345 páginas